"Si apagas la televisión y cierras el diario, no puedes más que ser profundamente optimista"

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Es raro escuchar esto en plena segunda ola de COVID-19 y con la economía por el piso. Pero se ve que nuestro interlocutor es sincero. Si dudas prefiere mirar el lado positivo de las cosas:

Tiene ribetes surrealistas conversar con Javier Creus (Barcelona, 58) por estos días. Repasando la grabación de la charla, por momentos me siento tentado de hacer un stop y volver a envolverme en el nubarrón, negro pero conocido, conformado por las vacunas, sus dosis, las camas, la cibervigilancia, el desempleo, la deuda, las burbujas, y todo lo demás.

Y supongo que también para él es complicado, ahora mismo, cuadrarse frente a la vida definiéndose como un optimista informado. "Yo soy profundamente optimista porque me he tomado el trabajo de serlo (...) si apagas la televisión y cierras el periódico, y miras los datos duros, no puedes más que ser profundamente optimista; los humanos somos cada vez más, vivimos cada vez más tiempo, tenemos más y mejores medicinas, ampliamos nuestros derechos, estudiamos cada vez más... con la revolución de las comunicaciones que trajo internet, ahora podemos hacer más con menos, y mejor".

Es raro escuchar esto en plena segunda ola de COVID-19 y con la economía por el piso. Pero se ve que nuestro interlocutor es sincero. Si dudas prefiere mirar el lado positivo de las cosas:

Periodista: Hola Javier, en un rato grabamos, ¿cómo estás?

Javier Creus: Vivito y coleando, Mauro.

Desde que publicó No somos hormigas, en 2011, Creus impulsó proyectos de economía colaborativa, investigó todas las formas en que se puede viajar por el mundo prácticamente sin dinero, y el modo en que el conocimiento, compartido gracias a las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) “amplió galácticamente lo posible”. Desde que descubrió internet, en el 94, no paró de indagar las virtudes de la Sociedad de la Información.

En el camino, creó el primer coworking de Barcelona, diseñó la Ruta Maya junto con National Geographic, y desarrolló proyectos que él mismo define, sin jactancia, como utópicos, vinculados con el bien común. Hoy es CEO de Ideas For Change, la empresa que fundó para desarrollar proyectos globales de ciudadanía digital: con técnicas creativas y foco en la innovación, se las ingenian para lograr impacto social usando las tecnologías con propósitos que van más allá del mero negocio.

P: Javier, mirando las etapas de la comunicación, vos señalás a las redes sociales como fenómenos completamente novedosos, y que marcan los cambios que vamos viviendo. Y sin embargo las Big Tech tienden a la concentración y al abuso de posición dominante, del mismo modo que lo hizo la Bell en el siglo XIX en Estados Unidos. ¿Cambian verdaderamente las cosas?

J.C: Bueno, lo que vemos hoy, efectivamente, es que hay una tendencia peligrosa a la concentración de los datos. Y tener datos permite modificar comportamientos. Hoy los datos están determinando la siguiente película que vas a ver en Netflix, la ruta que escoges para ir de un sitio a otro, qué pareja tienes y a quién eliges como presidente. Es decir, la concentración de datos es como tener el mando a distancia -el control remoto- de las personas, y la tentación de usar eso para ejercer poder comercial o político, es brutal.

Y aquí hay que levantar bandera roja. Porque la Bell podía concentrarse, pero eso significaba nada más que tener muchos clientes y no dejar que ninguna otra empresa los tuviera. Hoy ese crecimiento da risa, comparado con el poder que las empresas tienen cuando poseen los datos de nuestra vida.

Y lo otro que nos debería das alarma es: si a los datos les inyectas inteligencia artificial, tu superioridad se hace exponencial. La ventaja de la Bell, al concentrar clientes, era aritmética. Lo único que las empresas monopólicas pero analógicas podían controlar era el precio; sumaban de a uno, e incidían en una sola variable de la cuestión. Y en cambio, con datos e IA, tú concentras información y controlas directamente a las personas.

P: Bueno, por eso vuelvo a preguntar si verdaderamente las cosas cambian tanto como parece…

J.C: ¡Oye, hemos creado vacunas en un año y es acojonante! La pobreza ha disminuido en estos últimos veinte años más que nunca. Hoy las grandes de la comunicación son monstruos, pero no sé quién se anima a invertir en futuros de esas empresas; ninguna de ellas estaba en la Standar and Poor’s de hace veinte años.

