15 de agosto 2005 - 00:00
Vivi Tellas lleva a escena dos nuevos biodramas
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Vivi Tellas: sus «Biodramas» continuarán con «Tres filósofos
con bigotes», sobre profesores de la UBA, y «Mi médico
y yo», donde actuará el cineasta Edgardo Cozarinsky.
Periodista: ¿Qué la llevó a trabajar con su madre y su tía?
Vivi Tellas: Desde mis seis años que vengo escuchando esas historias que ellas repetían todo el tiempo con el mismo tono y con las palabras casi exactas. En esa repetición encontré un punto de teatralidad. Mientras que en «Tres filósofos con bigotes» fue ver cómo vivían estos profesores esa experiencia de ser mirados. Ellos hablan muy bien y se ocupan de captar la atención de su audiencia. Ahí también encontré un punto de teatralidad. Lo primero que me llamó la atención fueron los ejemplos que citaban en sus clases, me parecían muy teatrales, dignos de ser trabajados en escena.
Después de mi experiencia con «La casa de Bernarda Alba» en la sala Martín Coronado, con Elena Tasisto, Guillermo Kuitca en la escenografía, Carolina Fal y el resto del elenco, más todo ese montaje y artificio, llegué a una especie de clímax teatral que me llenó y me encantó, pero después quedé como si me hubiesen vaciado de teatro. Y entonces vino «Mi mamá y mi tía» que me llevó como al inicio de algo. Necesitaba volver a algo más chico, más cercano, sin tanta forma.
P.: Suena audaz ese tipo de teatro.
V.T.: Fueron casi dos años y medio de hacerla todos los domingos. Una de las cosas que me decidió a trabajar con ellas fue que mi tía se enamoró a los 70 años y cambió totalmente de personalidad. Durante la representación yo intervenía varias veces porque ellas habían confiado tanto en mí que de alguna manera tenía que acompañarlas. Ellas contaban sus historias y anécdotas y yo a veces les hacía preguntas o les alcanzaba algo, como una servidora de escena. Era una experiencia muy íntima a la que yo le apliqué una disciplina de trabajo porque no se trataba de una reunión familiar. Me angustiaba mucho, no sabía bien dónde estaban los límites o si lo que estábamos haciendo era teatro. En cada ensayo siempre aparecían conflictos familiares. Discutíamos mucho, porque cada una tenía su propia versión de cada episodio.
P.: ¿Y cómo lograba mantener su objetividad?
V.T.: No me importaba, yo me entregaba a esas peleas. Era parte del material, dejar que las cosas sucedieran. Por eso digo que el proceso de trabajo me resultó muy psicótico, no tenía distancia ante lo que ocurría. Pero esa experiencia cambió mi forma de dirigir, ya no creo en el director que manipula sino el que se deja llevar por el azar como sostenía John Cage. Después de mucho tiempo descubrí que la dirección no tiene que ver necesariamente con un rol de conducción masculino. Yo puedo dirigir siendo como soy: femenina y totalmente infantil. Cuanto más explorás tu mundo, mejor artista sos, porque te sumergís en algo de vos mismo y de los demás que no conocés bien. Mi posición de ahora es hacer una obra con todo aquello que me produzca curiosidad e interés.
P.: ¿Por ejemplo?
V.T.: Hace poco hice un curso de manejo en el Automóvil Club Argentino y encontré ahí una teatralidad enorme. Tienen una ciudad en miniatura, una especie de teatro de autos. Creo que con estos trabajos encontré mi energía, mi nuevo camino.



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