En muchas familias, la pregunta aparece entre chistes, anécdotas y discusiones durante el almuerzo del domingo: ¿hay un hijo preferido? Aunque algunos padres aseguran que quieren a todos por igual, la experiencia cotidiana puede mostrar diferencias con cada uno. Desde la ciencia de la psicología, esto no necesariamente significa que un padre o una madre ame más a uno de sus hijos.
¿Existe el hijo preferido? Qué dice la psicología sobre el favoritismo familiar y por qué no está mal
Las preferencias afectivas pueden aparecer en la convivencia cotidiana, pero sus efectos dependen de cómo se expresan y del lugar que ocupa cada integrante.
-
Aceite de romero para el cabello: qué dice la ciencia sobre su poder para estimular el crecimiento
-
Ni antipáticos ni fríos: la razón psicológica por la que a muchos adultos les cuesta confiar en los demás
Las relaciones entre padres e hijos tienen matices propios que se construyen a lo largo de la convivencia familiar.
La afinidad puede surgir de las personalidades, las experiencias compartidas y las identificaciones que se construyen a lo largo de los años. El problema aparece cuando esa conexión se transforma en un trato desigual que afecta la autoestima o alimenta la rivalidad entre hermanos.
Por qué los padres tienen afinidad especial con uno de sus hijos
No todos los vínculos entre padres e hijos se desarrollan de la misma manera. Incluso dentro de una misma familia, cada relación tiene su propia historia, con momentos de cercanía, desacuerdos, intereses comunes y dificultades. Esa combinación puede hacer que un adulto se sienta más cómodo con uno de sus hijos que con los demás.
Una de las razones posibles son las identificaciones personales. A veces, los padres reconocen en un hijo rasgos propios, gustos o experiencias de su infancia. También puede ocurrir que depositen en él expectativas relacionadas con aquello que no pudieron hacer o alcanzar. En esos casos, la conexión no depende solamente de cómo es el chico, sino también de las proyecciones del adulto.
El temperamento y la convivencia cotidiana pueden influir. Un niño que suele aceptar los límites y mantiene una relación tranquila con sus padres puede generar menos conflictos que otro más impulsivo, inquieto o desafiante. Si el adulto atraviesa una etapa de cansancio o estrés, esa diferencia puede pesar todavía más.
Sin embargo, llevarse mejor no equivale necesariamente a querer más. Un hijo puede compartir los mismos intereses que su madre, mientras que otro encuentra en su padre un compañero para hacer deportes o hablar de determinados temas. Son conexiones diferentes, que pueden cambiar con la edad y las circunstancias.
¿Amor o compatibilidad? La diferencia entre querer a todos y conectar más con uno
Querer a los hijos y disfrutar de la compañía de cada uno son experiencias relacionadas, pero no idénticas. Un padre puede sentir un amor profundo por sus tres hijos y, al mismo tiempo, descubrir que conversa con uno durante horas, que comparte determinados hobbies con otro o que necesita más paciencia para entender al tercero.
La compatibilidad de personalidades ayuda a explicar parte de esas diferencias. Cuando dos personas tienen intereses similares, se comunican con facilidad o reaccionan de manera parecida ante los problemas, es posible que la relación resulte más espontánea. Eso no convierte al otro vínculo en menos valioso.
La dificultad aparece cuando esa afinidad se traduce en ventajas concretas y repetidas. Por ejemplo, si uno de los hermanos recibe más permisos, es escuchado con mayor atención o queda sistemáticamente exento de responsabilidades que sí se les exigen a los demás, la diferencia deja de ser una cuestión privada de simpatía.
El hijo que percibe que ocupa un lugar secundario puede interpretar esas diferencias como una señal de que no alcanza las expectativas de sus padres. En tanto, quien recibe más atención también puede cargar con exigencias elevadas, miedo a equivocarse o la sensación de que debe conservar ese lugar privilegiado.
Cuáles son los factores que determinan quién es el hijo predilecto según la psicología
No existe una fórmula universal para identificar al hijo preferido. Las investigaciones señalan varios factores que pueden influir en las diferencias de trato, aunque sus efectos dependen de cada familia y del tipo de relación que se analice.
Uno de ellos es el orden de nacimiento. El primogénito suele atravesar una crianza en la que los padres tienen menos experiencia y depositan expectativas particulares. Con la llegada de los siguientes hijos, los adultos pueden sentirse más seguros y flexibilizar algunas reglas. El menor, en cambio, puede crecer con padres más experimentados, aunque también correr el riesgo de recibir menos atención individual.
Estas características no determinan el destino de los hermanos. Hay tendencias hacia un trato más favorable a las hijas y a los chicos con características como la responsabilidad y la amabilidad. Además, los hermanos mayores tendían a recibir más autonomía en determinados ámbitos. Son tendencias grupales, no reglas que permitan anticipar lo que sucede en cada hogar.
- Temas
- Ciencia
- Psicología





