18 de diciembre 2003 - 00:00

Argentinos dispuestos a combatir por Israel

Argentinos dispuestos a combatir por Israel
Tel Aviv - Tienen entre 18 y 23 años. Son argentinos de clase media de Buenos Aires, Córdoba o Rosa-rio que emigraron en los últimos dos años, solos o con sus padres, escapando de la crisis y las malas perspectivas económicas. «La Argentina no nos dio nada, es un país sin futuro», confiesa uno de ellos. Ahora, y durante los próximos tres años, deben servir al ejército, como es obligatorio en este país para todos los jóvenes de su edad. Con un enorme rifle M16 en los brazos, confiesan que si es necesario van a combatir y hasta morir por su nueva patria: Israel.

Los israelíes se repiten a cada instante que están en guerra. Es un sentimiento genera-lizado para expresar un conflicto que si bien no es convencional, requiere que los ciudadanos de este país se hayan acostumbrado a convivir con controles de seguridad para ingresar a cada bar o restorán, a construir refugios contra ataques químicos en cada vivienda, y a servir en el ejército durante 3 años (20 meses las mu-jeres), y luego un mes por año hasta pasados los cuarenta.

• Cambio

«Queremos ir a combate», confiesa Matías Roitman, uno de los más entusiastas de la experiencia de entrenamiento que está viviendo en la base de Holon, en Galilea, cerca de la frontera con Siria, pero a la vez uno de los que habla con mayor amargura de la Argentina que dejó. «Durante años en la Argentina tuve que soportar comentarios en contra de los judíos, hasta escu-char por televisión cuando fue el atentado a la AMIA que había muerto gente inocente en referencia a los que no eran judíos», dice este joven que no supera los 20 y que fue a un colegio secundario de Lomas de Zamora.

Su compañero, Mariano Roitman (no es pariente de Matías), es de Buenos Aires y admite con dolor: «Cambié una historia y una cultura por un futuro; en la Argentina es casi imposible pensar en hacer algo en los próximos años».

En la base de Holon se entrena a los jóvenes inmigrantes que obtuvieron la ciudadanía israelí, pero no manejan el hebreo con solvencia ni otros aspectos de la cultura local. Cerca de 400 soldados (25 de ellos argentinos, la comunidad más grande hispanohablante) reciben las primeras instrucciones de manejo de armas, estudian idiomas, aprenden geografía y turismo, y todas las cuestiones referidas a la disciplina militar. Pasado un período que oscila en los tres meses, son asignados a una unidad militar, y el destino, probablemente, sea ir a misiones en las zonas conflictivas de Gaza y Cisjordania.

Leonardo Szeinman
, de 21 años, ex alumno del colegio Lasalle de Haedo, aclara que siente «orgullo» de hacer el servicio en el ejército. «No es como se ve por la tele de que siempre la culpa la tiene Israel. Es inentendible cómo unos tipos que están locos pueden suicidarse o ponerse explosivos». Leonardo dice no tener miedo de ir al frente, «aunque sí respeto».

• Orgullo

Su madre, Graciela, se muestra algo más precavida. Desde Ashquelon, una ciudad mediterránea al sur de Tel Aviv en la que vive desde el último año, dice que por ser inmigrante, le queda «la tranquilidad de que Leonardo no tiene que ir sí o sí a combate». ¿Y si fuera?. «Me sentiría orgullosa de que lo haga, este país nos abrió las puertas, y nos dio la posibilidad de volver a vivir. En la Argentina no teníamos ayuda de nadie. Leonardo es un chico encantador y muy dulce, juró la bandera de Israel, y estoy orgullosa de lo que hace.»

Leonardo, como sus compa-ñeros de conscripción, tiene una facilidad de palabra y un aplomo no habitual en los chicos de su edad. Se debe en parte a la educación secundaria que recibieron en la Argentina, pero también al programa educativo y de liderazgo que brinda el ejército.

Gustavo Litvinof
, quien llegó solo a Israel y reconoce que su familia de Córdoba no lo entiende del todo, aclara que el ejército «es muy distinto de la idea que se puede tener en Sudamérica. Acá te respetan, es una experiencia de vida». A tal punto es particular el ejército israelí, que por norma está permitido disentir con un superior y hacerlo saber, en determinadas circunstancias.

La historia de la familia Szeinman, no por repetida en la Argentina de hoy, es menos conmovedora, sobre todo para Graciela, que cuenta: «Perdimos todo. Mi marido era viajante de comercio y se quedó sin trabajo. Compramos un remise y se fundió el motor». «Yo trabajé en lo que pude, en un lavadero de ropa en Caballito, pero se nos vino el mundo encima y nos terminaron rematando la casa», explica. El 3 de diciembre de 2003 se estableció en Israel, aunque sus hijos ya habían llegado en avanzada. «Israel nos ayudó económicamente y nos dio la posibilidad de volver a empezar», dice aliviada. Con su empleo de enfermera de una anciana israelí se da cuenta de que vive muy ajustadamente en su nuevo país, que padece su propia crisis económica. El marido, Raúl, no consigue trabajo tampoco en Israel. Graciela se encontró con una realidad complicada, añora Buenos Aires y sus afectos. Se le quiebra la voz de sólo recordarlos. «Somos muy familieros», dice, aunque agradece tener a sus otros hijos y a su madre con ella. Se lamenta que por cuestiones económicas ni siquiera pudo visitar a su hijo en Holon, a unos 300 kilómetros de distancia de Ashquelon. Pero disfruta de «la tranquilidad. Los chicos tienen la libertad de volver a cualquier hora».

Los peligros en Israel son otros, como pudieron comprobar, entre otros,
Julio Magrán, de 51 años, y Gastón Perpiñal, de 15, inmigrantes argentinos que murieron en un atentado en un shopping de Kfar Saba en noviembre de 2002.

Los caminos de los jóvenes soldados argentinos que viven en Israel se cruzan con el de
Noam, un israelí de 22 años que va a vivir unos meses a la Argentina después de cumplir los tres años de servicio militar. «Estoy cansado de la sociedad israelí, todo el mundo desconfía de todo el mundo y se habla siempre del mismo tema. Ahora hace semanas que no hay atentados, pero es una cuestión de tiempo, lamentablemente un día van a explotar tres colectivos juntos», dice cuando ya va rumbo a Buenos Aires y su admirada Patagonia. «¿Inseguridad? ¿Quién se va a animar a hacerle algo a alguien que pasó por el ejército de Israel?», se contesta.

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