En abril de 1951, con unas tapas amarillas que rendían homenaje a la extinta «Revue du Cinéma», apareció en París el primer número de «Cahiers du Cinéma», la revista que cambiaría en Europa, y limitadamente en los Estados Unidos a través de Andrew Sarris, la manera de entender y hacer el cine.
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Entronizada con la consagración en Cannes de «Los 400 golpes» que dirigió uno de sus integrantes, François Truffaut, puesta en práctica con el impresionante efecto que obtuvo «Sin aliento» de Jean-Luc Godard, «Cahiers...» tuvo una marca generacional que no se prolongó demasiado en el tiempo y prácticamente se extinguió con el fin de los '60.
Ya en la década siguiente, con la delirante conversión de la revista al maoísmo militante, el repudio a sus mismos fundamentos y hasta la aparición de artículos «colectivizados» y sin firma, la publicación perdió su significado y nunca más logró reencauzarse. Desde entonces, primero culposa y después desorientada, atravesó sucesivamente cuánta moda intelectual se afincaba en París (lo «real» de André Bazin pasó a ser lo «reél» de Jacques Lacan), y en los 80 ni siquiera tuvo el pudor de negarle una tapa a «Batman». Sin embargo, su sello sigue conservando algo de aquel aura.
Ningún espectador auténticamente interesado en el cine puede prescindir de este apasionante documental de Edgardo Cozarinsky. Su relato de la historia de «Cahiers» no está balanceado y eso es lo que lo hace mucho más interesante. Si son breves las partes que le consagra al nacimiento y la actualidad de la revista, son intensos en cambio los pasajes referidos a la profunda traición de «Cahiers» a sus fundadores.
Entre los muchos testimonios, hay tres particular-mente decisivos: los de los «excluidos» Sylvie Pierre y Michel Delahaye, y el mea culpa de Serge Toubiana, cuando recuerda la frustrada peregrinación de hijo pródigo que hizo junto a Serge Daney para recuperar el amor de Truffaut y de Godard.
La banda de sonido, exquisitamente seleccionada por Jorge Andrés sobre diferentes versiones de «Que reste t-il de nos amours?» dialoga, contrapuntísticamente, con una melancolía que sólo conoce el «cinéfilo» (palabra tan «cahierista») pero que el sentido de la película rechaza.
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