Stupía: magia y virtuosismo

Espectáculos

Algunos museos y galerías porteñas exhiben muestras especialmente cuidadas con el objetivo de captar la atención de los poderosos visitantes extranjeros que arribaron este año; entre otros, el curador de la próxima Bienal de San Pablo que se inaugura en setiembre, Alfons Hug. En este sentido, no podría haber sido más oportuna la muestra de Sebastián Gordín (ganador del Premio de Artes Visuales) que exhibe en estos días la galería Ruth Benzacar, o la presentación en arteBA del libro del conceptualista Jorge Macchi, «Buenos Aires Tour». El brasileño Artur Lescher, que muestra sus esculturas en la galería paulista Nara Roesler, instaló la semana pasada en el Malba una obra especialmente diseñada para la explanada del museo, donde estaba « Penetrable» de Jesús Soto, espacio público que facilita la transición entre la calle y las salas de exposiciones.

Luego, en el contexto de La Rural, Daniel Maman expone toda una pléyade de artista, pero en su galería luce la obra de Pablo Suárez. La Rouche muestra en la Feria las estupendas pinturas de Alberto Greco, mientras en su galería de la calle Arenales se puede visitar la muestra de Eduardo Stupía, artista cuya obra también figura en La Rural, en el stand de la galería Van Riel.

Las tintas de Stupía en restringido blanco y negro conjugan el encanto de la imagen y la del material. Sus obras, de apariencia abstracta, seducen por la sensibilidad de la forma, pero a la vez por el protagonismo del material, por la docilidad con que los charcos de tinta y las pinceladas ásperas se adaptan -de modo al parecer accidental-, para configurar líneas, torrentes, lagunas, curvas o remolinos. Es que la gramática del material coincide con la de la imagen, como si mágicamente la tinta negra, la aguada y la maraña de pinceladas diluyéndose en formas, se avinieran a correr al ritmo de los ríos zigzagueantes, o a encresparse como el oleaje de los mares que evocan los ambiguos paisajes que surgen del papel o la tela.

El resultado son dos experiencias estéticas diferentes que se confunden en la obra: por un lado la reflexión sobre la pintura como materia, con sus limitaciones y posibilidades, y por el otro, el hecho de que esos «accidentes controlados» de la tinta permitan introducirse en un territorio donde reina la poesía. Y es en el territorio poético donde el virtuosismo del oficio adquiere sentido. Los paisajes recuerdan vagamente el romanticismo, desde las turbulentas mareas de
Turner hasta los paisajes de antiguos viajeros como Pisarro o Rugendas. Pero todas estas citas del arte del pasado, resuenan como el eco de un llamado lejano de la pintura, como un motivo que se convoca para luego eludirlo. La obra ostenta la identidad inconfundible de Stupía, que pone en primer plano el acto de pintar.

A.M.Q.

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