5 de julio 2001 - 00:00

Salvo con Beethoven, fue gran noche musical

Con toda una vida dedicada a la difusión y creación de música contemporánea, desde esa plataforma irrepetible que fue el Instituto Di Tella, fundador del primer laboratorio de música electroacústica que existe en Sudamérica -con actual sede en el Centro Cultural Recoleta-, compositor de los que siempre tienen algo para innovar, Francisco Kröpfl (1931) asistió el lunes al Colón para escuchar su propia obra para orquesta de cuerdas «Adagio, in memo-rian», que terminó en 1995.

Atrapante desde sus primeros compases, con atmósfera intensamente mahleriana, pero con un procedimiento intenso y personal, sin disonancias perturbadoras, su envolvente textura y los episodios suavemente contrastantes acaparan la atención del oyente, reconociendo sin resistencia que está recibiendo una creación de innegable grandeza musical y espiritual. Un auténtico exponente de la música polaca moderna es Witold Lutoslawski (1913-1994), de quien se ejecutó el «Concierto para violoncello y orquesta» que Rostropovich le encargó en los '70.

Ricardo Sciamarella -discípulo notable de Vladimir Glagol y de André Navarra-asumió la difícil parte solista con un instrumento al que le saca una sonoridad potente y un arco que maneja con pasmosa seguridad. De hecho, el concierto lo abre el solista con un monólogo de elocuente gestualidad, hasta iniciar las tensas e inesperadas alternancias con la orquesta. Enfasis en los bronces y sugerentes sonidos del sector de percusión aumentaron el interés del oyente.

En ambas obras, los filarmónicos y el director chileno Juan Pablo Izquierdo pusieron su respetuosa concentración para que estas músicas, poco frecuentadas, representaran dignamente a sus magistrales compositores.

Por eso mismo, fue decepcionante la superficialidad con que se abordó la «Sinfonía N° 7 en La Mayor Op. 92», de Ludwig van Beethoven. La tocaron todos juntos y con bastante prolijidad, y eso fue todo. La mediocre versión se vio afectada también por la teatral y eléctrica forma de dirigir de Izquierdo, bailando y saltando, señalando las entradas con las manos crispadas, como si hubiera tomado como modelo los dibujos de Hoffnung. Un hermoso fraseo de la flauta llevó la vista hacia ese atril, para comprobar que regresó Claudio Barile, un músico valioso, cuya presencia en el escenario se estaba extrañando.

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