Como nunca antes se celebró el Día de la Independencia argentina en Nueva York, con el Empire State iluminado con los colores celeste y blanco durante tres noches y el consulado de Héctor Timerman invadido por 1.300 argentinos y norteamericanos atraídos por la nostalgia y, tal vez, las empanadas (no alcanzaron: en la sede diplomática cocinaron 2.000).
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Quedó más de manifiesto este espíritu patriótico que el que impuso José Octavio en la embajada de Washington: el santafesino pasó el 9 de Julio en un torneo de polo, con un poco de melancolía desde que le dijeron que, tal vez, Néstor Kirchner convoque a Carlos Chacho Alvarez para la Cancillería.
En Manhattan, mientras tanto, todo fiesta: allí estuvieron desde la reina y la virreina de la vendimia, ataviadas oficialmente, hasta un argentino que se convirtió en un industrial de las garrapiñadas en Nueva York. Regaló 1.500 bolsitas. La lluvia ayudaba.
Timerman, entusiasmado por el fervor de sus invitados, hasta pronunció un discurso «nac and pop» sobre cómo «el pueblo responde generosamente cuando se lo convoca a una gesta nacional». Nadie pudo discriminar si hablaba de 1816 o de la campaña electoral en curso. Logró su objetivo ya que, seguramente, era lo que pretendía.
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