No más "divinas" en la escuela: los ambientes colaborativos como escenario del cambio social

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En vísperas del Día Internacional de la Mujer, es cuando se mira hacia atrás para evaluar los cambios que se han llevado a cabo socialmente con el fin de corregir las desigualdades que afectan a las mujeres a nivel mundial. Lo cual lleva obligatoriamente a observar con atención qué situaciones son las que faltan por mejorar.

Una de estas situaciones pendientes, enumerada por investigadoras y académicas, es la cooperación femenina, también llamada: sororidad. Este concepto, agregado a mediados de diciembre 2018 en la Real Academia Española, tiene relación con la “amistad y reciprocidad entre mujeres que comparten el mismo ideal y trabajan por alcanzar un mismo objetivo”.

En ese sentido y tal como afirman Amelia Valcárcel y Marcela Lagarde, “ha sido evidente que las relaciones entre mujeres son complejas y están atravesadas por dificultades derivadas de poderes distintos, jerarquías y supremacismo, competencia y rivalidad”. De ahí surge la necesidad de la unidad de las mujeres para tener mayor poder de incidencia en la sociedad. Entonces, nos preguntamos: ¿Cómo convocar a la solidaridad con nuestro género si no somos solidarias entre nosotras?

De ahí inquietud de cómo se pueden cambiar los paradigmas que han dominado la sociedad durante toda la existencia humana, en la mayoría de las culturas. Tal como indican las investigadoras, “la cosmovisión predominante, tiene la tendencia a volvernos competitivas”, es por eso que se presenta la educación como una forma de cambiar esa realidad.

En otras palabras, el cambio se puede sembrar desde las aulas, con el primer acercamiento y trato inicial. Y además se realiza el cambio de paradigma en los docentes: donde idealmente las diferencias dejen de existir, donde las mujeres sean consideradas para las matemáticas, las ciencias y cualquier materia sin importar el género y sin que tengan que trabajar el doble que sus compañeros, ahí es donde vamos a poder decir que fueron derribados los sesgos históricos y el trato diferenciado. Pero aún queda mucho por trabajar.

La educación debe preparar a todos los niños y niñas para tener procesos colaborativos exitosos, lo cual es justamente lo que definirá su futuro. Por eso, es esencial crear instancias colaborativas de aprendizaje, sin hacer diferencias y destacando las habilidades de todos de igual forma. Junto con esto, también es importante educar desde el ejemplo y la representación, es decir, que los niños y niñas sientan que los imaginarios sociales efectivamente los representan. Por ejemplo, hay niñas que desean ser futbolistas o boxeadoras o informáticas, y para potenciar sus habilidades y aspiraciones, es importante que crezcan viendo a otras futbolistas, boxeadoras e informáticas exitosas, que las inviten a imitar ese ejemplo y a desarrollar todo su potencial.

La clave está en que las instancias de aprendizaje sucedan sin hacer diferencias y comenzar a educar las habilidades blandas desde el primer día de clases. Fortalecer los grupos, tanto de mujeres como de mujeres y varones, tratando de opacar las diferencias también hacia otras identidades de género, brinda un espacio de aprendizaje mucho más ameno tanto para los profesores como para los estudiantes.

Según estudios, la Generación Z o Centennials llegó sin tabúes en sexualidad, ni diferencias entre hombre y mujeres. No obstante, el cambio generacional no servirá de nada si los profesores vuelven a imponer sus formas de ver la sociedad. Nunca hay que olvidar que son los mismos estudiantes los que alimentan sus potenciales agentes de cambio en lo educativo y en lo social.

(*) Docente especializada en psicología educativa, y parte del área de desarrollo pedagógico de Colegium.

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