26 de agosto 2004 - 00:00

Tenso policial con tema actual de fondo

El guardaespaldas Denzel Washington, herido en el piso, mientras Dakota Fanning trata de huir en «Hombre en llamas».
El guardaespaldas Denzel Washington, herido en el piso, mientras Dakota Fanning trata de huir en «Hombre en llamas».
«Hombre en llamas» («Man On Fire», EE.UU., 2004; habl. en inglés). Dir.: T. Scott. Int.: D. Washington, D. Fanning, C. Walken, M. Rourke y otros.

Es imposible ver hoy esta película como si sólo fuera un buen policial. El fondo de «Hombre en llamas» es el secuestro. O, con más precisión, la industria del secuestro en América latina, sus víctimas y múltiples agentes, la corrupción policial, el narcotráfico, la responsabilidad política, la vulnerabilidad social. No se puede, en consecuencia, ver del mismo modo esta película en Suiza que en Buenos Aires, donde lo que ocurre en la pantalla podría estar reiterándose, en ese mismo momento, a pocas cuadras de allí.

No se trata, desde luego, de un film «testimonial» (es más, cuando se conoce su desenlace sorpresivo, o mejor dicho su pre-desenlace, la historia ya se ha distanciado de la pintura de la miseria delictiva para ahondar en su propia identidad de relato), pero, por todo lo anterior, es una película que agita doblemente los fantasmas del espectador de hoy.

«Hombre en llamas»
nace de una novela de A. J. Quinnell y fue llevada por primera vez al cine en 1987. En nuestro país se llamó «Una razón para vivir» (en video salió como «Lluvia de fuego»), con Scott Glenn, Joe Pesci y Danny Aiello. Y, aunque ahora se trate de la misma historia del guardaespaldas y la niña a la que tiene que cuidar, no sólo ha cambiado el escenario (de Italia a México) sino también su complejidad argumental.

Si en la primera versión había rivales bien definidos y unívocos (la mafia contra el héroe), la telaraña de responsables y cómplices de la versión actual le infunde al relato una espesura dramática superior, a la par que una visión más desencantadade la sociedad, y, en definitiva, del género humano. No sólo el film se vuelve más rico como policial sino que también expone, al detalle, una arquitectura del crimen en la que hasta el más insospechado puede tener su parte.

Denzel Washington
es ahora Creasy, el papel antes interpretado por Scott Glenn: un desempleado ex agente de la CIA de pasado turbio, a quien un colega que vive en México (Christopher Walken) le consigue un puesto de guardaespaldas en la mansión de un industrial mexicano. Allí lo necesitan por dos razones: para que la hija Pita (Dakota Fanning, la niña de «Mi nombre es Sam») pueda retornar al colegio (ninguna de sus compañeras carece de guardaespaldas), y para poder suscribir un seguro contra secuestros, algo corriente en su clase social.

El vínculo entre Creasy y Pita, al principio seco y profesional y luego intensamente afectivo (aunque totalmente paternal, ya que en la versión anterior el papel lo hacía una adolescente y se insinuaba una larvada atracción entre ambos), sostiene y justifica la tragedia. Cuando ella es secuestrada, el guardaespaldas consagra su vida a la búsqueda de los culpables; su pesquisa, de esa manera, funciona como la tensa deconstrucción de la telaraña. Creasy vuelve a ser el héroe, pero ya no el samurai americano sino, de alguna forma, el investigador activo del delito. Se acepta su casi inverosímil invulnerabilidad porque ese es el medio del que se vale el film para dar cuenta del complejo complot que lo motoriza.

La dirección de Tony Scott («Escape salvaje», «Enemigo público», «Juego de espías») se asemeja a la de un Tarantino más pragmático y menos enardecido, pero igual de eficaz: diestro en las escenas de acción y en los momentos de violencia, sus propios paréntesis de puro estilo no lo desvían de la crónica de venganza que se propone narrar. Y, pese a la duración de la película (casi dos horas y media), el interés del espectador no decae nunca.

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