29 de septiembre 1999 - 00:00
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El predominio de alguno de sus personajes, múltiples y tan diferentes entre sí, suele dar la clave de la versión: Hollywood, aunque con el arte del legendario director austríaco Max Reinhardt, produjo en 1935 la famosa versión contagiada por el espíritu picaresco de Mickey Rooney (Puck), en un bosque también habitado por James Cagney y Olivia de Havilland.
La versión actual de Michael Hoffman (director de «Restauración»), es suntuosa y melancólica, pero carece de la chispa y la picardía de otras adaptaciones. El héroe indudable aquí es Kevin Kline (Bottom), el humano que se transforma en asno y que enamora a Titania ( Michelle Pfeiffer), según los caprichosos designios de Oberón ( Ru-pert Everett) equivocados por Puck ( Stanley Tucci).
La interpretación de Kline es rica en matices, ya desde las escenas de la competencia en los ensayos de la obra que ofrecerá, con el elenco de aficionados, ante los poderosos Teseo e Hipólita (el teatro dentro del teatro es otro de los fuertes de esta obra). Kline no sobreactúa su parte fantástica y, hacia el final (de vuelta como humano, y actor) tiene sus mejores momentos. En orden decreciente, el Puck de Tucci y la Elena de Calista Floc-khart (protagonista de la serie de TV «Ally McBeal») están entre lo mejor del elenco. En cambio, el Oberón de Everett y la Titania de Pfeiffer son más decorativos que dramáticos.
Los cruces de Elena, Demetrio, Hermia y Lisandro, el cuarteto de los «amantes confundidos» por Puck, están a tono con el camino seguido por Hoffman, cuya adaptación «de cámara», y que afortunadamente no abusa de los efectos especiales. Para lamentar es el imperdonable uso de los «enganchados clásicos» que hace la banda de sonido, con lo más trillado de los CD de ópera (¿no era suficiente con el obligatorio Mendelssohn?). A lo mejor este detalle, al igual que la ambientación en Italia, sean exigencias de la coproducción. Sin embargo, el cambio de época y los anacronismos, como las bicicletas, deberán ser tolerados por el paciente espectador como el vicio más frecuente e injustificado que tienen la mayoría de los directores actuales ante Shakespeare. Nada puede hacerse contra eso, aparentemente.


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