28 de junio 2004 - 00:00

Tiempos K en el cine: se firma la cuota de pantalla

Jorge Coscia
Jorge Coscia
El Salón Blanco de la Casa Rosada, ese saloncito tan paquete que pareciera salido de una película de Romy Schneider (¿acaso no daría para filmar una «Sissi Presidenta»?), ya es un lugar histórico para el cine argentino. Ahí mismo, en julio de 1948, gobierno, productores, y exhibidores firmaron el siguiente acuerdo: sobre un recargo de 10 centavos por entrada, 50% iba a la Fundación Eva Perón, 40% a reintegros proporcionales a cada producción, y 10% a la obra social de los empresarios de salas. En medio de una etapa inflacionaria, el gesto permitió subsistir a la industria, al menos por un tiempo. En el mismo salón, Héctor Olivera recreó dicha escena para su película «Ay Juancito!», diciéndoles a los extras «Cuando ustedes aplaudan, señores, háganlo con sentimiento, porque ése fue el origen de los fondos de fomento que hoy nos permiten seguir filmando». Hace poco volvió a recordarlo, pero sin pedir aplauso, cuando allí mismo «La Patagonia rebelde» recibió el homenaje de los treinta años.

Y la semana pasada, ése fue el lugar elegido por Néstor Kirchner para entregarle a la industria una buena parte de los reintegros que el gobierno le adeudaba desde 1999. Sólo que ahora regirá un nuevo acuerdo, que más puede parecer un desacuerdo, a costillas de los exhibidores y distribuidores. Se trata de una nueva normativa, destinada a salvar la presencia del cine argentino en las salas, reduciendo la del cine norteamericano, que el director del INCAA Jorge Coscia firmará hoy.

Esto es como morderse la cola: por un lado 10% de cada entrada que vende una megaproducción hollywoodense contribuye a financiar una película argentina, por otro lado dicha película después no tiene cómo exhibirse (y devolver los créditos) porque las salas están siendo ocupadas por una nueva mega. El detalle es que si el negocio de Hollywood en Argentina se reduce, también se reducirá el monto de su aporte impositivo, y difícilmente una producción local pueda garantizar la diferencia.

Nuestro cine no se automantiene. Algunos países con similar problema han tentado diversas soluciones. Por ejemplo, Irán reduce al mínimo la entrada del cine extranjero (y hace películas muy variadas, aunque acá solo llegaron las de festivales). Corea le pone trabas, en beneficio de sus producciones subsidiadas. Brasil le obliga a reinvertir en el país parte de sus ganancias, imponiendo coproducciones forzadas. Francia subsidia no sólo sus películas sino también las salas donde se exhiban.

• Antecedentes

En 1938 la ciudad de Buenos Aires hizo algo parecido, liberando de impuestos las salas donde se hubieran estrenado las mejores películas nacionales del año, elegidas según jurado específico (buena idea que algún intendente echó pronto al olvido). Ese mismo año el senador nacionalista Matías Sánchez Sorondo, muy previsor, presentó la primera ley de protección del cine argentino. Pero no encontró ambiente ni siquiera entre la gente del ambiente.

Apenas dos años más tarde, cuando las naciones en guerra congelaron el producto de nuestras exportaciones, y nos empezaron a faltar divisas, la Asociación de Productores de películas Argentinas, APPA, clamó por un sistema de protección. Este debía considerar un sistema de amplios créditos oficiales, liberación de derechos de aduana y otros gravámenes, exigencias de reciprocidad con países que nos envían libremente sus películas, y otras medidas de protección «análogas o equiparables a las otorgadas a otras industrias».

Con el tiempo, algunas ya son costumbre (por ejemplo, los créditos relativamente fáciles), otras suelen conversarse (la reciprocidad con cada país), y alguna parece próxima a cumplirse (la liberación de derechos de aduana a la película virgen, según promesa presidencial hecha en el último festival marplatense).

Contaba
Domingo Di Núbila que algunos de la APPA también quisieron pedir la exhibición obligatoria de películas nacionales, pero no fue necesario. En esa época «las películas nacionales se exhibían ampliamente, porque el público quería verlas». Pero en agosto de 1944, el entonces ministro de Trabajo y Previsión coronel Juan Perón debió terciar en un enfrentamiento entre productores y exhibidores, y (esto no lo dijo sólo Di Nubila) optó por los primeros, así tenía a los artistas de su lado, y de paso tenia derecho a controlar el contenido de algunas películas.

Así fue como impuso un sistema de exhibición obligatoria en cantidad incluso mayor a la necesaria, lo que paradójicamente redundó en una abundancia de malas películas, y una lógica retracción del público, que, por supuesto, no estaba obligado a verlas. Eso también influyó en la firma del acuerdo de 1948, por aquellos diez centavos que pronto se harían veinte, y hasta sesenta, más otra medida proteccionista en 1950, en una sangría que terminó cuando, ya con la Libertadora en el poder, los vengativos exhibidores se negaron a pasar una sola película argentina durantetodo el primer semestre de 1956.

Las cosas empezaron a equilibrarse en 1957, con la fundación del Instituto Nacional de Cinematografía. Y, tras diversos avatares, el cine criollo alcanzó finalmente una cúspide real en 1974, con el llamado boom de
«La tregua», «La Patagonia Rebelde», «La Mary», « Boquitas pintadas» y decenas de otros éxitos, que el público vio sin que nadie lo obligara, simplemente porque en ese momento tenía ganas de ver cine argentino y lo encontraba de buena calidad.

Cómo sería, que cuando
Perón (de nuevo presidente) autorizó «La Patagonia...», el principal circuito de exhibición levantó una película norteamericana que estaba prevista, y llenó todas sus salas con la película nacional... Dicen que fue entonces que vino el famoso Jack Valenti, cabeza de la Motion Picture of America, a ver qué estaba pasando, que sus asociados no tenían salas donde estrenar, o dónde mantener lo que habían estrenado. Eran otros tiempos, y duraron poco.

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