Salva Tina Serrano una puesta irregular

Espectáculos

«La reina de la noche», de T. Bernhard. Dir.: R. Villanueva. Esc.: O. Puoo. Il.: J. Pastorino. Int.: T. Serrano, P. Monje, R. Castro, J. Romero, J. Bella. (Paseo La Plaza.)
(27-11-00) Según la leyenda, Thomas Bernhard, uno de los grandes dramaturgos contemporáneos, murió en el amanecer del 12 de febrero de 1989, sosteniendo en la mano un vaso de vino producto de la cosecha de su propia bodega.
A pesar de la prohibición del escritor, que dictaminó que sus obras no debían ser representadas hasta después de 70 años de su muerte, el pleito entablado por su hermano logró levantar la interdicción que el mismo escritor había decidido.
En 1998 aparecieron dos libros de poemas:
«In hora mortis» y «Bajo el hierro de la luna». Y sus obras, que muchas veces levantaron encendidas polémicas, revolucionaron la escena.
Bernhard pone en boca de sus personajes largas parrafadas agónicas, que según quienes lo conocieron reflejaban su modo de hablar. Internado durante muchos años en varios sanatorios para tuberclosos, el autor, sin embargo, parecía no temerle a la muerte y muchas veces adoptaba en sus conversaciones un tono burlón que, no obstante, cedía lugar a la indignación cuando se refería a su país, al que acusaba de haber propiciado el nazismo. Su desesperación lo ahogaba aún más que la enfermedad que padecía.
Los extensos monólogos y el carácter musical de su prosa son características que definen su estilo. La música fue para
Bernhard una especie de vocación postergada. Y en muchas de sus obras asume un carácter casi protagónico. Son músicos los hermanos de «Antes del retiro» y los cochambrosos esclavos del circo de «La fuerza de la costumbre», que ejecutan «La trucha» en los intervalos que les dejan libre sus malabarismos.
También pertenece al mundo de la música la protagonista de «La reina de la noche», una diva excepcional que no sabe cómo liberarse de la tiranía de su padre enfermo.
«Como usted sabe, señora, se trata de un teatro de mario-netas. Aquí todo se mueve de forma antinatural, lo que es la cosa más natural del mundo». Estas palabras del médico son extensibles a la idea que Bernhard tenía sobre las imposiciones que un mundo absurdo ejercía sobre los seres humanos. En la pieza, un médico cirujano intenta demostrar que su refinada técnica es semejante a la que domina la cantante. Dentro de su lógica absolutamente desesperanzada, nada de lo que el ser humano haga logrará dotar de sentido a la vida. Y el virtuosismo de la música es tan inútil como los esfuerzos del médico para rescatar del sufrimiento a sus enfermos.
Menos precisa que la marcación de «Almuerzo en la casa de Ludwig W.», la dirección de Roberto Villanueva no alcanza a reflejar las actitudes mecánicas de esos muñecos que describe el médico ni aclarará el sentido de la obra.
Esto se ve agravado por la interpretación de
Pepe Monje, que obligado a trabajar su personaje privado de los apoyos del «método de las acciones físicas» y a distanciarse de la emoción, queda librado sólo a los matices que pueda imprimir a sus largas parrafadas. Y la voz no es precisamente su fuerte.
De este modo, el peso de la obra recae sobre
Tina Serrano. Dueña de innegables recursos, la actriz sostiene toda la carga dramática, lo que la obliga a un esfuerzo desmesurado, transformándola de este modo en protagonista absoluta de la pieza.
Bernhard es un autor provocativo, cuyo conocimiento es indispensable. Y la sutileza de su pensamiento requiere de un público atento que no se conforme con las distracciones superficiales: exige del espectador una participación apasionada. Participación imposible de lograr si el director y el elenco no establecen entre éste y el autor un puente que facilite la comprensión.

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