Venecia - Eric Rohmer tiene 81 años y ni un solo rasgo de ancianidad. Su mente y su obra continúan tan activas como en los tiempos en que lideró, junto a Truffaut, Godard y Chabrol, la nueva ola de cineastas franceses, aunque con aquella impronta personal que siempre le dio a sus películas, ese soplo sentimental, refinado y cínico al mismo tiempo, que lo hicieron inimitable. «Entre nosotros -dijo una vez Truffaut-Eric fue siempre el maestro, ya desde sus primeras películas en 16 mm. A la pandilla de 'Cahiers' la unieron muchas cosas, pero él parecía estar siempre en otro lugar. Era, de alguna manera, la eminencia gris del grupo.»
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Hoy, después de arrancarlo de su obstinado ostracismo (Rohmer es una persona que escatima tanto sus apariciones públicas como los trazos gruesos en su cine), el Festival de Venecia le otorgará un León de Oro a su carrera, simultáneamente con la proyección de su última película, «L'anglaise et le duc» («La inglesa y el duque»).
Nacido en Nancy en 1920, Rohmer, cuyo verdadero nombre es Jean-Marie Maurice Scherer, fue periodista, crítico de cine y profesor de Literatura antes de dedicarse al cine. Con Godard como productor, Rohmer debutó tardíamente en el cine con «Le Signe du Lion» («El signo de Leo»), de 1958. A raíz del escaso éxito de la película, el realizador francés se dedicó a la televisión escolar durante gran parte de los años '60. Fue en los '70 y en los '80 cuando su carrera se vuelve prolífica y exitosa. Su presencia en la laguna veneciana representa todo un acontecimiento, aunque muy pocos medios pudieron acercársele.
El diario inglés «The Guardian» fue uno de ellos. Su vida privada siempre fue un enigma, aunque quienes lo conocen de cerca aseguran que de la vida personal del director de «Mi noche con Maud» y «La rodilla de Clara» muy pocas cosas podrían interesarles a las revistas del corazón. Su existencia es pacífica, y está casado desde hace 40 años con la misma mujer, pese a que pocos cines como el suyo han explorado tanto los sobresaltos sentimentales y amatorios de la clase media urbana y provincial. Meses atrás, Rohmer declinó la invitación del Festival de Cannes pese a que «La inglesa y el duque» ya estaba terminada. «Elegí Venecia, simplemente, porque ellos siempre me han tratado muy bien», manifestó.
En realidad, las diferencias entre Rohmer y el cine y la prensa de su país siempre fueron numerosas. El festival veneciano premió en 1986 su película «El rayo verde», pero en Fran-cia ni siquiera se estrenó en todo el país. Rohmer es católico y de tendencias conservadoras, y ese elemento también le ha significado muchos encontronazos con sus colegas cineastas franceses. En especial, a lo largo de los años '60, lo que se puso de manifiesto cuando la revista que había contribuido a fundar, «Cahiers du Cinéma», adoptó una postura intransigentemente maoísta. Rohmer, junto a Truffaut y otros integrantes de la redacción, abandonaron los «Cahiers», y quedaron enfrentados al muy radicalizado Jean Luc Godard.
«Nunca temí no ser moderno», dice ahora Rohmer. Al igual de lo que le ocurre, por caso, a Woody Allen (aunque con geografías invertidas), los films de Rohmer suelen tener más éxito en el exterior que en Francia. «Al principio -señala- el público que apoyó mis películas no fue el francés, sino el norteamericano. 'Mi noche con Maud' fue un gran éxito en los Estados Unidos, pero no en Francia. Ahora, los países donde más se ven mis películas son Italia, España y el Japón.»
Su cine, como más tarde ocurriría con el del fallecido Krzysztof Kieslowski, suele formar una continuidad agrupada en temas similares. Allí está la serie de los Cuentos Morales, o la más reciente, la de los Cuentos de las Cuatro Estaciones, de la cual «Cuento de otoño» fue la más exitosa a nivel internacional. «En lugar de buscar, como quieren los productores, temas que atraigan inmediatamente al público, lo que yo hago es filmar seis veces el mismo tema desde distintas perspectivas. Al final, el público terminará viniendo», sonríe.
Su nueva película, cuya première será hoy, está ambientada en la época de la Revolución Francesa y se basa en las memorias de la escocesa Grace Elliot, una cortesana en palacios ingleses y franceses. La historia tiene que ver con su decisión de permanecer en París aun durante el estallido de la Revolución. Se trata de la tercera película histórica de Rohmer (las anteriores fueron «La marquesa de O», de 1976, y «Percival el galo», de 1978).
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