¡Es que el problema lo tenemos en la mirada! Estamos mirando a las GAFAM, y a China, con ojos del siglo XIX. Y no tiene nada que ver. La capacidad actual de las empresas y los gobiernos, manejando datos, no la habíamos visto nunca. Y cuando estamos digiriendo una ola, viene la siguiente. Los ciclos duran entre 5 y 7 años y quienes toman decisiones son bastante más lentos que eso.

P: Ahora bien. El rumbo general del capitalismo tecnológico no parece ir hacia la inclusión. Por eso se habla cada vez más de la renta básica universal y se llevan a cabo experimentos de ese estilo en diferentes partes del mundo. ¿Cómo ves eso?

J.C: Lo primero, es que hoy no podemos analizar la sociedad con instrumentos de medición que creamos en la posguerra. Es decir, está claro que no sólo es productiva la actividad que se realiza a cambio de un salario, como lo pensábamos después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el reto de toda la Humanidad era producir: producir autos, producir casas, producir aviones, producir alimentos. Entonces medíamos lo que producíamos.

Nuestra medida de crecimiento y de valor debe cambiar, porque de lo contrario entendemos que, si lavamos la ropa a mano y la secamos al sol, no hemos producido nada porque, mirado con los ojos de aquel capitalismo, no hubo consumo de electricidad, ni empleamos a nadie. ¡No aumentamos el producto interno bruto haciendo eso! -se ríe-.

El problema es que hay cosas que no teníamos en cuenta. Porque si yo tengo una fábrica que coge camisetas blancas y las tiñe de rojo, el PBI aumenta dos veces. La primera, porque produzco camisetas rojas; y la segunda, por el coste de limpiar el río cuyas aguas quedan teñidas de rojo porque vierto mis desechos allí.

Entonces, lo primero es discutir la noción de valor. ¿A qué llamamos valor? Lo que estamos midiendo tiene poco que ver con la dignidad humana. ¿Cuál es el coste de tener un río sucio teñido de rojo del cual no puedes beber? Eso es lo que no nos hemos preguntado hasta estos años. Y ahora empezamos a comprenderlo.

Por otro lado, la clave es ver el potencial de las personas. Porque si tú le das a alguien un privilegio, si haces con él una excepción porque tiene un problema, por ejemplo, una discapacidad, y por ello le pagas un subsidio, entonces lo condenas a que no haga nada verdaderamente valioso porque, si lo hace, el subsidio se termina.

Pero resulta que todas las investigaciones muestran que si un ser humano puede elegir entre hacer y no hacer, porque tiene sus necesidades básicas resueltas, elige hacer. ¡Quiere decir que los emprendedores no son fruto de una mutación genética, sino que las personas prefieren hacer cosas, salvo cuando están entre la espada y la pared!

Ocurre que quizá antes se entendía que eso que eligen hacer no tiene valor, pero hoy podemos pensar que si se ponen a tocar la guitarra o a pintar cuadros, probablemente eso sea valioso para la sociedad.

P: ¿Por eso ponés el foco en la innovación y en la creatividad vinculadas con la economía del conocimiento? ¿Cómo se le saca provecho a esa perspectiva?

J.C: Bueno lo primero que hay que ver son los sistemas, porque en el escenario que imagino, estamos cambiando las funciones sociales básicas: proveer a la gente de energía, de alimentos, movilidad. Al cambiar el propósito del sistema, cambia el sistema.

Luego, hace falta una mirada anticipatoria: si tú vas corriendo detrás de los acontecimientos, siempre vas a ir colocando parches. Lo que necesitamos es adelantarnos, y que la siguiente ola sea la transformadora. La regulación debe anticiparse al menos 5 años.

Y lo tercero que debemos ver es que los agentes transformadores son los ciudadanos. Lo que podían darnos las corporaciones y las organizaciones públicas, ya lo hemos visto. Las discusiones de café sobre si la plaza frente al bar debe ser gestionada por el ayuntamiento o por el dueño del bar, son estériles. Hoy son directamente las personas las que deben hacerse cargo e involucrarse.

