Cuando aparecen dificultades para caminar, pérdida de fuerza o problemas en el habla, el miedo se activa. Muchas personas escuchan términos como ELA o esclerosis múltiple y los asocian de inmediato, ya que comparten manifestaciones visibles. Sin embargo, aunque pueden parecer parecidas en una primera mirada, se trata de enfermedades distintas, con mecanismos y recorridos clínicos diferentes.
La diferencia entre ELA y esclerosis múltiple a pesar de sus síntomas similares
Ambas pueden provocar debilidad y problemas motores, pero su origen, evolución y pronóstico no son iguales.
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A pesar de atacar a la misma parte del cuerpo, ELA y esclerosis múltiple son enfermedades distintas.
La confusión no es casual. Tanto la esclerosis múltiple como la esclerosis lateral amiotrófica afectan el sistema nervioso central y pueden comprometer la movilidad. En ambos casos, el impacto en la calidad de vida es significativo y el diagnóstico suele generar un fuerte impacto emocional en pacientes y familias.
Ahora bien, el modo en que dañan el organismo, la edad de aparición más frecuente y el pronóstico no son iguales. Entender esas diferencias ayuda a despejar dudas y evitar comparaciones apresuradas que, en muchos casos, solo aumentan la angustia.
Dos enfermedades distintas con síntomas similares
La esclerosis múltiple (EM) es una enfermedad autoinmune. Esto significa que el propio sistema inmunológico ataca la mielina, la capa que recubre y protege las fibras nerviosas. Esa agresión provoca lesiones en el cerebro y la médula espinal, generando síntomas que pueden aparecer en brotes o progresar con el tiempo.
En cambio, la ELA es un trastorno neurodegenerativo que afecta directamente a las neuronas motoras, responsables de enviar señales desde el cerebro hacia los músculos. A medida que esas neuronas se deterioran, los músculos se debilitan y pierden funcionalidad.
Ambas pueden generar debilidad muscular, dificultades para coordinar movimientos y alteraciones en el habla, lo que lleva a confusiones iniciales. Sin embargo, la EM suele presentar períodos de recaídas y remisiones, mientras que la ELA tiene una progresión continua. Además, en la esclerosis múltiple pueden verse comprometidas funciones sensitivas, algo que no es característico en la ELA.
Síntomas de la Esclerosis Múltiple
En la esclerosis múltiple, los síntomas varían según la zona del sistema nervioso afectada. Entre los más frecuentes aparecen visión borrosa o doble, hormigueo en extremidades, pérdida de equilibrio y fatiga intensa. Esta última no es simple cansancio: puede ser un agotamiento persistente que no mejora con descanso.
También pueden registrarse problemas urinarios, espasticidad muscular y dificultades cognitivas leves, como fallas en la memoria o en la concentración. La enfermedad suele diagnosticarse en adultos jóvenes, especialmente entre los 20 y 40 años, y es más común en mujeres.
Un rasgo distintivo es la presencia de brotes: episodios en los que los síntomas empeoran durante días o semanas y luego mejoran parcial o totalmente. Existen tratamientos modificadores de la enfermedad que buscan reducir la frecuencia de recaídas y frenar la progresión. El pronóstico es variable; muchas personas mantienen autonomía durante años.
Síntomas de la ELA
En la ELA, los primeros signos suelen estar vinculados a la pérdida de fuerza en manos o piernas. Puede empezar con algo tan cotidiano como dificultad para abrochar una camisa o tropezones repetidos. Con el avance del cuadro aparecen problemas para hablar, tragar o respirar, ya que los músculos involucrados también se debilitan.
A diferencia de la esclerosis múltiple, la ELA no suele afectar la sensibilidad ni la visión. La mente, en la mayoría de los casos, permanece lúcida, lo que añade un componente emocional complejo para quienes atraviesan la enfermedad.
La progresión tiende a ser continua y más rápida. Aunque existen tratamientos que pueden enlentecer el avance y mejorar la calidad de vida, actualmente no hay cura. El abordaje incluye rehabilitación, soporte respiratorio y acompañamiento integral.
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