El drama de vivir en Pilar

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Entrar a Buenos Aires desde la zona norte es un infierno cotidiano para más de 400.000 automovilistas y nada hace pensar que la situación vaya a mejorar. No queda siquiera el consuelo de que, transcurrido un cierto tiempo, fructifiquen proyectos para resolver la cuestión porque, sencillamente, la dirigencia no aporta ninguna idea de fondo. Para peor, medio millón de autos se incorporan cada año al parque automotor, lo que acrecienta el caos. Quien pensó que vivir en la periferia norte implicaría un mejor cuidado para su familia y soñó a sus hijos jugando bucólicamente en el verde debe saber que cada año pasará un mes de su vida dentro del auto manejando hacia y desde su trabajo en la Capital, gastando más de $ 8.600 sólo por movilizarse. Y mejor no recordar la esperanza de vivir con mayor seguridad.

El hombre eligió calidad de vida: los niños en el country, verde para ellos durante 7 días, y, para él, los fines de semana. Lejos de la gran ciudad, a la que debe concurrir a trabajar. Con el siguiente rito: está por comenzar el viaje y el conductor se acomoda en su asiento para estar lo más cómodo durante el trayecto. Se deposita sobre un cobertor-masajeador para evitar lógicas contracturas y alista un jarro térmico con café para ir pasando el tiempo, necesario como un porta CD renovado para que la rutina no sea también musical, como el acostumbrado recorrido del dial. Una percha se cuelga en el asiento trasero, con un saco que no merece el castigo del viaje y, también, lleva una camisa de repuesto, por si la otra no llega en condiciones.

¿Inicio de vacaciones? No. El hombre en cuestión vive en Pilar y trabaja en una oficina en el centro de la Capital. De lunes a viernes y en horario pico de ida y vuelta, recorre unos 100 kilómetros, que le demandan no menos de una hora y media -con buena voluntad- desde que sale de su hogar y estaciona el auto cerca de la oficina. Al igual que a la vuelta cuando entre las 17 y las 18 emprende el regreso. En el año, 31 días completos de su tiempo los pasará adentro del auto y tendrá un gasto anual sólo por peajes, nafta y estacionamiento estimado en $ 8.654. Para quienes viven en el Sur o en el Oeste, la peripecia también es parecida.

El Acceso Norte es el de mayor magnitud y lo transitan actualmente más de 12 millones de autos y camiones por mes, cuando en 2002 eran la mitad (en diciembre último se pagaron por peajes más de $ 20 millones). Las razones de un tránsito tan poco fluido: el crecimiento de los barrios privados, en su mayoría a partir de fines de los 90, que suman más de 500 en el conurbano y siguen proliferando; y el enorme parque automotor de vehículos nuevos (en 2006 se vendieron 450.000 y este año se calculan otros 530.000). Todo de la mano del crecimiento de la economía.

Pero la tranquilidad que se encuentra en el country puede alterarse seriamente en el trayecto a la bulliciosa y contaminada ciudad.

Lo que sigue es un pronóstico «tranquilo» de tiempo y dinero consumido en el tránsito de ese trayecto, porque todo puede -y así ocurre- complicarse. Embotellamientos, toques de paragolpes, choques menores o mayores, piquetes, asaltos de histeria o de los otros (como ocurrió hace un mes en la Panamericana en medio de una congestión infernal) pueden ser el escenario para comenzar o terminar la jornada laboral. Entre las 7 y las 9 de la mañana, o entre las 5 y 8 de la noche, ocurre que un viaje de 50 minutos en condiciones «normales» se extiende a casi dos horas todos los días, siempre y cuando no haya imponderables. Veamos:

  • El año tiene 52 semanas, esto es 260 días hábiles, que se reducen a 248 si se exceptúan unos 12 feriados. Son 248 días en los que entre ida y vuelta se pasan 180 minutos cada jornada en el auto. En un año equivalen a 44.640 minutos o 744 horas o 31 días. Mucho más que unas buenas vacaciones.

  • Desde Pilar al centro de la Capital se recorren de base 100 kilómetros diarios. Si se los multiplica por los 248 días laborables, son 24.800 kilómetros al año. Como ir y volver a los Estados Unidos. Casi una hazaña de camionero profesional.

  • No se computa el tiempo que, además, el conductor debe salvar para ingresar de la salida de la autopista a su casa en el country (no menos de 15 minutos de promedio).

  • Un buen auto consume unos 9 litros cada 100 kilómetros, si se viaja a una velocidad promedio de entre 90 y 110 km por hora, que es justamente lo que no se puede hacer en el «rush hour». Pero suponiendo los 24.800 kilómetros anuales, su equivalente en nafta son 2.232 litros o, lo que es lo mismo $ 4.464 (en tanto, claro, no se sincere el precio de los combustibles).

  • En cuanto al pago de peajes, hay que calcular $ 4,80 por día (1,90 de ida y 1,90 de vuelta para los que tienen pase, más otro 0,50 de ida y 0,50 de vuelta en la Autopista Illia). Así, multiplicando los $ 4,80 diarios por los 248 días laborables al año, suman $ 1.190.

  • Y hay que tener en cuenta otro asunto no menos importante: el estacionamiento. Si hay que pagarlo, conviene una cochera por mes, a un costo promedio de $ 250, lo que al año representa un gasto de $ 3.000.

  • Así, sin contar el valor del auto, sino sólo su uso para ir y volver de trabajar (nafta, peaje y estacionamiento), por año se necesitan $ 8.654. A ello habría que agregar el mayor uso del vehículo porque recorre más kilómetros en menos tiempo, envejece más rápido con su consecuente pérdida de valor de reventa y, por ejemplo, necesita cambiar más frecuentemente los neumáticos. Esto se hace cada 60.000 kilómetros a un costo promedio de $ 1.200, cifra que habría que agregar a la lista de gastos cada año y medio por el uso del vehículo sólo para el traslado al trabajo.

  • Suponiendo 30 años de esta rutina laboral, en tiempo total son 930 días, esto es dos años y cinco meses. En dinero, para llegar y volver del trabajo, sólo en nafta, peajes y estacionamiento, se gastarían $ 259.620 en ese lapso.

    Todo, claro, por una vida con mejor calidad. Y la realidad de que cada día venidero -por el colapso del tránsito y la invasión de nuevos autos- será peor en el «autovivienda», verdadero hogar del hombre del relato.

    Advertencia final: no se incluye lo que le costaráel analista a este infortunado carne de diván.
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