9 de enero 2001 - 00:00

Un retrato de Neruda confuso y poco creíble

Darío Grandinetti.
Darío Grandinetti.
Mary Desty, una snob americana, rindió su homenaje a Isadora Duncan en un libro que distorsionó su imagen, más que enaltecerla. Isadora había sido un ser dionisíaco, desmesurado y único. Mary Desty admiraba a la bailarina por su desmesura. Pero esta desmesura no tenía nada que ver con las reivindicaciones burguesas cuyas banderías ella sostenía.

De la misma manera, Antonio Skármeta ad-mira, sin duda, a Neruda, pero la altura de su pensamiento se le escapa. Como también le es esquiva la belleza de sus poemas.

Insertar en una obra las hermosas estrofas que dicen: «Para que nada nos separe, que no nos una nada», en las que el poeta abjura de la cotidianeidad, poniéndolas en boca de alguien a quien nunca se le hubiera podido ocurrir la idea de escapar a la vulgaridad, es ignorar que a pesar de sus falencias, Neruda sintió en su alma su nostalgia imperecedera por el paraíso perdido.

«El cartero con hongos en los pies»
no accederá jamás a las alturas de «Los muertos de un solo abismo» ni será nunca la «Sombra de una sola hondonada». Como tal vez no lo fue Ne ruda, pero por otras razones. Es lícito, para hablar del gran poeta, recurrir a una metáfora: en el caso de la obra de Skármeta, las bellísimas palabras del poeta naufragan en el mar de la vulgaridad y la cursilería. Vulgaridad y cursilería que la dirección de Hugo Arana parecen remarcar, llevando a los actores a una pomposidad que lejos de hacerlas creíbles, las invisten de una pretensión que los poemas no tienen.

A Neruda se le podrán reprochar muchas cosas, pero si de algo no es culpable es de haber abdicado de la belleza. Y belleza es lo que le falta al texto de Skármeta («Ardiente paciencia», ya estrenada en nuestro país). Sin ese apremio por la belleza, es imposible intuir siquiera la emoción de sus poemas de amor.

La pieza de Skármeta peca por tratar de rescatar no sólo al poeta, sino al político, al patriota, al hombre solidario, sin decidirse del todo por uno de ellos; el retrato resulta confuso y poco creíble.
No se entiende muy bien por qué el espectáculo fue prohibido en Santiago del Estero. Pero lo que sí es visible es que la prohibición favoreció a la publicidad.

Queda por hacerse una sola pregunta: ¿si no se tratara de Neruda, el interés despertado por la pieza sería el mismo?

Darío Grandinetti
compone la imagen del poeta con recursos exteriores y Nicolás Cabré pone su pasión al servicio del cartero que deviene en poeta por pura casualidad, y convence.

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