Argentinos dispuestos a combatir por Israel
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• Cambio
Leonardo Szeinman, de 21 años, ex alumno del colegio Lasalle de Haedo, aclara que siente «orgullo» de hacer el servicio en el ejército. «No es como se ve por la tele de que siempre la culpa la tiene Israel. Es inentendible cómo unos tipos que están locos pueden suicidarse o ponerse explosivos». Leonardo dice no tener miedo de ir al frente, «aunque sí respeto».
• Orgullo
Leonardo, como sus compa-ñeros de conscripción, tiene una facilidad de palabra y un aplomo no habitual en los chicos de su edad. Se debe en parte a la educación secundaria que recibieron en la Argentina, pero también al programa educativo y de liderazgo que brinda el ejército.
Gustavo Litvinof, quien llegó solo a Israel y reconoce que su familia de Córdoba no lo entiende del todo, aclara que el ejército «es muy distinto de la idea que se puede tener en Sudamérica. Acá te respetan, es una experiencia de vida». A tal punto es particular el ejército israelí, que por norma está permitido disentir con un superior y hacerlo saber, en determinadas circunstancias.
La historia de la familia Szeinman, no por repetida en la Argentina de hoy, es menos conmovedora, sobre todo para Graciela, que cuenta: «Perdimos todo. Mi marido era viajante de comercio y se quedó sin trabajo. Compramos un remise y se fundió el motor». «Yo trabajé en lo que pude, en un lavadero de ropa en Caballito, pero se nos vino el mundo encima y nos terminaron rematando la casa», explica. El 3 de diciembre de 2003 se estableció en Israel, aunque sus hijos ya habían llegado en avanzada. «Israel nos ayudó económicamente y nos dio la posibilidad de volver a empezar», dice aliviada. Con su empleo de enfermera de una anciana israelí se da cuenta de que vive muy ajustadamente en su nuevo país, que padece su propia crisis económica. El marido, Raúl, no consigue trabajo tampoco en Israel. Graciela se encontró con una realidad complicada, añora Buenos Aires y sus afectos. Se le quiebra la voz de sólo recordarlos. «Somos muy familieros», dice, aunque agradece tener a sus otros hijos y a su madre con ella. Se lamenta que por cuestiones económicas ni siquiera pudo visitar a su hijo en Holon, a unos 300 kilómetros de distancia de Ashquelon. Pero disfruta de «la tranquilidad. Los chicos tienen la libertad de volver a cualquier hora».
Los peligros en Israel son otros, como pudieron comprobar, entre otros, Julio Magrán, de 51 años, y Gastón Perpiñal, de 15, inmigrantes argentinos que murieron en un atentado en un shopping de Kfar Saba en noviembre de 2002.
Los caminos de los jóvenes soldados argentinos que viven en Israel se cruzan con el de Noam, un israelí de 22 años que va a vivir unos meses a la Argentina después de cumplir los tres años de servicio militar. «Estoy cansado de la sociedad israelí, todo el mundo desconfía de todo el mundo y se habla siempre del mismo tema. Ahora hace semanas que no hay atentados, pero es una cuestión de tiempo, lamentablemente un día van a explotar tres colectivos juntos», dice cuando ya va rumbo a Buenos Aires y su admirada Patagonia. «¿Inseguridad? ¿Quién se va a animar a hacerle algo a alguien que pasó por el ejército de Israel?», se contesta.



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