Un hombre rana emerge sigilosamente del agua, coloca una bomba en el bunker de algún villano tercermundista, y en segundos se quita el traje de buzo, debajo del que llevaba un impecable smoking blanco, y se toma un trago en un bar indiferente al caos provocado por la explosión. Este es uno de esos momentos icónicos del James Bond de Sean Connery, la escena de “Dedos de oro” (1964), el mejor 007 que el actor que murió el pasado sábado, a los 90 años, interpretó en los años 60, desde “El satánico Dr. No” (1962) hasta “Sólo se vive dos veces” (1967), pasando por la insuperable “De Rusia con amor” (1963) y la única medio floja de la serie, “Operación Trueno”. La fría crueldad del inexpresivo agente con “licencia para matar” era fiel a las descripciones de las novelas de Ian Fleming, pero al mismo tiempo provocaban que el público y los productores vieran a Connery como un galán atlético inadecuado para otro tipo de papel más complejo. Peor aun, Connery empezó a autopercibirse de ese modo, generando un profundo conflicto con el personaje que lo había vuelto un superastro de un día para otro.
Sean Connery, el actor que fue caballero y rey
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Sean Connery. El mejor James Bond de la historia murió a los 90 años.
Antes de Bond, el actor escocés había hecho sólo algunos secundarios notables, como el villano de “La gran aventura de Tarzán”, de John Guillermin (1959), o un soldado del día D en la superproducción ”El día más largo del siglo”. Inclusive, después de “Dr. No”, Connery fue convocado por Alfred Hitchcock para el protagónico de “Marnie”, que no le sirvió de nada para mejorarse como actor.
La lucha por dejar de ser 007 fue difícil. En 1967 Connery renunció al personaje, fue reemplazado en una sola película por el pésimo Bond australiano George Lazanby, y volvió una vez más en la excelente y descarnada “Los diamantes son eternos” (1971). Ahí dijo basta nuevamente y Bond se transformo en el más suave Roger Moore. Pero años más tarde. un divertidísimo Connery se convertiría en un Bond de la tercera edad en la paródica “Nunca digas nunca jamás” (1983) que tiene escenas como el tango que baila junto a Kim Basinger.
El director al que Connery le debió ser más que James Bond fue Sidney Lumet, quien en 1965 le dio un gran papel dramático como el soldado del inigualable film antimilitarista “La colina de la deshonra”. Fue el inicio de un larga colaboración con Lumet, que dio lugar a films formidables como “El gran golpe”, el primer thriller sobre cámaras de seguridad e invasión a la privacidad gubernamental en el que Connery se pasa medio film con el rostro cubierto por una máscara. Otros de sus grandes trabajos conjuntos fueron el feroz drama “La ofensa” (1973), donde interpreta a un policía torturador, y la máxima adaptación de Agatha Christie, “Crimen en el Expreso de Oriente” (1974). Mucho más tarde, la agridulce comedia policial “Negocios de familia” (1989) donde era un hampón veterano que arrastraba a su hijo Dustin Hoffman y a su nieto Matthew Broderick a un plan criminal destinado, como en todo film de Lumet, al fracaso.
De esos años en los que Connery dejaba de lado a 007 brindó algunos de sus trabajos más notables en obras maestras como la subestimada “Odio en las entrañas” (1970), donde era un hosco minero irlandés; el sheik brutal pero sensible que enamoraba a Candice Bergen en la aventura anticolonialista de John Milius “El viento y el león” (1975). Ese fue su gran año, ya que también hizo dos de sus mejores películas, la imbatible “El hombre que seria rey” y el Robin Hood avejentado de la excelente “Robin y Marian” de Richard Lester.
Con los años adoptó el estereotipo de querible señor barbado, con fuerte acento escocés, lo que derivó en películas divertidas como “Indiana Jones y la ultima Cruzada” (1989) donde Spielberg lo convirtió en el padre de Indy, o el inmortal de la floja “Highlander” y su aun mas floja secuela “Highlander 2”, que en 1991 lo trajo a Buenos Aires, donde por supuesto visitó al presidente Carlos Menem (y jugó golf con él). De ese estereotipo Brian De Palma obtuvo otro de sus notables papeles, el del sargento incorruptible de “Los intocables”, que le dio el Oscar al mejor actor secundario. La alegría de Connery al recibir la estatuilla expresaba su triunfo por ser mucho más que Bond.
Sir Sean Connery deja numerosas películas para ver una y otra vez, y aunque no podemos nombrarlas todas, no se puede soslayar su gran papel en “Un puente demasiado lejos”, de Richard Attenborough; el western del espacio “Atmósfera Cero”, rara remake futurista de “A la hora señalada”, de Peter Hyams; el astuto sabueso medieval de “Ell nombre de la rosa”, de Jean Jacques Annaud, y el ex presidiario que desarma un atentado en Alcatraz en “La Roca”, de Michael Bay.


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