5 de septiembre 2006 - 00:00

Vigencia de clásico sobre amor y deseo

«Quartett» de H. Müller. Dir.: R. Szuchmacher. Int.: I. Pelicori y H. Peña. Esc. y Vest.: J. Ferrari. Ilum.: G. Córdova. (Sala «ElKafka».)

"Quartett" (1980) es un duelo a muerte entre dos voluntades que creen saberlo todo sobre el amor y el deseo. Su fría racionalidad les permite dominar a gusto a sus distintos partenaires sexuales, pero el hastío que va minando sus vidas, así como su incapacidad para controlar el destructivo paso del tiempo, pondrán en jaque tanta omnipotencia.

Los nombres y ciertas circunstancias remiten a la famosa novela epistolar del siglo XVIII «Las relaciones peligrosas» de Pierre Choderlos de Laclos, en la que dos amantes (la Marquesa de Merteuil y el Vizconde de Valmont) buscan estímulo a través de intricadas conquistas sexuales. Ambos son expertos en el arte de seducir y manipular a sus víctimas, hasta que un día el donjuanesco Valmont comete el error de enamorarse de una de sus presas, la honorable Madame Tourvel, provocando así la ira de la marquesa.

A diferencia de otras versiones que se conocieron en cine -entre ellas la de Stephen Frears- el dramaturgo alemán Heiner Müller decidió concentrar la acción en los personajes principales, a quienes pone a dialogar en un clima cargado de sensualidad, frustración y afán de venganza. En la superficie, frases de ingenio y malicia; por debajo, una sorda lucha contra la muerte y el vacío. De allí la prisa en seducir, conquistar e inventarse nuevas máscaras, en definitiva, algo que permita suspender por un instante la conciencia de la propia finitud.

En «Quartett», Merteuil y Valmont analizan sus experiencias sexuales con rigor científico mientras intercambian roles e identidades sexuales. El autor de «Máquina Hamlet» creó un texto de gran belleza literaria, rico en imágenes sensoriales y en «citas citables». Es una obra de ideas más que de acción, por eso suele captársela mejor a través de la lectura que mediante una puesta en escena.

Pero en este caso, el director Rubén Szuchmacher trabajó en profundidad las contradicciones de estos personajes, e hizo que el humor y el erotismo adquiriesen una mayor expresión dramática. De este manera, el enfrentamiento verbal que ocupa a sus protagonistas es vivido como una apasionada lucha cuerpo o cuerpo.

Ingrid Pelicori y Horacio Peña le otorgan a sus personajes las múltiples capas que éstas requieren. El golpe de teatralidad está dado por aquellas escenas en las que Merteuil y Valmont ocupan el lugar de sus víctimas. Peña está soberbio cuando compone a la desdichada Tourvel (con Pelicori como Valmont). La actriz se luce como comediante cuando encarna a la inexperta Cécile de Volanges que está a punto de perder la virginidad en manos del vizconde.

La escenografía de Jorge Ferrari -minimalista y de un gris acerado- remarca adecuadamente el clima atemporal de esta pieza, lo mismo que la iluminación de Gonzalo Córdova. Aun cuando sus protagonistas declaren: «Que el populacho copule en los zaguanes, su tiempo es caro y lo pagamos con nuestro dinero, nuestro sublime oficio es matar el tiempo», la obra de Müller tiene que ver con estos tiempos de sexo virtual y caída del deseo, no con las angustias de dos libertinos en los años previos a la Revolución Francesa.

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