Amenaza que vino para quedarse
Este interesante artículo de Max Hastings, del diario inglés «The Guardian», repasa las consecuencias políticas que sufrirá Gran Bretaña a partir de los últimos atentados. Curiosamente -por provenir de un diario de centroizquierda-, la nota admite que en los próximos años el balance entre seguridad y libertades civiles deberá inclinarse hacia la primera. Veamos los principales pasajes.
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Poco a poco, la capital de Inglaterra busca recuperar la normalidad. Pese a los atentados, ayer se realizó la ceremonia por el final de la II Guerra Mundial, presidida por la reina Isabel II.
Parece correcto que ahora se vaya a inclinar la balanza a favor de la seguridad pública. La prueba, que ninguno de los gobiernos occidentales de la actualidad ha logrado superar por completo, es evitar medidas expresivas que hagan que nuestra sociedad dé una imagen ridícula, pero no más segura.
En un futuro predecible, el terrorismo representará, con mucho, la amenaza más seria a la seguridad del Reino Unido. La dificultad a la hora de combatir el terrorismo es que nos consideramos una sociedad en paz, mientras que nuestros enemigos se encuentran envueltos en una situación de hostilidad. Son libres de elegir un lugar y una fecha para atacar a nuestra sociedad, mientras que nuestras vidas se volverían intolerables si intentáramos mantener un estado permanente de vigilancia.
El peligro terrorista nos acompañará muchas décadas, pero puede que sólo nos golpee con su mazo una vez cada ciertos años. Entre tanto, no podemos renunciar a utilizar el transporte público en anticipación a ese momento.
El dilema es decidir cuánto poder deberíamos conceder a las fuerzas de seguridad. Esas fuerzas constituyen nuestra representación en esta lucha, cuando no se espera de nosotros mismos que nos pongamos al mando de cazas Spitfire o de armas antiaéreas. El papel de tan sólo una reducida minoría de nosotros en los conflictos futuros será el de víctimas potenciales, no el de participantes.
Si el pueblo que dirige y provee de personal a las fuerzas de seguridad tuviese una sabiduría tolstoyana, no habría problema. Lo resolveríamos entregando un cheque en blanco a las comunidades controladoras, imponiendo restricciones y deteniendo a los sospechosos. La realidad, no obstante, es que este gobierno ya ha sido responsable de un gran error de juicio con respecto a las armas de destrucción masiva en Irak. El informe del Ministerio del Interior, de la policía y de los abogados de la acusación de la Corona sobre la forma de tratar a los sospechosos de terrorismo es imperfecto, por calificarlo de manera suave.
La ley, siempre la ley, debe constituir el fundamento de toda medida antiterrorista. Consideremos las sabias palabras de Sir Robert Thompson, que realizó un destacado papel en la lucha contra la insurgencia comunista en Malaya en los años '50. «La idea de ocuparse del terrorismo para actuar fuera de la ley resulta tentadora, y para ello se utilizan excusas como que los procesos legislativosson demasiado engorrosos, que las garantías normales de la ley para los individuos no están diseñadas para una insurgencia y que, de todas formas, un terrorista merece ser tratado como un forajido. Esto no sólo resulta moralmente erróneo, sino que, tras cierto tiempo, creará aún más dificultades prácticas al gobierno de las que sea capaz de resolver.»
• Nuevas leyes
Ese mantra debería aparecer en los despachos antiterroristas. Debemos buscar nuevas leyes. Las dificultades del gobierno sobre las tarjetas de identidad desaparecerán.
Habrá nuevas fuerzas de vigilancia y detención. La opinión pública, desde mi punto de vista totalmente razonable, exigirá una línea más dura hacia los militantes musulmanes que vivan en Gran Bretaña. Hay que dar a los servicios de inteligencia más dinero, personal más preparado, controles de fronteras más amplios y un poder superior para la intercepción telefónica. Pero son los jueces quienes deben ostentar el poder del escrutinio.
Nuestras vidas no pueden permanecer inalteradas ahora que nos enfrentamos a Al-Qaeda. Pero la proporcionalidad sigue siendo fundamental a la hora de evaluar las respuestas al terrorismo.
Deberíamos aceptar ciertas restricciones de las libertades civiles como precio al incremento de la seguridad. Sin embargo, el gobierno y los servicios de inteligencia deben seguir siendo responsables ante el Parlamento y el Poder Judicial con respecto a todos los poderes que intenten ejercer. Necesitamos medidas más duras, pero también un escrutinio más severo de la forma en que dicho poder se ejerza.




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