6 de diciembre 2000 - 00:00

Sólido policial sobre una macabra familia delictiva

Woods y Gregson Wagner.
Woods y Gregson Wagner.
A diferencia de la polémica «Kids», la segunda película de Larry Clark tuvo el perfil bajo que suele caracterizar a la mayoría de las producciones independientes. Esto a pesar de que esta vez Clark contó con dos actores profesionales tan conocidos como James Woods y Melanie Griffith, que aprove-charon el estilo del director para retomar ese lado salvaje que sirvió para darles fama en la década del '80. Pero sin los elementos sociales y chocantes de «Kids», este sólido policial no obtuvo demasiada repercusión, lo que explica la demora de su estreno en la Argentina.


«Otro día en el paraíso» casi no parece una película de fines de los '90, ya que no acompaña la crudeza de sus imágenes con los detalles estéticos o los toques autorales que suelen caracterizar a los ejemplos más recientes del género. Clark eligió un tono crudo, directo y nada pretencioso que en un principio puede llegar a parecer demasiado descarnado y un poco obvio, pero que a medida que avanza la acción se adecua perfectamente a la trama y sus protagonistas.

La película narra las andanzas de dos parejas de delincuentes, un hombre y una mujer maduros, endurecidos y de vuelta de todo, y dos adolescentes más novatos, pero no menos viciosos o descontrolados. Unidos en una especie de parodia macabra de la familia tipo, los cuatro criminales roban, venden drogas, se enfrentan a marginales mucho más violentos que ellos e intentan mantener un modo de vida insostenible simulando que eso es exactamente lo que quieren.

La intensidad de las situaciones que plantea la película casi no da oportunidad de analizar demasiado las cosas, y el espectador prácticamente no tiene otra opción que dejarse llevar por el vertiginoso y absurdo raid de los protagonistas. Cada escena deriva en una situación más y más fuerte, y todo se muestra con una naturalidad llamativa y extraña que quizá sea el detalle que vuelve creíble y original a una historia que ya se filmó muchas veces.

Los diálogos implacables y las logradas actuaciones ayudan a que todo luzca sumamente real, pero la que sorprende es una Melanie Griffith especial-mente preocupada por llevar a cabo al pie de la letra cada ac ción marcada en el guión.
Otro punto a favor es el delirante gángster estilo
Village People encarnado por un desaforado Lou Diamond Philips. La banda sonora compuesta mayor-mente por temas soul agrega un gran momento cuando los delincuentes presencian una actuación en vivo del inigualable maestro del rythm and blues Clarence Carter.

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