«Ronda nocturna» (Argentina, 2005, habl. en español) Guión y dir.: E. Cozarinsky. Int.: G. Heredia, M. Anghileri.
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Felizmente prolífico, sobre todo entre los autores argentinos de su generación, Eduardo Cozarinsky ha filmado abundantemente en Europa, más que en su propia tierra. Aquí apenas rodó su inicial y juguetona «...» (que por razones prácticas se rebautizó «Puntos suspensivos»), la borgiana «Guerreros y cautivas», y parte del documental «Bulevares del crepúsculo», sobre Renee Falconetti, que vino aquí huyendo de los nazis, y Robert Le Vigan, que vino escapando de la revancha antinazi. Ahora, esta «ronda».
Que no es como «La ronda» de Arthur Schnitzler, admirablemente llevada al cine por Marcel Ophüls, pero algo tiene. Entre otras cosas, el saber y no saber en dónde nos ubicamos, la mirada amable y en el fondo triste, la comprensiva ironía, cierto modo elegante de la decadencia, el blanqueo de unos placeres ocultos que a esta altura ya casi todo el mundo acepta, y hasta hay varios que los comparten. El mundo ha cambiado mucho desde aquella ronda, y a cierta altura, además, uno ya puede exponer lo suyo como mejor le parezca. Lo singular, es que el autor lo haga a través de un muchacho tan sensible y afectuoso como irresponsable e inconstante.
Ese muchacho es un taxi-boy que vaga por la noche porteña hasta el amanecer, cruzándose con varias distracciones al paso, brillos y opacidades, presencias permanentes o fugaces, chicos cartoneros, fantasmas amables o resentidos, clientes, amigos, y proveedores. Algunos hacen a una especie de declaración en favor de ciertos amores prohibidos, y constituyen la parte visualmente morbosa del relato. Pero otros, los fantasmas, hacen a unos amores más duraderos. Son los muertos que conviven con uno, los que conversan con uno, y le dan al relato un aire semifantástico y al mismo tiempo semicostumbrista.
El conjunto suena raro y riesgoso, no siempre logrado, pero sentido. Interesante en varios tramos, incómodo en otros, Cozarinsky deposita una mirada afectuosa e imaginativa sobre su ciudad, y acaso también su juventud. Y en esa mirada, ahíta de andanzas, paredones, y juegos que apenas registran el breve llanto de una criatura lastimada, todo tiene final feliz. Al menos hasta que vuelva la noche.
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