15 de noviembre 2004 - 00:00

Tristeza tanguera, según la mirada de Marcia Schvartz

El recorrido de la muestra de Schvartz es un viaje hacia la noche, al mundo femenino y nocturno donde afloran la tristeza y la soledad.
El recorrido de la muestra de Schvartz es un viaje hacia la noche, al mundo femenino y nocturno donde afloran la tristeza y la soledad.
Marcia Schvartz acaba de inaugurar «El alma que pinta», una muestra dedicada al tango en la galería Agalma. Durante la década del 80 y hasta promediar los años 90, Schvartz, que trabajaba y vivía en el escenario marginal del Abasto, se dedicó a retratar personajes suburbanos. Los morochos argentinos y las muchachas de barrio no habían alcanzado nunca la estatura poética que ella supo brindarles. Las pinturas de esa época son un fiel reflejo de las alegrías y las ilusiones módicas que caben en esas vidas estrechas, pero dejan un resabio melancólico, porque registran y dejan constancia de la imposibilidad de escapar al destino, de trascender un horizonte limitado.

Ahora, y luego de casi una década dedicada a rastrear el imaginario indígena de nuestras provincias, Schvartz regresa al retrato de personajes urbanos con la misma agudeza y la misma piedad en la mirada, para pinta las mujeres del tango. La serie, una verdadera crónica social y psicológica, tiene un tono fuertemente autobiográfico -situación casual, acaso-, dada similitud de los rasgos de la modelo que posó para los cuadros con los de la propia artista, que optó por acentuar el parecido. De este modo, y a pesar de que la muestra está inspirada en tangos de décadas pasadas, subyace en las obras un clima atemporal.

La parodia a la revista «El alma que canta», de dónde surge el título de la muestra, se reitera en el diseño y la tipografía del bellísimo catálogo que acompaña la exposición. «El alma que pinta» reproduce las 30 obras pintadas con frenesí en apenas cuatro meses, además de las letras de los tangos que inspiraron a la artista y cuyos títulos dan nombre a las obras.

El recorrido de la muestra implica un viaje hacia la noche, hacia un mundo femenino y nocturno, donde aflora el ensueño, la tristeza y la soledad. El itinerario tanguero lleva a magnificar la condición nocturna en toda su extensión: en la sensualidad de mujeres con su belleza exaltada, con labios rojos y tacones empinados, que sin pudor exhiben sus engaños y desengaños, mientras buscan su cuota de felicidad. Se trata de pequeños relatos que desnudan la pasión , la desesperación y las ilusiones que se encuentra escondida en los pliegues en sombra de la noche.

¿Un nuevo romanticismo? Es probable, en el visible desencanto y la exacerbación de los sentimientos. Pero si es así, es un romanticismo del desasosiego y al rojo vivo, dramático y encendido, al que se contrapone el vacío, la agonía de unos escenarios difusos, donde yacenlos personajes perdidos, envueltos en humo y ahogados en alcohol. Esta doble actitud, de rebeldía y entrega a la fatalidad, de candor y decadencia, es lo que torna tan atractiva y conmovedora la muestra.

Realizadas con pastel y pintura sobre arpillera, soporte acaso utilizado como metáfora a las bolsas del puerto, enclave del tango por excelencia, las obra tienen una calidez especial. Una de las pinturas, «Sola», donde se observa un «memento mori» (un cráneo sobre una mesa, objeto utilizado por los artistas del Barroco como advertencia contra la vanidad), se adivina como un homenaje al famoso cuadro «Primeros pasos» (1937) de Berni, claro, con las diferencias que impone el mundo actual.

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