P: ¿Pero en ese sentido pensás en una democracia directa? Porque hoy las tecnologías permiten que las personas se expresen sobre cada punto, pero nuestra organización política e institucional plantea sistemas sofisticados que emplean muchos profesionales calificados…

J.C: Es que hace falta un nuevo contrato social. Las constituciones democráticas y republicanas se fundaron sobre 3 pilares: la propiedad, el trabajo y la representación. ¡Y resulta que los 3 hoy están en crisis! Primero, porque ya no podemos sostener una norma que supone un pacto entre propietarios, como eran las del siglo diecinueve. Hoy entendimos que podemos ser colaborativos, como Wikipedia o el software abierto, y no intentar poseer bienes en forma exclusiva.

Por otro lado, el trabajo asalariado ya está en vías de extinción, y sabemos que el valor se expresa en muchas más formas que el salario, y por lo tanto deberíamos tener derecho a contribuir más que a cobrar un jornal de supervivencia o ni siquiera eso. Me gustaría que quien pretende donar sus datos para el bien común, como lo hemos propuesto con Salus_Coop -N de R: la cooperativa de datos de salud que, en Barcelona, permite a cada persona decidir quién y para qué accede a los datos, que se almacenan en la nube- pueda ser retribuido, porque eso que pone a disposición de todos tiene un valor.

Y la representación ¡ostias! debe cambiar porque fue pensada para diputados de ultramar que vinieron en barco a Madrid. Claro, cuando el medio de transporte es el barco o el carruaje, necesariamente has de delegar. Pero resulta que hoy somos capaces de trabajar en remoto y en tiempo real, así que debemos pensar de nuevo si hay necesidad de ser representados, cuándo y cómo, y en qué ocasión uno debe presentarse y hablar por sí.

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Si algo le faltaba a Creus para ahondar sus reflexiones, era prender un cigarrillo. Las bocanadas de humo le permiten armonizar en dosis iguales la profundidad de cada idea, con la sagacidad que usa para encontrarle una vuelta ingeniosa a cada planteo. A veces contesta puntualizando, a veces cambia el foco, pero siempre es metódico; toma notas, ordena las ideas, descompone los problemas.

Por estos días, con Ideas For Change, está desarrollando proyectos de innovación y colaboración público-privada en El Salvador, para transformar su estructura logística con tecnología digital. El plan cuenta con financiamiento del BID.

Mientras tanto, Javier investiga junto con la Comisión Europea cómo Blockchain puede transformar las relaciones sociales, y en la segunda mitad del año pondrá un pie en Argentina para participar de la Diplomatura Internacional en Tecnologías Estratégicas Digitales, de la Universidad Champagnat. Disertará sobre los aspectos salientes de la Economía del conocimiento.

P: Con Blockchain aparece una nueva expresión de la economía, un liberalismo tecnológico, digital, que no necesita el respaldo tradicional de los bancos. ¿Creés que es una oportunidad para los países emergentes?

J.C: Claro que sí. Lo que hay en los países llamados emergentes son dos cosas fundamentales: naturaleza y juventud. Ahora mismo hay que mirar África. ¡Hay una red brutal de pagos distribuidos mediante SMS en Kenia! Y lo mismo con la energía eléctrica: un panel solar y una batería para cargar el móvil. O sea, se pueden saltar pasos hoy día.

En noviembre discutía algunas cuestiones con la presidenta de la compañía eléctrica y su par de comunicaciones, en Uruguay. Ellos tienen cubierto el 80% del territorio cubierto con suministro de energía y conectividad. Yo les decía: el otro veinte por ciento no lo hagáis con el sistema tradicional centralizado en el que tiro un cable, monto una torre… ¡Ostia! Hacedlo con Starlink de Elon Musk, energía distribuida, y conexión directo a satélite. Porque ya tiene la misma calidad, y si todavía no, pues la tendrá en breve.

En resumen, si en los últimos 25 años hemos conectado a 3 mil millones de personas, en los próximos diez podemos conectar a 4 mil millones más, la mayoría jóvenes asiáticos, africanos, latinoamericanos ¡Imagínate lo que eso significará, un mundo nuevo!

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El mundo nuevo que Javier Creus ve venir necesita, según él, de datos descentralizados y educación ciudadana para la participación en asuntos públicos. Más licencias gratuitas pero reconocidas, y más software libre para que la inteligencia humana, conectada globalmente, haga lo suyo.

La película de la transformación digital parece haber sido guionada por él, por lo bien que la entiende. Me pregunto si quienes la están rodando le respetarán el final que Javier augura…

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