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La línea de la Santa Sede respecto de la investigación no admite dudas: es una inmoralidad aquella experimentación científica en la que entre en juego cualquier estadio de la vida humana, lo que incluye las células de los embriones. Difícil que el nuevo Papa se atreva a variar la línea, pero la Iglesia podría adoptar una actitud más flexible en el debate de la fecundación asistida. Más o menos como ya ha sucedido en relación con los alimentos genéticamente modificados.
Las encuestas y los sondeos confirman que la mayoría de los católicos practicantes utilizan métodos anticonceptivos y mantienen relaciones sexuales antes del matrimonio. No por una posición premeditada de desobediencia sino porque se considera una cuestión personal tanto la planificación familiar como el grado de intimidad que pueda arbitrarse en un noviazgo. La prueba está en que 40% de los italianos que acuden a los cursos prematrimoniales de la parroquia -muchos más se casan por la Iglesia sin asistir a ellos- admite convivir «en pecado» y considera que esa experiencia favorece el conocimiento recíproco camino al altar.
• Desviación
Suficiente para que el sucesor de Juan Pablo II tenga que proporcionar una doctrina moral más tolerante, sin olvidar un replanteamiento de la homosexualidad. No sólo porque comienzan a proliferar los sacerdotes que se dicen gays.
También porque la doctrina ratzingeriana observa todo el fenómeno como una desviación que debe vivirse en silencio y en abstinencia.
«Los últimos documentos de Ratzinger», señala el vaticanista Marco Politi, «defienden la dignidad del hombre y repelen cualquier discriminación. Pero queda una pregunta en el aire: ¿cómo valorar la relación afectiva y la seria convivencia entre católicos del mismo sexo? La homosexualidad es un tabú para muchos prelados, pero es un asunto con el que hacen diariamente las cuentas muchos párrocos y muchos obispos en la vida cotidiana».
Más allá del debate sobre el sacerdocio femenino, son muchos los movimientos católicos -y no necesariamente progresistas- que reivindican mayor peso de la mujer en la comunidad cristiana. Empezando por una presencia más concreta y más influyente en los consejos parroquiales, diocesanos y en las universidades pontificias. Es verdad que Juan Pablo II, devoto de María, hizo un ejercicio de autocrítica admitiendo los obstáculos que la Iglesia había puesto a la emancipación femenina -lo hizo en la «Carta a las mujeres»-, pero la cuestión no se ha afrontado directamente.
Se trata de un salto cualitativo y psicológico, tal como sostiene la escritora italiana Dacia Maraini. Es decir, ubicar a la mujer en un contexto más complejo que el de la fertilidad y el de la célula familiar, lejos de actitudes paternalistas o compasivas.
Una llamada de atención que desempolva el síndrome del ministro democristiano Rocco Buttiglione, permeable a una línea de pensamiento fundamentalista católico según la cual la mujer debe atenerse al espacio doméstico. No es el único que piensa así.




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