17 de noviembre 2005 - 00:00

"Vanidad"

Reese Whiterspoon es la irreemplazable protagonista del film dirigido por la cineasta indiaMira Nair, que adapta la paradigmática novela de William Thackeray «La feria de las vanidades».
Reese Whiterspoon es la irreemplazable protagonista del film dirigido por la cineasta india Mira Nair, que adapta la paradigmática novela de William Thackeray «La feria de las vanidades».
«Vanidad» (Vanity Fair, G. Bretaña/ EE.UU., 2004, habl. en inglés). Dir.: M. Nair. Guión: M. Faulk, J. Fellowes, M. Skeet sobre novela de W. Thackeray. Int.: R. Whiterspoon, J. Purefoy, R. Garai, J. Rhys-Meyers, G. Byrne.

La obra de Mira Nair, directora india radicada en Estados Unidos, cambió bastante desde que rodó, en su país y con mínimo presupuesto, «Salaam Bombay», su película más personal, acaso por ser la más dolida. Tras varios films más o menos independientes, el exótico glamour de «La boda» le posibilitó ser llamada a dirigir la adaptación de una paradigmática novela inglesa del siglo XIX («La feria de las vanidades» de William Thackeray, el mismo de «Barry Lyndon»), protagonizada por la actriz hollywoodense Reese Whiterspoon, con un lujoso elenco británico y, desde luego, un presupuesto «comme il faut».

Thackeray
dedicó cerca de 1.000 páginas a esta satírica pintura de la Inglaterra de su tiempo, a través de la apasionante historia de Becky Sharp (Whiterspoon), una huérfana descastada que emplea toda su inteligencia y tenacidad en ascender socialmente, sea empleándose como institutriz de unos nobles de provincia, seduciendo a un joven heredero o jugando con fuego al aceptar favores de un aristócrata aburrido y perverso, ya instalada en Londres.

Era difícil reducir este libro a los standards cinematográficos habituales, en cuanto a duración, en primer lugar; así que por las dudas Nair transgrediera estos standards, la producción se reservó el «corte final» (un trago amargo que han probado hasta los directores más consagrados dicho sea de paso) y su película quedó en 140 minutos casi episódicos, entretenidos sí pero un tanto superficiales, cuando no excesivamente vertiginosos, sobre todo hacia el final. Es cierto que en el film se extraña el toque personal de la realizadora, como no sea en esos anacrónicos inserts de la cultura india, que tantos enojos provocaron a los críticos europeos, pero en los que asoman chispazos del estilo Nair y también la afinidad que pudo haber encontrado ella con el autor de la novela. Por un lado, porque en ellos se lee nítidamente el sarcasmo de Thackeray que escasea en todo el resto (véase nada más la asombrosa coreografía que le dedica la protagonista al rey, evidente alusión a los musicales de «Bollywood», la fértil industria cinematográfica india para consumo interno). Por otro, porque le permite introducir sin ser obvia la idea de un imperio construido sobre la base del colonialismo; y por último, aludir al mismo Thackeray como personaje tácito, ya que el escritor nació y se crió en Calcuta.

Por lo demás, el film tiene una reconstrucción de época espléndida -por bella, verosímil y funcional-, buenas actuaciones, entre ellas la mejor de la carrera de Reese Whiterspoon; su Becky alcanza tal grado de versatilidad a lo largo del relato, que su entrega como actriz llega a cautivar tanto como la inclaudicable determinación del personaje.

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