14 de septiembre 2001 - 00:00

Una policial que llega al ridículo

Una policial que llega al ridículo
Karyo. «La marca del dragón» («Kiss of the dragon», EE.UU., 2001, habl. en inglés). Dir.: Chris Nahon. Int.: J. Li, B. Fonda, T.

Los primeros 20 minutos de «La marca del dragón» prometen un film de acción original. La suma del toque fuerte al estilo «Nikita» aportado por el productor Luc Besson, las locaciones parisinas, las proezas del genio de kung fu Jet Li y el despliegue propio de una producción hollywoodense podrían haber confluido en un policial de primera línea.

Pero esta sensación se va desvaneciendo a medida que la trama decae en un limbo progresivamente poco serio, hasta que al final el asunto vuelve a entusiasmar, aunque no precisamente por su rigor, sino más bien por el toque ciento por ciento ridículo de un desenlace tan lunático como ultraviolento.

Jet Li
es un policía chino que aparece en Francia no se sabe muy bien para qué, pero pronto es acusado de un crimen que no cometió por el comisario corrupto Tcheky Karyo. Bridget Fonda es una prostituta heroinómana llena de buenas intenciones, capaz de olvidar sus agujas por el amor que siente por su hijita, encerrada en un orfanato mezcla de «Cero en conducta» y «Chiquititas». Uno de los detalles más torpes del guión es la forma descuidada en la que se plantean los encuentros y desencuentros entre el héroe oriental y la ingenua prostituta. Sus idas y venidas le quitan ritmo a la película y provocan los primeros momentos inverosímiles de un film que pronto deriva hacia ese encantador «crazy kung fu» que irónicamente parecía haber terminado para siempre justo antes de que Li apareciera en escena con clásicos del cine de Hong Kong como «Once Upon a Time in China» o la saga de «Swordsman».

Lo que suena extraño es la visión del mundo globalizado que da «La marca del dragón»: las buenas chicas provincianas de los Estados Unidos se vuelven viciosas si van a Francia, los chinos tiene agentes infiltrados por todos lados -encima con técnicas de acupuntura más letales que sus patadas voladoras-y los policías parisinos no sólo son corruptos, sino que entre 40, y armados con palos, no pueden detener a un solo oriental.

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