Espectáculos

Eva Halac: "No busco rigor histórico, sí rigor teatral"

La obra gira en torno a la figura de Jacobo Timerman, maestro de periodistas en los años 70, amado y odiado por sus contemporáneos, en los días en que debe negociar con el Gobierno de Lanusse la continuidad del diario. Tendrá tres únicas funciones el próximo fin de semana largo en Timbre 4.

“Nuestro público es fabuloso, lo que hace que haya tantos espectáculos es la demanda del público, eso es lo más interesante que tenemos”, dice Eva Halac, autora y directora de “J. Timerman”, estrenada ya en el Cultural San Martín y que ofrecerá tres únicas el sábado, domingo y lunes próximos en Timbre 4.

Nominada al ACE la semana pasada en el rubro autoral, “J. Timerman” está basada en hechos reales y la obra gira en torno a la figura de Jacobo Timerman (maestro de periodistas en los años 70, amado y odiado por sus contemporáneos) en los días en que debe negociar con el Gobierno de Lanusse la continuidad del diario. La decisión pone en juego sus creencias y sus afectos. Abandonar la oposición progresista no sólo significaría un desprestigio, sino una dolorosa despedida de la juventud.

Conversamos con Halac.

Periodista: ¿Cómo llegó a Jacobo Timerman? ¿Qué la inspiró para escribir sobre él?

Eva Halac: A través de ‘Café irlandés’, mi obra previa, que trataba sobre periodistas en busca de una noticia para vender al “París Match”, llegué a esta figura emblemática. La fuerza del personaje, la pasión, las contradicciones se sumaron a una situación específica, porque la obra no es Timerman sino un instante en su vida en el que tiene que tomar decisiones. Y justamente ese momento, aquel en el que las personas tienen que tomar decisiones, me resultan apasionantes por lo teatrales. Debatir y reflexionar en escena sobre si sigue manteniendo el tono combativo de guerrilla del diario o lo cierra, todo eso encierra un juego que además me resulta muy vigente.

P.: ¿Vigente en qué sentido?

E.H.: Hay algo de ese debate que circula hace muchos años, es algo definitivamente argentino o acaso porteño. Estoy acostumbrada a conversar con personas que nos decimos ‘referentes del campo cultural’ y hay una serie de contradicciones, de maleficios y beneficios que se siguen sucediendo desde los 60 y 70, y antes también, y tienen que ver con las grandes diferencias y abismos que se encuentran entre lo que se dice y lo que se hace. Esa necesidad de que tenga sentido el valor intelectual y cuál es ese sentido. Esa diferenciación inevitable y fatal de lo que llamamos el campo popular. Me sorprendió mucho cuando leí a cerca de diario ‘La Opinión’ y la estrategia de Lanusse para quitarle la pauta oficial. Fue allí cuando descubrieron que el diario no se leía en los barrios populares que alentaba, no llegaba al pueblo, y eso es una situación que me apareció con imágenes, en una enorme discusión, una atmósfera que creo respirar desde la infancia. Recuerdo las discusiones eternas y hasta altas horas de la noche de mis padres, sus amigos, en la facultad. Creo que hay deseos y construcciones que tienen que ver con un deber ser y un imaginario heroico. Cuando leí sobre Timerman y muchos que pertenecieron a esos jóvenes asombrados y fascinados con los relatos de la guerra civil española, vi cómo ese deseo se trasladaba al combate heroico y romántico de la generación que la llevó a cabo.

P.: ¿Cómo fue la investigación para la obra?

E.H.: Larga, pero como se trataba de personajes que siempre escribieron, me nutrí en parte de eso. Sin embargo este material construye personajes y ficción, juego con esos nombres y establezco a partir de determinados tópicos una línea de pensamiento, un discurso de sentido, establezco que esos personajes piensen de una manera, los escucho, los pongo a debatir, pero no son ni Timerman, ni Lanusse, ni Gravier, está el joven periodista Julián Sorel, en el que pongo muchas anécdotas de los periodistas del diario. Pero no hay búsqueda de rigor histórico, sí de rigor teatral.

P.: ¿Cómo estructuró la puesta en torno a unas vallas de contención?

E.H.: La idea fue ese transcurrir en un espacio de tránsito que no tiene principio ni fin, está en permanente construcción y nunca terminado, un espacio que imaginé desde el comienzo para la puesta y después se trabajó en la escenografía. Si bien la actuación es en un registro natural, están urgidos a moverse y caminar en ese espacio, hay un ritmo que quería imprimirle y me lo daba esa cinta que les impide detenerse, instalarse, están urgidos de llegar a un lugar que no tiene fin, y hay temas siempre urgentes. Los espacios encierran metáforas y así se recrean una fiesta, la quinta de Olivos, la redacción del diario, la Casa Rosada, los pasillos, las oficinas, todos esos lugares muy emblemáticos e irrepresentables se construyen de manera metafórica. Hay algo del simultáneo que los hace convivir, una atmósfera que se respira donde el espacio está y no está, hay algo de fantasmagórico en ese pasillo. Todos esos personajes, como en los 70, inevitablemente tienen algo de fantasmagoría.

P.: ¿Qué puede decir de la escena teatral a nivel general?

E.H.: El panorama en Buenos Aires es enorme y creo que responde al asombro y necesidad del público de verse en los rostros de los actores. Los textos están ganando nuevamente, se habían perdido un poco y están volviendo. Considero al teatro como entretenimiento, si falla nos quedamos sin teatro, si a su vez puede sumar una imagen, una emoción, bienvenido, pero creo que la variedad de la producción nos habla de lo heterogéneos que somos, hay teatros tan distintos como espectadores.

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