26 de marzo 2003 - 00:00

"Un antiguo escándalo me dio 600 mil dólares"

Alfredo Bryce Echenique
Alfredo Bryce Echenique
L uego de ser reconocido internacionalmente el peruano Alfredo Bryce Echenique, recibió su coronación con los 600 mil dólares del Premio Planeta 2002 por su novela «El huerto de mi amada». Descendiente de una ilustre y aristocrática familia limeña, Bryce residió durante 35 años en Europa donde construyó la mayor parte de su obra y un estilo que lo define, el «realismo burlesco». Doctorado en Letras en la Sorbonne, donde fue profesor, se convirtió en celebre con su primera novela «Un mundo para Julius». Entre sus obras se destacan «Tantas veces Pedro», «La vida exagerada de Martín Romaña», «La amigdalitis de Tarzán». Dialogamos con él sobre su obra, la influencia de Cortázar y Puig, y la nueva novela de su amigo Vargas Llosa.

Periodista:
La historia que trata su novela «El huerto de mi amada» (muchacho enamorado de una mujer mayor) parece -luego de las de Vargas Llosa «Elogio de la madrastra» y «La tía Julia y el escribidor»- un tema típico de la literatura peruana...

Alfredo Bryce Echenique: No, es un tema universal. Recuerdo «El diablo en el cuerpo»de Raymond Radriguet, la primera novela que leí sobre amores donde la mujer es la mayor, al revés es más aceptado. «El diablo en el cuerpo» fue llevada al cine dos veces, una protagonizada por Gérard Philipe, la otra dirigida por Marco Bellocchio. No es una tradición peruana. Con Vargas Llosa es mera coincidencia. En las novelas de Mario es un elemento puramente autobiográfico, el vivió con su tía Julia. En «La tía Julia y el escribidor» cuenta esa adolescencia tan imperactiva, donde tenía siete trabajos para poder llegar a ser un día escritor, como ella lo ayuda y se lo lleva a Europa, y allí lo mantenía.Y surge el eterno problema de la edad cuando aparece una chica joven. Es casi vida y obra. «El huerto de mi amada» es una cosa imaginada en base a un hecho muy puntual que me contaron. Y, también, está mi regreso a Lima luego de 35 años y sentirme perdido, nada tiene que ver con lo que dejé.


P.:
¿Ese extrañamiento lo llevó a situar su novela en los '50 y en el universo, tan conocido por usted, de la clase alta?

A.B.E.: Todavía no hay una literatura de la Lima actual, no se quien la haría, han desaparecido esas visiones totalizantes de los escritores del boom. Nadie hoy conoce Lima, ni la quiere literariamente. Ha cambiado tanto que poco o nada me podía decir a mi para algo literario. Por eso me fui, para contar esta historia, a lo que conocía, a valores de la oligarquía pasada que siguen de algún modo estando. La legitimidad de mi novela pasa por algo que es permanente, los escenarios son secundarios. Mi literatura depende mucho de la reconstrucción del pasado, de la memoria, que a veces también inventa, y de la nostalgia de una ciudad que se fue para siempre.


P.:
No es todo melancolía, también hay humor, irreverencia, pasión, crítica social. ¿Es una triste historia divertida?

A.B.E.: La ironía es consubstancial a toda mi obra. Aún en los momentos más dolorosos aparecen chispazos de ironía. Nunca de burla ni de escarnio. Es esa ironía, basada en la reflexión, que permite reírnos de nosotros y con los demás. Los personajes en «El huerto de mi amada» son burbujeantes porque en un tema así es fácil caer en el melodrama, en lo romántico trasnochado, y quería que fuera una novela con toda la alegría que emana del personaje de ese muchacho de 18 años, religioso, inteligente y casto, Carlitos Alegre, predestinado por el apellido; y donde, toda la sensualidad que existen en esa sociedad, parece encarnarla la bellísima Natalia Larrea. Tambien están esos escaladores sociales, clase media venida a menos, que buscan desesperadamente jóvenes herederas para casarse.Y esos pudientes que defiendenden sus blasones de los arribistas.


