Fernando Vallejo «Mi hermano el alcalde» (Bs. As., Alfaguara, 2004, 171 págs.)
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Cuando todo parecía indicar que su abandono de la actividad literaria iba en serio, el colombiano Fernando Vallejo volvió a irrumpir en el mercado editorial con una novela de neto corte autobiográfico. Como su título lo indica la misma está centrada en la figura de su hermano, Carlos Alberto Vallejo Rendón, cuya eficiente gestión como alcalde de Támesis, Antioquía (a 100 kilómetros de Medellín), el autor quiso rescatar del olvido. En este texto de demorada aparición (lo escribió antes de «La Rambla paralela») Vallejo echa mano a sus habituales diatribas contra una Colombia enferma de corrupción, ignorancia y desidia.
El pequeño poblado de Támesis es un espejo casi esperpéntico de la conflictiva realidad colombiana, a la que el autor de «La virgen de los sicarios» describe aquí con mucho más humor y pintoresquismo que en sus obras anteriores como, por ejemplo, «El desbarrancadero» donde narra los últimos días de su hermano Darío, enfermo de sida. Pero su relato de las vicisitudes que debió afrontar este otro hermano en su paso por la política (entre los años 1998 y 2000) tiene un tono muy diferente, ya que su manera de encarar situaciones y personajes es decididamente picaresca. Vallejo escribió esta crónica cuando Carlos ya había muerto, pero deja de lado su dolor para ocuparse de emociones más combativas como su eterno repudio a clérigos y políticos ( incluido el actual presidente de Colombia, al que trata de «homúnculo»).
Desde un «yo» insolente, autocrítico y dicharachero, el escritor pasa revista a las andanzas de su familia y a las de su extravagante entorno, presentándose a sí mismo como un personaje burlón y omnisciente. Realmente parece disfrutar con la figura de este alcalde generoso y emprendedor que al igual que él nunca disimuló su condición gay.
Obra menor en la producción de Vallejo, si se la compara con su saga autobiográfica «El río del tiempo», «Mi hermano el alcalde» logra brillar con luz propia gracias al colorido de sus anécdotas y a la vibrante musicalidad de su prosa. Aquí el narrador más que escribir, conversa. Uno de sus recursos es convertirse en loro para sobrevolar su pueblo como un ameno guía para sus lectores. Patricia Espinosa
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