Schvartz: viaje sensorial de treinta años

Espectáculos

Marcia Schvartz inauguró «El ánima», una muestra antológica que se exhibe en el Museo de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF), curada por el editor Gabriel Levinas. El recorrido comienza con la obra actual y culmina en 1976, con retratos que calan hasta el hueso la psicología de los personajes marginales que la artista pintó durante su exilio en Barcelona, y después, cuando vivía en el barrio de Abasto. El retrato, con un humor a veces sarcástico y en ocasiones despiadado, o con la mirada cargada de ternura, aparece en toda la muestra, es un género que la artista nunca no abandonó.

Los trabajos más recientes están realizados con resina poliéster, material que utiliza para representar unos charcos y una zanja donde se observa una suerte de vívido collage de caracoles, restos de huesos y objetos indefinidos, el ala de un pájaro ensangrentada o un mechón de pelo rubio. La configuración de estos desechos dispersos bajo esos espejos de agua logra estimular la capacidad visual, y el ojo tiende a reconocer formas macabras donde acaso hay tan sólo un cúmulo de desperdicios.

La serie de trabajos lleva un título tan sugerente como ambiguo: «Fondo». Si la resina le sirve a la artista para simular la humedad de la sangre o la transparencia cristalina del agua, la densidad de la brea, material que comenzó a utilizar en 2000, le permite llevar a su máxima expresión las sensaciones opresivas. En la muestra figura «Norte negro», una marea abstracta de alquitrán que envuelve al espectador en una inmensa ola de oscuridad y angustia.

La vida y la muerte se cruzan en la contrastante obra de Schvartz. A los desgarrados rostros de la tortura en la serie dedicada a «Erina», y a la lividez de los muertos que yacen en «Reflejos del río mar» (1995), se contrapone y enfrenta la vital sensualidad de «Dama de noche», una obra que al igual que el resto de la serie dedicada a las nativas, es realmente representativa de la vida. Se trata del bellísimo desnudo de una indígena que se mece en una hamaca paraguaya. Junto a su voluptuosa piel del color del cobre resaltan, lánguidas, unas flores blancas. Las formas erotizadas del cuerpo, cuya dimensión rebasa la medida del cuadro, están exaltadas por la tensión que generan las diagonales de la figura puesta al sesgo y los rayos de luz que cruzan la tela.

Como si fuera sinestésica, es decir, como si pudiera establecer equivalencias entre percepciones sensoriales diversas, como la vista y el olfato, Schvartz pinta en «Dama de noche» una «visión perfumada». El desmesurado erotismo del cuerpo de la india se corresponde exactamente con la densa y pesada sensación que provoca el perfume de la flor llamada dama de noche.

La artista pareciera «ver» el perfume, y algo similar ocurre en la serie dedicada al tango. Las imágenes parecen ser la respuesta directa a la percepción auditiva, fenómeno que se advierte en la poética cabeza echada hacia atrás de «Ninguna», donde la prolongada y exagerada curva que dibuja el cuello femenino coincide con la vehemencia de una nota sostenida en la música. Luego, en «Tabernero», a la «visión» de la música se suma el «sabor» del vino que al derramarse en el cuadro, configura la letra del tango y la viva imagen de la ebriedad.

Con esta capacidad sensorial privilegiada, la artista presenta unas cajas de madera de cactus que contienen en su interior unos paisajes más o menos abstractos, diseñados con lanas esponjosas de diversos colores, que remiten de inmediato a las sensaciones táctiles. Sin embargo, más allá de los sentidos, la obra lleva el trabajo manual de los tejidos autóctonos a un nivel conceptual. El uso de distintos materiales cobra relevancia en esta exposición. El espectador parece espiar clandestinamente unas escenas tenebrosas, efecto logrado al esgrafiar (raspar) la pintura negra de los backlights.

En medio de la fuerza excesiva de esta exhibición, hay unas pequeñas telas con imágenes de pájaros y flores que parecen bordadas, y unas deliciosas cerámicas que transmiten la dulzura del gesto placentero, del goce manual.

Si en la obra inconfundible de Schvartz se puede rastrear la ascendencia de Berni y reconocer su hermandad con Pablo Suárez, en las últimas pinturas hay unas figuras fantasmales que se recortan sobre un río que es deudor del Río de la Plata -también inconfundible- de Rómulo Macció. En suma, con trabajos del pasado y del presente, la exposición exhibe cambios y grandes contrastes, pero deja a la vista que durante tres décadas Schvartz mantiene un parejo nivel de excelencia. Vale la pena emprender el viaje hasta la Universidad de Caseros para ver la muestra.

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