21 de abril 2005 - 00:00

Ala modernizadora apura ambiciosa agenda de cambios

Roma - «La Iglesia no puede dar respuestas antiguas a problemas nuevos.» Esta sentencia del purpurado brasileño Claudio Hummes se atiene a lo que piensan unos cuantos cardenales electores que se han reunido estos días en el templo sagrado de la Capilla Sixtina. No son la mayoría, pero el peso político e intelectual de algunos de ellos -el italiano Martini, el belga Danneels, el germano Lehmann- propone a la agenda del nuevo Papa una serie de cuestiones sociales y morales improrrogables: desde el espacio de la bioética hasta el debate por los anticonceptivos, pasando por el problema de la discriminación femenina y la homosexualidad.

La línea de la Santa Sede respecto de la investigación no admite dudas: es una inmoralidad aquella experimentación científica en la que entre en juego cualquier estadio de la vida humana
, lo que incluye las células de los embriones. Difícil que el nuevo Papa se atreva a variar la línea, pero la Iglesia podría adoptar una actitud más flexible en el debate de la fecundación asistida. Más o menos como ya ha sucedido en relación con los alimentos genéticamente modificados.

• Revisión

No es que el Vaticano los haya bendecido en toda la expresión del concepto, pero sí ha convenido que el problema dramático de la hambruna puede resolverse gracias a la solución de la producción transgénica.

La apertura del Vaticano rompe muchas décadas de oposición a la experimentación genética y no es bien recibida en todos lados. Los obispos brasileños, por ejemplo, han firmado un documento en contra de los transgénicos porque podrían ser perjudiciales para la salud y amenazan los recursos agrícolas de los que dependen muchos pobres.

Por otro lado, la prohibición absoluta del preservativo parece condenada a una revisión de la Iglesia a corto plazo. Sobre todo porque algunos cardenales, como el mexicano Barragán o como el ghanés Turkson, comienzan a admitir que podría recomendarse como uso terapéutico y como medida de rigor para proteger la vida humana.

Una acrobacia semántica que evita afrontar la cuestión general de los anticonceptivos -ése es un debate intocable- y que deriva la discusión al principio de la «legítima defensa». Lo ha dicho en estos mismos términos el teólogo pontificio Cottier, cuya apertura al uso del preservativo se justifica como medio de tutela de las enfermedades de transmisión sexual. Tanto en el plano epidémico como en el ámbito de la pareja.

Las encuestas y los sondeos confirman que
la mayoría de los católicos practicantes utilizan métodos anticonceptivos y mantienen relaciones sexuales antes del matrimonio. No por una posición premeditada de desobediencia sino porque se considera una cuestión personal tanto la planificación familiar como el grado de intimidad que pueda arbitrarse en un noviazgo. La prueba está en que 40% de los italianos que acuden a los cursos prematrimoniales de la parroquia -muchos más se casan por la Iglesia sin asistir a ellos- admite convivir «en pecado» y considera que esa experiencia favorece el conocimiento recíproco camino al altar.

• Desviación

Suficiente para que el sucesor de Juan Pablo II tenga que proporcionar una doctrina moral más tolerante, sin olvidar un replanteamiento de la homosexualidad. No sólo porque comienzan a proliferar los sacerdotes que se dicen gays.

También porque la doctrina ratzingeriana observa todo el fenómeno como una desviación que debe vivirse en silencio y en abstinencia.

«Los últimos documentos de Ratzinger», señala el vaticanista
Marco Politi, «defienden la dignidad del hombre y repelen cualquier discriminación. Pero queda una pregunta en el aire: ¿cómo valorar la relación afectiva y la seria convivencia entre católicos del mismo sexo? La homosexualidad es un tabú para muchos prelados, pero es un asunto con el que hacen diariamente las cuentas muchos párrocos y muchos obispos en la vida cotidiana».

Más allá del debate sobre el sacerdocio femenino, son muchos los movimientos católicos -y no necesariamente progresistas- que reivindican
mayor peso de la mujer en la comunidad cristiana. Empezando por una presencia más concreta y más influyente en los consejos parroquiales, diocesanos y en las universidades pontificias. Es verdad que Juan Pablo II, devoto de María, hizo un ejercicio de autocrítica admitiendo los obstáculos que la Iglesia había puesto a la emancipación femenina -lo hizo en la «Carta a las mujeres»-, pero la cuestión no se ha afrontado directamente.

Se trata de un salto cualitativo y psicológico, tal como sostiene la escritora italiana
Dacia Maraini. Es decir, ubicar a la mujer en un contexto más complejo que el de la fertilidad y el de la célula familiar, lejos de actitudes paternalistas o compasivas.

Una llamada de atención que desempolva el síndrome del ministro democristiano
Rocco Buttiglione, permeable a una línea de pensamiento fundamentalista católico según la cual la mujer debe atenerse al espacio doméstico. No es el único que piensa así.

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