Un cine que no termina de resolver su pasado

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«Un secreto» («Un secret», Francia; 2007, habl. en francés). Dir.: C. Miller. Int.: C. de France, P. Bruel, M. Amalric,J. Depardieu y otros.

Aun sin entrar en excesivas honduras políticas, históricas o psicologistas, no es difícil percibir que al cine francés contemporáneo todavía le falta superar algunas etapas para llegar, como lo viene haciendo el cine alemán de estos últimos años, a una mirada más distante con respecto a su pasado nazi, o filonazi, durante los años de la Ocupación.

Se trata de un tema por demás interesante, que tal vez tenga que ver con la evolución histórica de cada cultura: si a fines de los '60 y principios de los '70 la pantalla francesa política estaba dividida entre los experimentos formales de la Nouvelle Vague, los efectos de la Cuarta Internacional y el romance con el maoísmo, mientras sus culpas vergonzantes seguían ocultas, con escasas excepciones, debajo de la alfombra, el cine alemán, en un país dividido, encontraba en los experimentalistas de entonces, como Fassbinder o Kluge, las primeras confrontaciones crudas con la generación de sus padres y abuelos.

Hoy, los jóvenes directores alemanes no tienen mayores pruritos en enfrentar y tratar historias que, de alguna manera, sienten como ajenas, en tanto que a los jóvenes franceses el tema parece no interesarles, y por lo común son los más veteranos, como ahora Claude Miller, quienes vuelven su mirada sobre esos tiempos. Una miradafatalmente culposa.

Si bien «Un secreto» parte de una historia autobiográfica ligeramente modificada (la novela homónima de Philippe Grimbert), la realización de Miller, que recorre tres períodos -1936, 1955, 1985- en la historia del protagonista François (Mathieu Amalric) y sus padres, Maxime (Patrick Bruel) y Tania (Cécile de France), no deja de estar empapada, tal vez por el subrayado que le proporciona un estilo lánguido, en ese sentimiento vergonzante. Paradójicamente, un film de más de 30 años, como «Lacombe Lucien» de Louis Malle, hoy parece más moderno.

En ese medio siglo que recorre «Un secreto» se asiste, a través de varios flashbacks, a una cruda historia familiar: en los '50, el escuálido hijo único François, tan diferente de sus deportivos padres, fantasea con un hermano imaginario. Poco más tarde se sabrá que ese fantasma tiene mucho de real aunque François todavía no esté anoticiado: existió un medio hermano real, hijo de su padre y de otra mujer, cuyos destinos son imaginables. Las circunstancias, sin embargo, sólo se revelarán sobre el final. El presente del relato, con un François adulto, en la busca de arreglar cuentas con ese pasado de dolor (tal vez una metáfora de este cine francés) es lo menos interesante de «Un secreto». Los episodios medios y los del origen de la tragedia, en los '30, con personajes acosados por una realidad que los obligaba a la mentira, a la renegación o, en algunos casos, directamente al suicidio, son los más medulares.

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