9 de junio 2003 - 00:00

Vuelve "Bomarzo" al Colón con una puesta renovadora

Vuelve Bomarzo al Colón con una puesta renovadora
"No me cambio, en mi pobreza, por el duque de Bomarzo" canta un niño pastor en la primera escena de la ópera que se ensaya en el Teatro Colón. Está todo el personal abocado en darle formato definitivo a este drama salido de la pluma de Manuel Mujica Lainez y puesto en música por Alberto Ginastera.

Desde el Preludio, el compositor encara la difícil descripción del jardín de los monstruos haciendo cantar al coro solamente consonantes, como si los monstruos pétreos quisieran contarnos, pero no pueden. Así, la música -que es muy original-tiene toques de inquietante misterio, atmósferas obsesivas con figuraciones surrealistas, que adquieren por momentos la intangibilidad de un sueño.

Se alternan con melodías modales del Siglo XIV, alguna melodía de milenario origen hebraico babilónico, salmodias de alucinantes figuraciones, antífonas sobre motivos gregorianos del Siglo IX, madrigales, y el interludio titulado «El jardín de Eros», que precede al ballet erótico.

Con todo ese material, distribuido en dos actos y quince cuadros, se enfrenta al director bostoniano Stefan Lano. También él es compositor y habituado a este tipo de partituras, como lo demostró con «Lulú» de Alban Berg, «El amor por tres naranjas» de Prokofiev y «La rrera del libertino» de Stravinsky. El trabajo de Ginastera constituye para Lano un desafío que enfrenta con placer.

El escenógrafo Roberto Platé desparrama su mal humor por los talleres y la inevitable sensación de que «no llegamos»; después de la experiencia con «Juana de Arco en la hoguera» de Honneger, ya debiera saber que, solucionando contratiempos, se llega. Por su parte, Alfredo Arias avanza con la repensada regie: enfocará la ópera en el ambicioso intento de plantear un pasado que ya fue, y en ese pasado -como en el de Platé y del mismo Ginastera-está el recuerdo imborrable del Instituto Di Tella, al que siempre se vuelve como referente o punto de partida, así como Pier Francesco Orsini, duque de Bomarzo, vuelve a la Boca del Infierno a morir, aunque él cree que va a recuperar la ansiada inmortalidad que un astrólogo pronosticó.
La hija del compositor,
Georgina, deberá atender a Marta Salas, adscripta a la Filarmónica de Santa Bárbara (EE.UU.), a Carolyn Kallet, manager de «Boosey and Hawks», editora universal de las partituras de Alberto Ginastera; también esperan a funcionarios de la Opera de París, todos vienen a ver y escuchar «Bomarzo» en la misma sala que alguna vez fue censurada. Sobre este episodio carecerá un oportuno libro escrito por Esteban Buch, donde investiga la conducta de los militares del '68, que cerraron el Di Tella y prohibieron «Bomarzo» entre otras hazañas.

Para Georgina Ginastera es revivir la expectativa y la emoción de 30 años atrás, cuando fue con su padre a Nueva York a ver la puesta de Tito Capobianco; recuerda la puesta expresionista en Kiel (Alemania) donde los monstruos se convertían en humanos; también se impresionó con la visión minimalista que le dieron en Zurich. «La ópera de mi padre -dice-despierta diferentes visiones en los régisseurs, y permite aggiornamientos, porque el tema fundamental de esta ópera es el tiempo, el que no se quiere perder ni permitir que pase. El tiempo está más presente que ninguna otra ópera, por eso conocemos al personaje desde que era niño, seguimos su atormentada existencia en monólogos o en flash-back con otros implicados en su biografía, como es la vida misma».

Con vestuario de
Françoise Tournafond, iluminación de Joel Hourbeit y coreografía de Diana Theocharidis, la primera función será el próximo viernes, para continuar el 14, 15, 17, 18, 20 y 25, con 22 protagónicos que se alternarán en dos elencos.

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