28 de junio 2004 - 00:00
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Apenas dos años más tarde, cuando las naciones en guerra congelaron el producto de nuestras exportaciones, y nos empezaron a faltar divisas, la Asociación de Productores de películas Argentinas, APPA, clamó por un sistema de protección. Este debía considerar un sistema de amplios créditos oficiales, liberación de derechos de aduana y otros gravámenes, exigencias de reciprocidad con países que nos envían libremente sus películas, y otras medidas de protección «análogas o equiparables a las otorgadas a otras industrias».
Con el tiempo, algunas ya son costumbre (por ejemplo, los créditos relativamente fáciles), otras suelen conversarse (la reciprocidad con cada país), y alguna parece próxima a cumplirse (la liberación de derechos de aduana a la película virgen, según promesa presidencial hecha en el último festival marplatense).
Contaba Domingo Di Núbila que algunos de la APPA también quisieron pedir la exhibición obligatoria de películas nacionales, pero no fue necesario. En esa época «las películas nacionales se exhibían ampliamente, porque el público quería verlas». Pero en agosto de 1944, el entonces ministro de Trabajo y Previsión coronel Juan Perón debió terciar en un enfrentamiento entre productores y exhibidores, y (esto no lo dijo sólo Di Nubila) optó por los primeros, así tenía a los artistas de su lado, y de paso tenia derecho a controlar el contenido de algunas películas.
Así fue como impuso un sistema de exhibición obligatoria en cantidad incluso mayor a la necesaria, lo que paradójicamente redundó en una abundancia de malas películas, y una lógica retracción del público, que, por supuesto, no estaba obligado a verlas. Eso también influyó en la firma del acuerdo de 1948, por aquellos diez centavos que pronto se harían veinte, y hasta sesenta, más otra medida proteccionista en 1950, en una sangría que terminó cuando, ya con la Libertadora en el poder, los vengativos exhibidores se negaron a pasar una sola película argentina durantetodo el primer semestre de 1956.
Las cosas empezaron a equilibrarse en 1957, con la fundación del Instituto Nacional de Cinematografía. Y, tras diversos avatares, el cine criollo alcanzó finalmente una cúspide real en 1974, con el llamado boom de «La tregua», «La Patagonia Rebelde», «La Mary», « Boquitas pintadas» y decenas de otros éxitos, que el público vio sin que nadie lo obligara, simplemente porque en ese momento tenía ganas de ver cine argentino y lo encontraba de buena calidad.
Cómo sería, que cuando Perón (de nuevo presidente) autorizó «La Patagonia...», el principal circuito de exhibición levantó una película norteamericana que estaba prevista, y llenó todas sus salas con la película nacional... Dicen que fue entonces que vino el famoso Jack Valenti, cabeza de la Motion Picture of America, a ver qué estaba pasando, que sus asociados no tenían salas donde estrenar, o dónde mantener lo que habían estrenado. Eran otros tiempos, y duraron poco.




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