19 de marzo 2003 - 00:00

"Ser abogada penal me ayudó a escribir novela histórica"

Ser abogada penal me ayudó a escribir novela histórica
L a abogada tucumana Ana Gloria Moya viene conquistando premios como narradora. En México le otorgaron el Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2002, por una novela histórica donde cuenta de María Kumba, mulata que acompañó a Manuel Belgrano en sus campañas militares, desde un terrateniente mestizo que amó a esa mujer al punto de hacer crecer profundo rencor hacia el prócer. Moya se hizo conocida recientemente al haber sido designada en Salta como defensora oficial de Simón Hoyos. Dialogamos con ella.

Periodista:
Sorprende que «Cielo de tambores», su novela histórica, fuera premiada en México, cuando muchos cultores de ese género, como María Esther de Miguel, tienen éxito en el país, pero les duele la falta de interés en el exterior...

Ana Gloria Moya: Yo también me sorprendí. Cuando me entero de que me dan el Premio Sor Juana Inés de la Cruz en México, por una obra con una temática tan nuestra, intenté hallar una respuesta que no me pude dar. La encontré en México: contar no sólo de la historia argentina, sino también de cómo se integraron los africanos en nuestro país produce un nexo que nos comunica. Nosotros, los provincianos, sobre todo los del noroeste argentino, estamos más próximos histórica y culturalmente a Bolivia, a Perú, a México. Así, en el pasado, estábamos más cerca del Virreynato del Alto Perú que de el del Río de la Plata. Nosotros tenemos cosas comunes, por ejemplo, la minoría racial, que allá también vivieron. Una integrante del jurado del premio me dijo que ese nexo es lo que les llamó más la atención.


P.:
Esa relación del norte argentino con lo latinoamericano ya se expresó en la exitosa obra «Venecia» de Jorge Acame.

A.G.M.: Es cierto. Hay temas que no dejan de ser universales: la lucha por la libertad, por la emancipación, por los sentimientos, por los valores. Contar de minorías que se intentan acallar o que se van silenciando con el paso del tiempo como el negro o el indio debe haber sido el común denominador que sirvió para que comprendieran mi obra y me premiaran en México.


P.:
Ofrece una visión poco tradicional de Manuel Belgrano...

A.G.M.: Ha sido un atrevimiento quizá meterme con héroes del panteón. Intenté mostrarlo como ser humano, que no es de bronce ni está sólo en los himnos. Contar cómo con sus pasiones y sufrimientos fueron para apostar por una patria mejor. Quise bajarlo, pero no desacreditarlo, ponerlo al nivel de todos, junto a esos heroísmos anónimos que forjaron la Nación.


P.:
¿Inventó los insultos que le lanza el protagonista a Manuel Belgrano para hacer verosímil la historia?

A.G.M.: Están documentados. Gregorio Lugones, en un testimonio de esa época, cuenta que a Belgrano le lanzaban, entre otros insultos, el de «rubito flojito». Los gauchos que defendieron la frontera norte de los españoles se burlaban de Belgrano, y él logra conquistar el respeto de esa gente cuando ven el orden que intentaba implantar en un ejército tan improvisado.


•Preparación

P.: ¿Cuánto le llevó escribir «Cielo de tambores»?

A.G.M.: Con todas las interrupciones que me impone mi trabajo, aproximadamente nueve años. Si bien no es mi primer libro, tengo dos de cuentos, es mi primera novela y la primera vez que abordaba la historia.


P.:
¿Atrajo que pueda leerse como una novela de amor?

A.G.M.: Es posible. Amor, heroísmo, patria son palabras que se transparentan detrás de toda historia, porque mueven pasiones.


P.:
¿Le costó escribir desde un protagonista hombre?

A.G.M.: Inevitablemente, necesitaba ponerme en la voz de un hombre. En un primer intento, quise ponerme en un militar, y no pude. Si uno no se cree al personaje, menos va a creerlo el lector. Lo cambié por un periodista y tucumano, y sentí puntos de mayor convergencia, que podía ponerme ese traje.


P.:
Su novela comienza con una confesión de amores y odios del protagonista, pero siempre rodeada de datos históricos reales.

A.G.M.: Es una suerte de pacto con el lector, un sinceramiento final del protagonista, el último testimonio que deja y escribe desde el corazón. Tuve la suerte, al comenzar a escribir este libro, en 1991, de encontrarme con Félix Luna. Me dijo que si respetaba la historia podía ficcionalizar cuanto quisiera. A partir de ahí, comencé a investigar y, cuanto más me metía en la historia, más me deslumbraba y más achicada quedaba la parte de ficción. Por ejemplo, las niñas de Vilcapugio y Ayohuma me llevaron a investigar sobre cómo llegaron los africanos al Río de la Plata, por qué la diferencia con otros países americanos, y la suerte corrida por los negros en nuestro país.


P.:
¿No cree que ha caído el interés por la novela histórica?

A.G.M.: No, porque su resurgimiento nació de la necesidad de averiguar quiénes somos, de un intento de no repetir errores y de un deseo de conocernos mejor, y eso se mantiene.


P.:
¿Cómo contaría la historia de «Cielo de tambores»?

A.G.M.: Es un coro de voces paralelas, que se entrecruzan para contar cómo se gesta nuestra Patria, desde la mirada de los que no escribieron la historia oficial. Es la historia de una minoría discriminada, de vida muy corta, como fue la corriente negra africana entre nosotros. En el «Martín Fierro» al negro se lo demoniza, siguiendo una tradición española. Entre nosotros, era peor ser mulato que negro, porque denuncia en su piel su origen ilegítimo, bastardo. Acaso la novela sea un vano intento antirracista. Vano, porque el racismo sigue existiendo.


P.:
¿Cuáles considera sus influencias literarias?

A.G.M.: Tuve el privilegio de haberme criado entre libros; mi padre fue librero y editor, de los primeros que hubo en Tucumán. Viví rodeada de libros. Tengo una pasión confesada por toda la literatura latinoamericana, es la que más me marcó. Si buscara un padre literario para mí, como creo que para la mayoría de mi generación, es indudablemente García Márquez.


•Penalista

P.: ¿Cómo relaciona su labor de defensora oficial penal con el de narradora?

A.G.M.: El realismo mágico en esta América lo tenemos presente desde que abrimos un diario. Uno ve cómo se desdibujan los límites entre ficción y realidad. Se ha hecho obvio exclamar: esto es Macondo. Imagínese qué pasa cuando se leen ciertos expedientes. Yo he logrado armonizar el trabajo de abogada con el de escritora. Trabajar en lo penal me permitió conocer un mundo rico, doloroso y muy humano. Pero hay más en común: ¿qué hacemos en el fuero penal? Reconstruir hechos pasados con métodos históricos, testimoniales, documentales sirve para que surja lo que llamamos «la verdad real». Pero, ¿cuál es la verdad real? ¿La narrada por quién? En esto se nota en qué me sirvió mi entrenamiento profesional.


P.:
Fue designada como defensora oficial de Simón Hoyos...

A.G.M.: Me hizo tristemente célebre, según amigos. Ya no tengo ese caso porque Hoyos designó a un abogado particular. Lo tuve una semana y estuve más presionada por los medios que por el caso en sí. Creo que ese caso, como tantos otros, sirve para replantearnos: qué hacemos a partir de acá. Y creo que se vuelve al elemento fundamental para enfrentar todos los problemas, la necesidad de educar, porque el que no sabe que tiene derechos ¿cómo puede ejercerlos?

Dejá tu comentario

Te puede interesar