P.:
¿De dónde sacó el título «El huerto de mi amada»?

A.B.E.: Lo tomé de un vals del Felipe Pinglo, compositor que en Perú es el bardo popular por excelencia. Compuso «El plebeyo», vals que es casi el himno nacional. Para mi fue como instalarme en una cadencia.


P.:
Su novela tiene por momentos un estilo cinematográfico...

A.B.E.: Entre todos los escritores posteriores al boom, y sobre todo los más jóvenes, el referente principal es el cine. En eso hay un gran precursor argentino: Manuel Puig, al que estudié para mis cursos y conferencias en Francia y no solo me interesó por sus permanentes referencias cinematográficas; creo que más veía películas que leía. Puig me maravilló por la forma en que podía convertir en profunda la reiteración obsesiva de una cursilería. Supo entrar en el mundo sentimental y trató lo popular no como algo banal sino como una cultura.


•Cortázar y el humor

P.: Otro de sus grandes referentes es Julio Cortázar.

A.B.E.: El Cortázar que harto de la solemnidad de la literatura latinoamericana dijo: hasta cuando será el humor privilegio de Borges, Bioy Casares y los anglosajones, en América Latina cada vez que alguien quiere escribir se pone serio, cuando nosotros reímos siempre, aunque más no sea para no llorar. Abrió caminos para los que venían después de él. Tuve la suerte de conocerlo y quererlo mucho, y leerlo a tiempo, cuando aún estaba abierto a todas las influencias.


P.:
¿Los autores del boom han vuelto a los «grandes temas»?

A.B.E.: En la medida que quedan algunos del boom, han sido fieles a sus obsesiones predominantes y lo han hecho con enorme calidad. Cuando buscaron cosas menos ambiciosas no realizaron gran obra. «La fiesta del chivo» fue la recuperación de lo mejor de la escritura de Vargas Llosa. Vamos a ver que pasa con sus nueva novela, que acaba de presentar, basada enteramente en personajes de mi familia.


P.:
¿Le molestó que Vargas Llosa contara de parientes suyos?

A.B.E.: Estoy seguro de que aprenderé muchísimo. Mario lleva 7 años de investigar a sus personajes, se ha ido hasta Tahiti para ver a las nietas de Gaugin, que no creo que sepan nada del pintor. Encontró dos negras de doscientos kilos cada una, que nada sabían. A Gaugin lo odiaban allí porque fue el que les llevó la sífilis. Yo he tratado de contarle algunos chismes familiares, pero no me hizo el menor caso. Tanto Flora Tristán como Gauguin fueron cercanos a mis abuelos y mis bisabuelos, fueron primos hermanos, vivieron en casa de los Echenique. La hija mayor de Pio Tristán, el último virrey del Perú, casó a su hija Victoria con José Rufino Echenique, que fuera presidente, y fue el que mantuvo a Gaugin en su casa.


P.:
¿Le interesó «El paraiso en la otra esquina», la nueva novela de Vargas Llosa?

A.B.E.: Puede ser apasionante. La abuela que lucha desde un punto de vista intelectual por una utopía, por cambiar el mundo para que haya más felicidad. Tiempo después, su nieto hace a través del arte, de la belleza, su búsqueda de la felicidad.


P.:
¿Qué hizo con los 600 mil euros del premio Planeta?

A.B.E.: Los puse a plazo fijo hasta ver que pasa. El premio obliga durante casi un año a la promoción. En Europa ya se han vendido 300 mil ejemplares de «El huerto de mi amada». Vengo de Chile donde encabeza la lista de más vendidos desde hace 16 semanas. Y eso que salió con mucha competencia, junto a las memorias de García Márquez, a novelas de Isabel Allende, Pérez-Reverte, Saramago. Si llevara a lógicas conclusiones eso, sería un imbécil. Sólo puedo tomarlo a broma y decirme: los jodí.

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