9 de julio 2001 - 00:00

"Yo he sido un raro hasta para la movida de Madrid"

Eusebio Poncela.
Eusebio Poncela.
(09/07/2001) Madrid - Llega tarde, con prisa por marcharse, descompuesto del calor. Apenas saluda y pregunta por los «wáteres». De golpe (cinco de la tarde, 45 grados sobre el asfalto de Madrid, ni una brizna de aire en la oficina donde se hace esta entrevista que debía ser a propósito de «Sagitario», el film debut del escritor Vicente Molina Foix, con una historia de deseo homosexual, una vez más), se mete en el cuerpo un café negro hirviendo. Más calor aún. Y un whisky con cola.

Vestido de negro también de pies a cabeza. Calza botas y usa un cadenón del cinto al trasero. Ya lo dice él: «Soy marginal, soy punki». Abre de par en par las hojas de la ventana dejando soplar un viento tórrido que, valga la ocurrencia, mete en la habitación todo el ruido de la ciudad. Habla detrás de sus anteojos negrísimos porque le han contagiado una conjuntivitis en sus ojos hiperazules. De su bolsito de vinilo, que con cuidado deja caer descuidado en el suelo, asoman grandes frascos de polen de abejas y vitaminas. Luego cuenta que su trabajo, como su físico, no tiene edad.

Eusebio Poncela (Madrid, 1945) es como Alicia frente al espejo. La primera vez que se vio, «¡zas!», no lo pensó: se zambulló de lleno en la fantasía. Su fantasía era ser actor. Pero algún mal hado le ha escrito la biografía que circula en las bases de datos. Porque veamos. Dicen de él que vino al mundo en Vallecas en el seno de una familia obrera, que sólo de su empeño y su trabajo nació su vocación de actor en tan prosaico escenario. «¿Prosaico? Perdona, pero yo nací aristócrata. Mi familia no era nada humilde, era modesta, pero cultísima, muy lectora, con mucho bagaje. La historia de barrio me salvó de ser un cursi, porque me dio ese punto canalla que tengo.»

Que fue albañil, yesero, portero de un cementerio de coches... Que debutó en el teatro a los 22 años «cosechando un rotundo fracaso» con «Romeo y Julieta». Y él rectifica: «Todo lo contrario, fue con un éxito enorme que aún se recuerda en el Teatro Español, con el Marat-Sade, de la compañía de Adolfo Marsillach. Tuve la suerte o la desgracia de que enseguida me dieron papeles protagonistas, tanto en cine como en teatro. Así que yo, con 20 añitos, creía que ya estaba todo hecho». Suerte o desgracia, pero triunfó con Almodóvar («La ley del deseo») y con Adolfo Aristarain («Martín H»), por ejemplo. Actor rarito o actor de culto.

«Hay que empeñarse, y que ese empeño sea auténtico, que haya una necesidad. A mí, el trabajo me ha salvado la vida en varios frentes: así estoy yo aquí, pasados los 50, como un piolín, divino, una joya, con una vitalidad que arraso con todo. Después de haber sobrevivido, puedo hacer lo que me salga de las pelotas.»

Decididamente, Poncela, usted es un raro. «Yo soy punk, ¿entiendes?, pero no malvado. La agresividad del punk tengo dónde bifurcarla. Mi vida ha estado siempre al filo de la navaja y eso es sabido. Por eso, muchas veces se me ha ninguneado y se me ha hecho el ostracismo: porque nadie consigue doblegarme. He logrado sobrevivir, y menos mal, porque muchos se me han quedado en el camino, porque vino un virus y los mató o porque no tuvieron la resistencia que yo tuve. A ellos pudieron destruirlos; a mí, no: entonces, me han rebautizado.»

Maldito

¿Maldito? «No he sido maldito para nada, soy una persona muy famosa, que ha triunfado enseguida, que ha hecho series de muchísimo éxito («Los gozos y las sombras», «Werther», «Pepe Carvalho»); voy a un hotelucho de cuarta de Uruguay y el portero sabe quién soy. Un maldito es alguien a quien no se lee o a quien no se puede representar.»

