10 de enero 2001 - 00:00
Sade, con la audacia que admite Hollywood
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La intimidad como territorio de descubrimiento
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Geoffrey Rush y Kate Winslet.
En realidad, para un film clase A como éste, con elenco internacional, alto presupuesto, lujosos decorados e inocultables aspiraciones de Oscar, imaginar otra posibilidad sería tonto. Si hay un autor imposible para el cine, éste es Sade, al menos para un director con aspiraciones mínimas de sanidad mental. En ese sentido, quien más se acercó a Sade en los años '70, en plena crisis personal y dos meses antes de que lo mataran, fue el desdichado Pier Paolo Pasolini en su última película, la maloliente «Saló, o los 120 días de Sodoma», de inimaginable proyección en Beverly Hills.
Osadías à la mode: el desesperado marqués, que si de algo carece es del «miedo a la página en blanco», recurre a cualquiera de sus propios fluidos para que la obra no se interrumpa. Pero hasta esas minucias han sido fotografiadas con elegancia y orquestadas con estridencia.
Mucho más interesante que esta base, modesta en su planteo, es casi todo el resto: es decir, lo que tiene que ver con aquel género ilustrado y multicolor, de época, que se citaba antes. Kaufman sabe cómo guiar el interés del público y no dejarlo caer, y para ello hace muy dinámica la puesta en escena de esta fábula de fieles y traidores, conversos e hipócritas, que además de los intérpretes ya mencionados cuenta también con Kate Winslet, como la lavandera Madelaine, y el sufrido sacerdote encarnado por Joachim Phoenix («Gladiador»).
Entre estos dos últimos se juega, cerca del desenlace, una de las escenas más comentadas de la película. Si bien es cierto que esta escena tiene cierto nivel de audacia (no se dirá de qué se trata porque sería estropear el factor sorpresa), su tratamiento también ha pasado por el tamiz de la edulcoración desde el momento en que se recurre a imágenes oníricas.
Esta escena sintetiza como pocas el espíritu de «Letras prohibidas»: una mirada de reojo, excitada pero contenida, suntuosa y exterior, a los últimos meses de vida de una de las víctimas más enigmáticas de la cultura del siglo XVIII.




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