18 de agosto 2005 - 00:00
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«Cargo de conciencia» tiene la buena intención de denunciar
la decadencia moral de la clase gobernante, lástima
que el desarrollo sea tan simplista y pobre como un
viejo especial televisivo.
M. Taverna, F. Neri.
«Así nos educaron. Este pueblo callado es una prueba de la resignación», dice su mejor personaje, un viejo y simple vecino que quizás termine haciendo justicia por su propia cuenta, ya que, por lo que muestra la película, los jueces, los congresales, los policías, y los periodistas, si no son corruptos hacen la vista gorda, o tienen las manos atadas, y los pocos pícaros que alguien arresta salen luego por la puerta principal, encima ofendidos. Frente a este panorama, un hombre decente hace pública su renuncia «por cansancio moral», como dijera Lisandro de la Torre. Y un periodista y un comisario deciden investigar hasta sus últimas consecuencias el inesperado y sospechoso suicidio de un «controvertido senador» (tal como lo define una movilera, por no llamarlo de otra forma). Lo harán caiga quien caiga. De hecho, caen unos cuantos, pero no presos, sino a los tiros. Lamentablemente, hasta que llegan esos tiros hay que presenciar demasiadas escenas de diálogo simplista y dramatismo básico, mucho recitado superficial, situaciones tan imposibles que suenan inocentes, incongruencias que hacen perder el respeto (por ejemplo, un asesino aparece en pleno día por el lugar del crimen, con una media en la cabeza, para que nadie lo reconozca, pero con un medallón enorme, que todos le conocen, bien a la vista-sobre el pecho), etc., etc., y todo muy tieso, de reducida eficacia, y encima pobre (otro ejemplo, cuatro extras sin saber qué decir para simular un ejército de noteros acosando a un entrevistado) como si fuera un viejo especial televisivo.
P.S.




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