El caso es que en «Sagitario» interpretó un papel en una historia gay hasta la militancia, de sexo y de astros. ¿Le preocupa? «Esa imagen no es mía, es de Vicente Molina Foix. Este es uno de los personajes más distintos a mí que he interpretado en toda mi vida, pero hay detrás un trabajo arduo que se olvida. Sus reacciones se alejan muchísimo de las mías, sobre todo ante el amor: yo no buscaría una pareja estable ni loco, soy mucho más independiente.Y su manera de ver el sexo no tiene nada, nada, nada que ver con la mía. No sé lo que es una revista de contactos.

Hice esta película porque me gustó la cosa azaresca, medio absurda, medio mágica, que puede ser fatal o maravillosa; y porque Vicente es muy amigo, pero nuestros mundos son completamente distintos. Además, soy una persona muy atractiva, lo sé, nunca he necesitado hacer ese tipo de contactos telefónicos... ¿Estoy bien en la película?»
Sí, y lo salva que, además de homosexual militante, les gusta a las chicas. «Vale niña, y a la mía también (dice con la boca pequeña). Yo no tengo problemas para comer de todo.»

Me estoy refiriendo a la película. «No, y en la vida soy muy atípico: he sido raro hasta para la movida de Madrid, porque estaba en el ojo del huracán, pero mi mambo era ser yo mismo, no creo ni en los grupos de rock & roll.» En los grupos no, pero sí cree, y mucho, en la amistad. Retomando la fallida biografía, se cuenta del actor que ha tenido siempre la costumbre de huir cuando venían malos tiempos. Así, a principios de los '60, se refugió durante un año en Nueva York en casa de unos amigos. Luego, a principios de los '90, volvió a hacer lo mismo, pero esta vez en el Cono Sur, Buenos Aires, junto a sus queridos Cecilia Roth y Fito Páez. Huésped, a cambio de quién sabe qué. Dicen de él que es un seductor.

Dentro de los hilos argumentales de
«Sagitario», el placer aparece como germen de la desgracia: una lectura del hedonismo en cierto modo católica, ¿o no?. «Yo no comparto ese punto de vista. Mis problemas han sido de exceso, pero no diría que el placer necesariamente lleva a la desgracia. El placer es también una gimnasia, hay que tener una disciplina con el placer.»

Reto

No es ningún secreto que su conexión con «Arrebato (el film en el que interpretaba a un heroinómano), más allá de lo interpretativo, era una conexión vital. Es decir, que Eusebio Poncela sabía lo que era el poder hipnótico de la heroína. Una cuestión de placer o de infelicidad o qué era aquello de la heroína. «Era un reto, porque te ponía al borde de la muerte, una experimentación. Pero no quiero hablar de ese tema porque es muy difícil trasladarlo y porque no me gusta hacer hincapié en ello. He sobrevivido entre 50.000, y a ellos les dedico mi trabajo y parte de mi vida.»

¿Uno decide ser marginal? «No, es una cuestión del alma, más allá de si eres famoso o rico.» ¿Usted se siente marginal? «Sí, así lo creo: así he sido y creo que lo sigo siendo.» cane-«Sagitario» es también la historia de nosotros mismos como parte de un mosaico, porque en esto parece habernos convertido la sociedad de masas en donde el individuo se diluye. Es una especie de vidas cruzadas, de ventanas indiscretas y superpuestas. Una fábula contemporánea, que dice Vicente Molina Foix, en la que el hombre ha perdido la mismidad. «Es una desgracia; por eso, yo voy tanto a Sudamérica, porque allí todavía existe el individuo y la amistad.»

Sube el ruido de los miles de coches, individuos en marea intentando cruzar la Calle Génova, medio y medio de Madrid, como si pudieran oír lo que tramamos aquí arriba. ¿Usted se siente uno cualquiera cuando va por ahí? «La sociedad te empuja a ello, no te salvas de la vibración de la calle, y eso me aburre a morir. Entonces, busco salidas, porque quiero divertirme en la vida.» Amigos, cine, sustancias (puntos suspensivos), ¿quién lo salva ahora? «¿Ahora?, que me gusto a mí mismo. Creo que estoy bien, pese a mi temperamento y mi egoísmo, hay una persona ahí atrás que está bien.»

Dejá tu comentario

Te puede interesar