Una nutrida audiencia llenó el Colón el último lunes, a pesar de las inclemencias del clima. El polo de atracción fue el famoso pianista Luis Ascot, que una vez más refirmó sus dotes de artista del teclado. Con sonido robusto y precisión, Ascot abordó el temido Concierto N° 1 Op. 28 de Alberto Ginastera, estrenado en 1961; obra relevante y pujante que el mismo autor calificó de neoexpresionista.
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En sus agotadores cuatro movimientos, Ascot dominó la compleja estructura de la partitura, que colocó sobre el atril, más bien como una guía que casi no leyó, pero como tiene anotaciones del mismo Ginastera, el espíritu del gran compositor se instaló en el escenario. De manera que también la Filarmónica tuvo un rendimiento inusual, la concentración en las sorpresivas propuestas ginasterianas y la precisión en las alternancias con el notable solista.
El protagonismo de la sección percusión fue acertado, así como los bronces en las difíciles como breves acotaciones y los microtonos en las cuerdas se ajustaron al modernismo vigente del más notable compositor argentino que conoció -en vida-la aceptación universal de su música.
La imponencia y contundencia del Concierto de Ginastera y el piano severamente retórico de Luis Ascot, hicieron que el «Danzón N° 2» del compositor mexicano Arturo Márquez se recibiera como un aperitivo de sabor caribeño, bien orquestado y hasta agradable, pero carente de contenido y trascendencia.
En el dramatismo de Tchaicovsky en la Sinfonía N° 6 en Si Menor Op. 74, conocida como «Patética», se consagró como un director talentoso el mexicano Enrique Arturo Diemecke; marcó con suma elegancia el «Allegro con grazia» (técnicamente un vals), muy buena tensión diná-mica en el «Scherzo» para culminar creando una atmósfera trágica aunque meditativa en el «Adagio lamentoso», el testamento del gran romántico ruso. El próximo lunes vuelve este director, a quien conoceremos también como compositor, y seguramente será otra satisfactoria noche musical.
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