21 de julio 2008 - 00:00

San Telmo vuelve a posicionarse como distrito artístico

Señora, papel collage 51 x 76 cm de Nora Iniesta, que integra su muestra La vida siempre sonríe en Wussmann de San Telmo.
"Señora", papel collage 51 x 76 cm de Nora Iniesta, que integra su muestra "La vida siempre sonríe" en Wussmann de San Telmo.
Los problemas políticos del país, tarde o temprano, repercuten en el mundo del arte. Más allá de la depresión que se advierte en el ánimo de los compradores y patrocinantes, los actos, marchas y contramarchas, aislaron en estos días el barrio de San Telmo, poblado de excelentes galerías. Varios espacios donde se concentran muestras de sumo interés, quedaron alejados del público, encerrados en el hasta ayer candente circuito que rodea la Plaza de Mayo.

En la inmensa y flamante galería que estrenó hace unos meses Zavaleta Lab, se exhibe «Tanto tiempo sin verte», una nueva serie de pinturas del rosarino Daniel García. En el subsuelo están las instalaciones de Leo Battistelli, Rodrigo Cañas y Sigismond de Vajay, en una de las salas laterales hay una gran foto de Jorge Miño, mientras el piso superior está invadido por el estimulante despliegue de El Club del Dibujo.

Se trata de un grupo que surgió en el año 2002 por iniciativa de Claudia del Río y Mario Gemin, y que reúne artistas de diversas edades y tendencias congregados por el afán -o el placer- de diseñar una línea que fluye constante por la muestra «700.000 respiraciones». Si bien el Club posee en la actualidad una colección de alrededor de 800 dibujos de 300 artistas, esta vez los invitados a participar de la convocatoria de Zavaleta Lab son Aníbal Brizuela, Arturo Carrera, Max Cachimba, Matías Duville, Vicente Grondona, María Guerrieri, Carlos Herrera, María Ibañez Lago, Angela Jack, Guillermo Kuitca, Fernanda Laguna, Jazmín López, Miguel Mitlag, Manuel Musto, Eduardo Navarro, Máximo Pedrazza, Claudia del Rio, Mariana Telleria y Carlos Valdés Mujica, además de la crítica Inés Katzenstein, a cargo del texto.

Lo cierto es que con sus acciones en torno a la práctica del dibujo, en estos últimos años el Club ha ganado adhesiones en el país y en el exterior. El argumento del Club es irrebatible: propone el dibujo como herramienta de pensamiento, placer, comunicación, memoria y autoconocimiento. «Es el marco de trabajo que construimos para recuperar y expandir este medio de comunicación accesible, moderno y posible a partir de la tecnología básica de lápiz y papel. El dibujo, antropológicamente hablando, es una huella arcaica que atraviesa los siglos», concluyen.

Con un método tan simple y tan antiguo, la muestra exhibe obras con un nivel de excelencia que generan en el espectador el deseo de dedicarle mayor atención a esta disciplina.

Cruzando la calle Venezuela, en la sofisticada galería Wussmann, que combina con sabiduría la venta de lápices y papeles de dibujo con las exhibiciones de arte, Nora Iniesta expone «La vida siempre sonríe», una extensa serie de collages que, desde el inicio de la muestra, comienza por sembrar dudas acerca de la veracidad del título. Con su estilo pulido y una factura impecable, Iniesta trata de encontrar el sentido de las cosas y de ordenarlas -a su manera-, colocando a cada cual en el casillero que le corresponde.

Como en la vida real las cosas no siempre tienen sentido, y por lo general las tipificaciones o catalogaciones de la identidad humana suelen ser imprecisas, la búsqueda del orden perfecto se convierta en un trabajo ímprobo, que la artistas realiza con obsesión. Esta obsesión la lleva a recortar miles de personajes representativos de la diversidad del mundo.

  • Temática variada

    Así, en cada uno de los cuadros elabora distintas composiciones, que tratan sobre la infancia, el sufrimiento, el dolor, la violencia, el mundo femenino, los temores, la ciudad, entre otros temas. Finalmente, la obra que le brinda el título a la muestra, «La vida siempre sonríe», trata sobre las clases sociales, que aparecen ordenadas con la precisión de un entomólogo, en sectores totalmente diferenciados.

    La muestra culmina con unos enjambres cerrados en algunas obras que alcanzan la máxima tensión, pero el trabajo de Iniesta parece no tener límite. La ingenua pretensión de clasificar la sociedad en sectores felices o infelices, cultos o incultos, ricos o pobres, pero perfectamente reconocibles, le otorga paradójicamente a la exposición, una veracidad que reside en la genuina aspiración de encontrar el modo de que las cosas encajen en su debido sitio, aspiración que pareciera involucrar a la propia artista y a su obra. La exhibición deja cierto resabio melancólico, provocado en parte por la dificultad conceptual de la tarea, que se acentúa, además, por el clima que crean las imágenes retro, tomadas de revistas de las décadas del 50 y el 60.

    A la vuelta de Wussmann, sobre la calle Chacabuco, en Appetite, está «Bibelot» la bellísima instalación de los jóvenes Verónica Romano y Juan Tessi, y también la poderosa muestra donde el talentoso Roberto Jacoby mira en retrospectiva el mítico y convulsionado año 1968. «Bibelot» es una instalación que dos artistas realizaron como un juego. Pero se trata de un juego donde Tessi, que es uno de los mejores pintores realistas de la actualidad, decide decorar un rincón con platos de loza inglesa y algunos de su invención, y donde Romano, una estupenda escultora, dispone con gracia de algunas de sus obras. El resultado es que entre ambos, acaban por conformar una obra de gran belleza ornamental.

    En una sala de Appetite, Jacoby exhibe unos afiches donde ha reunido imágenes, nombres y documentos históricos del año 1968, a los que yuxtapuso frases breves que seleccionó en la actualidad y que llegan de modo muy directo al espectador. La estructura de los acontecimientos del 68, guarda un pasado que parece inagotable, que invita a nuevas representaciones. Jacoby se apropia en parte del material gráfico de la época y le superpone fragmentos de las letras de las canciones que escribió en las décadas del 80 y el 90, y algunas citas, que funcionan como un dispositivo para atrapar de inmediato la atención.

    El oscuro, extenso y denso documento de la «Declaración del Comité Coordinador de la Imaginación Revolucionaria sobre la Nueva Vanguardia Cultural Argentina. 1968», potencia su mensaje revolucionario al superponerle en grandes letras color rosa, la frase que dice: «Si supieras cuánto te amo. Te daría temor». Sobre la portada de un libro de Oscar Massotta, Jacoby, que fue un activo protagonista de la década del 60, escribe, «imágenes paganas se desnudan en sueños», el fragmento de una de sus canciones para el grupo Virus. Sobre el afiche de Buenos Aires, Cultura 1968, la frase «tu beso en el vidrio dejó marcado el rouge», aparece como un mensaje surrealista; al igual que la cita «Habla para que pueda verte», impresa sobre el rostro del Che Guevara. La muestra se construye sobre las ruinas del revolucionario pasado sesentista, un pasado que cobra inusitado interés con la movilizadora obra de Jacoby.
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