21 de enero 1999 - 00:00
"VIAJE AL PRINCIPIO DEL MUNDO "
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Relato al mismo tiempo fresco y melancólico, rico en sugerencias y hondo en contenido, y, particularmente, de una intensidad emocional como pocas veces puede verse, la impresión aumenta al advertir que el director ya tenía 88 años cuando la hizo, y que Marcello Mastroianni la interpretó sabiendo que ésa era su despedida. Pero aún sin tener todo esto en cuenta, es una obra capaz de emocionar a cualquiera. Es que un viaje al principio del mundo significa un viaje a tantas raíces, lejanas y entrañables...
Para ello, el director, Manuel de Oliveira, le transfirió al actor su sombrero y sus propios recuerdos, que Mastroianni hizo suyos de un modo hermosamente cálido. Oliveira es un personaje singular. Nacido en 1908, se inició con el cine mudo, se dedicó luego al deporte y los negocios (textilería paterna, viñedos propios, vino oporto) y, a la edad de jubilarse, volvió al cine, con un entusiasmo casi adolescente.
De esa forma, y además aprovechando que el personaje del actor habla otra lengua, Oliveira hace toda una poética de la repetición. A alguno puede parecerle fastidiosa tanta repetición en dos idiomas de una copla popular, o un recuerdo familiar, que parece estiramiento (aunque la película apenas dura hora y media), pero el recurso tiene una excelente razón de ser, que culmina, maravillosamente, cuando, más allá de las palabras, la vieja reconoce a su sobrino (Isabel de Castro y Jean-Yves Gautier, impagables).
La película va creciendo de a poco. Una charla frente a un colegio jesuita puede parecer prescindible. Pero más tarde hay una escena en un hotel abandonado, con una charla y luego un monólogo en plano secuencia de Mastroianni, para no perderse palabra. Y el dulce redescubrimiento de una estatua, de esas que impresionan de por vida a los niños, y que representan toda una visión del mundo. Y ese encuentro en la aldea. Y después, algo todavía más fuerte, en el más austero y casi el más antiguo de los escenarios.
Y siempre la imagen más simple, cargada de sentido y de emoción. Y un final casi como un guiño afectuoso, donde el director se refiere indirectamente a sí mismo, y al actor enfermo que lo ha encarnado. En suma, una obra excepcional, para ver con detenimiento, con sonrisas, y hasta con unción.
Dicho sea de paso, Oliveira es el que maneja la combi donde viajan los personajes (toda una clave, muy coherente), y a quien sólo se puede ver en un plano lejano, buscando unos prismáticos. Pero en su siguiente película, «Inquietude», aparece bailando «La cumparsita» con su señora, y con 89 años cumplidos. Quién pudiera llegar a esa edad como él, y saber equilibrar las tristezas con la sabiduría.


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