10 de enero 2001 - 00:00

Sade, con la audacia que admite Hollywood

Geoffrey Rush y Kate Winslet.
Geoffrey Rush y Kate Winslet.
«Letras prohibidas: la leyenda del Marqués de Sade» («Quills», EE.UU., 2000; habl. en inglés). Dir.: P. Kaufman. Int.: G. Rush, K. Winslet, M. Caine, J. Phoenix y otros.

Hace tiempo que Hollywood le tenía ganas al Marqués de Sade y después de muchos años se dio el gusto. El ejecutante, finalmente, fue Philip Kaufman, cineasta amante del gran espectáculo y de los más rancios tabúes de biblioteca, a los que suele tratar de manera tan opulenta como exterior. Así lo hizo con «Henry y June», sobre la vida de Henry Miller, o con la desabrigada adaptación de «La insoportable levedad del ser» de Kundera. «Letras prohibidas» no es la excepción.

En realidad, para un film clase A como éste, con elenco internacional, alto presupuesto, lujosos decorados e inocultables aspiraciones de Oscar, imaginar otra posibilidad sería tonto. Si hay un autor imposible para el cine, éste es Sade, al menos para un director con aspiraciones mínimas de sanidad mental. En ese sentido, quien más se acercó a Sade en los años '70, en plena crisis personal y dos meses antes de que lo mataran, fue el desdichado Pier Paolo Pasolini en su última película, la maloliente «Saló, o los 120 días de Sodoma», de inimaginable proyección en Beverly Hills.

En las antípodas de aquel infierno de sexo, ateísmo y desafíos a la naturaleza misma de la ley, Kaufman, en su « Sade para millones», convocó los buenos oficios de un actor tan dúctil como Geoffrey Rush, cuya composición de un marqués crispado, tortuoso y solitario recuerda por momentos al Salieri de F. Murray Abraham en «Amadeus». Ambos están peleados con Dios.

Sin embargo, quien realmente sobresale en el elenco es una vez más el estupendo Michael Caine como el siniestro enviado de Napoleón al asilo de Charenton, una vez que en París empieza a circular de manera clandestina y anónima el último libro de Sade, «Justine, o los infortunios de la virtud».

A propósito, ver también a otro actor (Ron Cook) con los atuendos del Emperador, su corte, los acólitos y una misión en marcha, no puede menos que evocar aquel viejo y extrañado género de las películas históricas de los '60, cuando Orson Welles y Rod Steiger ponían sus mejores caras de enciclopedia mientras los hacían transpirar con los terciopelos más pesados. «Letras prohibidas» tiene bastante de aquel cine, y eso no está nada mal. Caine parece haberlo entendido así hasta en su sardónica sonrisa, que más que evocar al Mal evoca las matinés de los continuados.

La película intenta dramatizar la tortura que representa para Sade la prohibición de escribir. El título original, «Quills» («Plumas») refiere a eso. Al prisionero le quitan todo lo que pueda emplear para continuar con sus escritos, y eso le genera un angustiante síndrome de abstinencia.

Osadías à la mode: el desesperado marqués, que si de algo carece es del «miedo a la página en blanco», recurre a cualquiera de sus propios fluidos para que la obra no se interrumpa. Pero hasta esas minucias han sido fotografiadas con elegancia y orquestadas con estridencia.

Mucho más interesante que esta base, modesta en su planteo, es casi todo el resto: es decir, lo que tiene que ver con aquel género ilustrado y multicolor, de época, que se citaba antes. Kaufman sabe cómo guiar el interés del público y no dejarlo caer, y para ello hace muy dinámica la puesta en escena de esta fábula de fieles y traidores, conversos e hipócritas, que además de los intérpretes ya mencionados cuenta también con Kate Winslet, como la lavandera Madelaine, y el sufrido sacerdote encarnado por Joachim Phoenix («Gladiador»).

Entre estos dos últimos se juega, cerca del desenlace, una de las escenas más comentadas de la película. Si bien es cierto que esta escena tiene cierto nivel de audacia (no se dirá de qué se trata porque sería estropear el factor sorpresa), su tratamiento también ha pasado por el tamiz de la edulcoración desde el momento en que se recurre a imágenes oníricas.

Esta escena sintetiza como pocas el espíritu de
«Letras prohibidas»: una mirada de reojo, excitada pero contenida, suntuosa y exterior, a los últimos meses de vida de una de las víctimas más enigmáticas de la cultura del siglo XVIII.

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