La Universidad del Cine presenta ahora su tercera película. A diferencia de las anteriores, esta vez no se trata de un trabajo hecho entre varios alumnos conducidos por un profesor («Moebius»), ni de cuatro cortos de otros tantos alumnos, orquestados y enlazados por ellos mismos («Mala época»), sino de la casi exclusiva creación de uno solo. El tema, en cambio, sigue siendo el de los jóvenes frente a la sociedad. Pero en este caso también cambia el tono.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
En su debut -hecho con pocos medios, pero bien respaldado como director, Ariel Rotter eligió hacer un relato en tono menor, o mejor dicho cinco relatos, los de otros tantos jóvenes veinteañeros, a lo largo de cinco días de la semana: una inmigrante china que quisiera pintar, pero trabaja como cadeta motorizada; un ayudante de cocina que sufre mal de amores, pero estudia francés en el trabajo y sueña con irse a París, donde quizás encuentre a su amor definitivo; un gordo que se cree actor, y ensaya frente al espejo mientras el compañero de trabajo cumple su tarea; un gordito que anda con la videocámara reporteando gente, y todavía le pide plata al padre, y un chanta amargo que la va de pintor de paredes y es mal amigo.
Todos viven juntos, al menos durante esos días, y cada uno va a tener, para bien o para mal, una pequeña evolución en su vida. Nada será totalmente dramático ni romántico, nada será definitivo, pero todo contribuye a formar un cuadro bien reconocible de nuestros propios sueños, nuestras limitaciones, y nuestras decisiones (y la firmeza, o no, de nuestras decisiones).
Justamente, lo que se aprecia en este film es la eficaz pintura de personajes reconocibles, con momentos y diálogos naturales, frescos, por lo general adecuadamente expresados, y la inteligencia de no ostentar demasiada inteligencia. Vale decir, el autor pudo hacer un libreto más complejo, un espacio para metáforas sociales, o una puesta más elaborada, y en cambio eligió la sencillez, la franca introspección, y el registro de apariencia casi espontánea.
Claro que de este modo los defectos quedan más a la vista (el riesgo de los diálogos banales, algún detalle técnico, etc.), pero los méritos y la comunicación con cada espectador también quedan más al alcance. El elenco entero, además, es digno de elogio.
Dejá tu comentario