10 de mayo 2023 - 00:00

Marcia Schvartz: el Tigre recibe a la artista que lo pintó y modeló en los 80

“Caraguatá y Esperita” es la exposición que reúne gran parte de la obra que produjo aquellos tiempos, fiel registro de la naturaleza pródiga del lugar.

schvartz. La integración del cuerpo y el río en las figuras femeninas.
schvartz. La integración del cuerpo y el río en las figuras femeninas.

Marcia Schvartz (1955) vivió y trabajó en el Tigre a fines de los años 80 y principios de los 90. Allí pintó y modeló la flora del lugar sin dejar de lado sus personajes. Allí también diseñó algunas de las grandes obras que concluyó en su taller y pesan en su trayectoria. Hoy, el Museo de Arte Tigre la recibe de vuelta con los brazos abiertos. La exhibición “Caraguatá y Esperita”, lleva el nombre de dos ríos y es un fiel registro de las imágenes de la naturaleza pródiga del lugar, del paisaje que divisaba desde las galerías de ambos refugios. Schvartz pintó esos rincones privados del Tigre con la libertad de sus propias sensaciones y su estilo, pero con la gracia de un bodegón de Matisse.

En la primera sala los indígenas ostentan una expresividad tan ligada a la naturaleza que resulta conmovedora. El curador de la muestra, Roberto Amigo, deja hablar a la pintura, ahorra adjetivos y, observa: “La figura humana en la obra de Marcia se encuentra inserta en la naturaleza, no sólo es una unidad con el cosmos, que une los estambres de las flores con las polillas nocturnas sino con la idea de la belleza americana”. Hay en las mujeres con su cabeza volcada hacia atrás, una actitud sensual de entrega que remite al placer que provoca la compenetración del cuerpo con el paisaje del río. Los sentimientos eróticos fluyen desvergonzados en los rostros angulosos, los ojos rasgados y los cuerpos de piel oscura. Hay una india recostada en una hamaca paraguaya, un desnudo rodeado de flores blancas que, desde el título, tomado de la perfumada flor “Dama de noche”, hasta las formas rotundas del cuerpo, despierta los sentidos. En una tela del mismo formato, un muchacho de color obscuro duerme con gesto ausente y cierta inocencia, también sobre una hamaca. Schvartz, señala; “Pinté morochos que antes había pintado en ámbitos urbanos y luego encontré en las islas. Hice cerámicas, acuarelas de flores, pájaros, fue una etapa muy fructífera de mucho descubrimiento que abarcó casi diez años. El río fue un factor esencial para el que yo no encontraba palabras y pintaba. El río es pura filosofía”.

En la muestra figura una pintura clave, “Acerca del descubrimiento”, una mujercita que asoma a este mundo y absorta, mira cómo se desplaza por el río el hilito de sangre de su primera menstruación. La expresividad de Schvartz va del erotismo a la ternura, sin tropiezos.

Pero el río también arrastra sus penosos recuerdos. En 1991 pintó “¿Dónde estás ahorita? ¿Descansas?”, una india de espaldas contempla una cascada donde, como una aparición fantasmal, surge el rostro de Hilda Fernández, su compañera de militancia y amiga muerta durante la dictadura militar. Ese mismo año, 1991, pintó “Violeta”, una mujer sobre un tronco arrastrada por el río. Schvartz cuenta que años más tarde leería “El agua y los sueños” de Gaston Bachelard. El francés se refiere a Ofelia de Hamlet y dice: “El agua es el elemento de la muerte joven y bella, de la muerte florecida”. En la casa “Las Camelias” del río Caraguatá Schvartz vivió con Liliana Maresca, la artista que moriría de sida pocos años más tarde. Y allí mismo, es probable que ambas se reconciliaran con los ciclos de la vida y la muerte, que son los ciclos de la naturaleza y su perpetuo renacer.

El esplendor y la belleza del Tigre están presentes en el virtuosismo de las flores de la selva. “Desde la matriz de la estrategia estrictamente pictórica, esa naturaleza vegetal integrada al ser se despliega en la intimidad manual de la cerámica”, agrega Roberto Amigo. Y allí están, la caña de ámbar, la clivia, la falsa magnolia, los ciruelos y camalotes; además del universo íntimo y sensible del modelado: el mburucuyá o corona de espinas de Cristo, la flor amarilla y la del banano. Cuando en el año 2021 Schvartz desembarcó en Nueva York, descubrieron una cuestión moral que está más allá de la sabiduría de sus refinamientos técnicos y de la emoción e, incluso, de las ideas: “La decisión del pintor ya no consiste en provocar solamente un pathos sino un logos para alcanzar el ethos de la pintura”.

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