18 de julio 2001 - 00:00
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García Ferré.
M.G.F.: Lo mío es hacer lo que no hacen los demás. No es algo esnob, no sigue las modas, simplemente sigue la línea de Hans Christian Andersen, el de esos cuentos que perduran en el tiempo. No es que quiera ir por gusto contra la corriente, sino que enfoco filones desatendidos. Muestro cosas que no quisiera que los chicos pierdan. ¿Para qué enseñarles a pegar tiros? Eso ya lo van a aprender en otra parte. Muchos autores creen que hoy, si no tiene violencia, su historia no tendrá ritmo. ¡Que vean 'Cinema Paradiso', 'El cartero' o la película iraní 'Los niños del cielo', sobre el chico que quiere sacar el tercer premio en una carrera (un par de zapatillas para regalarle a su hermanita), y se esfuerza tanto en salir tercero que termina prime-ro! Yo aspiro a ese tipo de cine.
P.: ¿No lo tientan las nuevas tecnologías?
M.G.F.: En eso hay mucho de blablablá. Con tanta tecnología, la Disney ha perdido ese toque humano que tenía el viejo Walt Disney. Para colmo, si los efectos no están en función de algo, suenan a hueco, como en «Pearl Harbor», llena de efectos pero muy zonza. En cambio «El mago de Oz», por ejemplo, tiene fantasía, magia, pero, sobre todo, unos valores humanos muy bien metidos, igual que «Dumbo», o «Pinocho». ¿Qué quiere ver la gente en una película? Ingenio, belleza, sentimientos, emoción. Esto se logra con sinceridad, y no macaneando.
P.: ¿Cómo nació la historia de «Anteojito y Antifaz»?
M.G.F.: La base está en un cuento que escribí a los 21 años, cuando andaba buscando trabajo por las calles de Buenos Aires. Me gustaba escribir cuentos, en España mi caldo de cultivo fue precisamente una peña literaria. Bien, caminaba por Avenida de Mayo, cuando, mirando a lo alto de las cúpulas, pensé «qué solos se deben sentir esos hierros».
Y escribí la historia de un hierro que logra salir del basurero y se instala en un portón. Se siente bien, como guardián de la casa, pero luego se vuelve ambicioso, y pasa a ser sucesivamente veleta (así todos lo miran para saber qué viento hay), mástil de un banco, verja de mansión (pero allí ve las fiestas que hay adentro, y quiere participar), escudo de armas, para lo cual vence a la espada y, finalmente, pararrayos de la catedral. Entonces está tan alto, que nadie puede llegar hasta él... ni él puede llegar a los demás. Ha quedado solo. A mucha gente le pasa lo mismo.
P.: Esa es la historia que, brevemente, le cuenta el banco de piedra a Anteojito, en cierto momento de la película.
M.G.F.: Cuando Anteojito ha triunfado, y ha olvidado a su tío.
P.: ¿Recuerda a la gente que lo ayudó a hacer la película?
M.G.F.: En muchos casos es prácticamente la misma con la que aún sigo trabajando, casi treinta años más tarde: Néstor Córdoba, Natalio Zirulnik, Carlos Pérez Agüero, Alberto Grisolía, Hugo Csecs, Mariel Soria, Osvaldo Domínguez, Francisco Dimas Busso, Inés Geldstein, Pelusa Suero, los músicos Néstor D'Alessandro y Roberto Lar. Trabajamos cuatro años, en una oficina de Viamonte 723, un lugar peque-ñito, pequeñito, con una máquina multiplano toda artesanal, ideada y construida por nosotros mismos. Y tuvimos éxito, incluso ganamos premios internacionales.
P.: Ahora reestrena con el respaldo de dos canales y otra distribuidora internacional.
M.G.F.: Y ya no tenemos la multiplano, sino una Bell & Howell completa. De a poco, voy agregando los procesos técnicos posibles en la Argentina. No podemos hacernos los locos, no tenemos tanta plata como los norteamericanos, que si algo no les gusta pueden filmar todo de nuevo, pero, pese a todo, seguimos trabajando.
P.: ¿Cuál será su próxima película?
M.G.F.: Estoy preparando «La gallina turuleca». Ya tengo los derechos de la canción de Genaro Monreal. Acá la popularizaron Gaby, Fofó y Miliki, pero esa canción tiene ya setenta años. Yo la cantaba en España cuando era chico... Para hacer esta película, voy a tomarme mi tiempo. No quiero hacer a los apurones un film por año.




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