16 de junio 2005 - 00:00

"Una mujer infiel"

Kim Basingery Jon Fosteren «Unamujer infiel»,equívoco títulopara «Lapuerta en elpiso», sobreun libro deJohn Irving.
Kim Basinger y Jon Foster en «Una mujer infiel», equívoco título para «La puerta en el piso», sobre un libro de John Irving.
«Una mujer infiel» («The Door In The Floor», EE.UU., 2004; habl. inglés). Dir.: T. Williams. Int.: J. Bridges, K. Basinger, J. Foster, M. Rogers y otros.

Este sombrío drama triangular (matrimonio maduro, en trance de divorcio, y un adolescente en su despertar sexual) viene con explicación incluida. Casi sobre el final, si al espectador no le quedó clara la razón del vínculo que se ha producido entre los tres, el esposo se la explicita al confundido joven y al presuntamente confundido espectador.

Sin embargo, no hay nada que llame a confusión en esta adaptación grisácea de la primera parte de la novela de John Irving «La puerta en el piso», título más exacto que el chabroliano pero incorrecto de «Una mujer infiel»: si hay algo que traumatiza al personaje de Marion (Kim Basinger), aun cuando comparta una triste cama con el adolescente, es la fidelidad extrema que le tiene a su irrecuperable vida previa al accidente en el que murieron sus hijos mayores. Punto de partida de la historia, Marion y su esposo Ted (Jeff Bridges), un exitoso artista plástico y escritor, reciben en su inestable hogar a Eddie (Jon Foster), el joven que concurre a realizar prácticas de escritura con Ted. La casa, como sus moradores, tiene galerías y recovecos mortuorios, poblados de retratos de los dos hijos muertos. El matrimonio se estableció en esa casa de Long Island, junto al mar, después de la tragedia, y tuvieron una nueva hija, de cuatro años. Pero el borrón y cuenta nueva es imposible, y al comenzar el film Ted propone una separación de prueba: alquilará un departamento cercano, y alternarán las viviendas día por medio para poder estar a solas. La llegada de Eddie no es más que un detonantepara que estalle, y adquiera formas, la crisis de esa pareja en ruinas. Es decir, la entidad como personaje de Eddie es nula, y es ese rasgo lo que diferencia a esta película (entre muchos otros, como el estilo, la ternura y hasta el humor) de la memorable «Verano del 42», que era una fábula de «fin de la inocencia» en la que se traslucía, sólo como fondo, el drama de la mujer madura, que luego desaparecía sin dejar rastros en la vida del protagonista.

No se trata de que sea forzoso sujetarse al tema del fin de la inocencia; el problema es que aquí tampoco hay sabiduría. La tragedia silenciosa entre Marion y Ted está estancada, y sus reacciones, en función de lo que cada uno sabe y quiere, están siempre al límite de la obviedad. No hay personajes que despierten empatía o conmuevan; todo es un transcurrir con un desenlace bastante previsible, agravado además por la explicación a la que se aludía al comienzo.

Algunos fogonazos despabilan por momentos: uno de ellos es la presencia de la luminosa Mimi Rogers en un papel comprometido (la modelo madura de Ted) y, aunque sea redundante reiterarlo, la sensualidad que a los 50 sigue transmitiendo Kim Basinger, capaz de teñir de erotismo hasta a las lúgubres escenas de sexo que tiene el film.

M.Z.

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