Madrid - La movilización de los pacifistas se transformó en una verdadera pesadilla para los funcionarios del gobierno de José María Aznar.
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En estos días, es común ver enormes despliegues policiales en las esquinas céntricas de Madrid con camiones, coches, vallas y numerosos efectivos con celulares y muchos nervios, pero no se trata de un nuevo atentado de ETA, sino de la presencia de un miembro del gobernante Partido Popular (PP) que está siendo asediado por los opositores callejeros a la guerra.
Los pacifistas apelan a todos los recursos posibles. Desde carteles para la televisión hasta insultos, irrupciones en actos solemnes, o arrojar a los funcionarios avioncitos de papel simbolizando un bombardeo.
Ayer fue el turno del presidente del Gobierno, José María Aznar, primero al acceder a un acto en el Casino de Madrid (un exclusivo club) donde debió escuchar insultos de grueso calibre. Más tarde, cuando se dirigía al Congreso para afrontar un tenso debate por la guerra, lo esperaban manifestantes con carteles y gritos, mantenidos a trescientos metros del recinto parlamentario.
La pesadilla del gobierno, impensada hasta mediados del año pasado dado el sólido respaldo con que contaba, crece desde que Aznar decidió apoyar activamente a la administración Bush y sumarse a la «triple alianza» con Tony Blair. Desde ese entonces, cada acto electoral de cara a los comicios municipales y autonómicos del 25 de mayo, o cualquier actividad oficial o privada de funcionarios oficialistas, genera un movimiento de protesta en contra del ataque a Irak.
•Denuestos
El primer caso que adquirió notoriedad fue durante la visita de Ana Botella, esposa de Aznar y candidata a concejala por el Ayuntamiento de Madrid, a Leganés, una población del sur de la periferia madrileña. Mientras la primera dama salía sonriente del coche y saludaba a los vecinos, un grupo de pacifistas salió a su paso con carteles de «No a la guerra» y la increparon con gritos del tipo de «Su marido quiere invadir Irak», «Asesinos» o «Fuera». Otro momento de gran tensión fue el que vivió el candidato Alberto Ruiz Gallardón, presidente de la Comunidad de Madrid, cuando quiso -infructuosamente-inaugurar un centro de informática en la Universidad Complutense.
Todos los alumnos presentes sacaron sus carteles de rechazo a la guerra y comenzaron a gritar consignas pacifistas. Con cintura política, Ruiz Gallardón invitó a uno de los manifestantes a subir al estrado, pero el alegato pacifista se tornó agresivo.
Optó entonces por abandonar el recinto en colectivo. Imposible. Se interpuso una sentada antiguerra. Quiso abordar el subte, allí fueron cientos de estudiantes a asediarlo. Los pacifistas habían conseguido la foto, y al día siguiente todos los diarios publicaron en tapa a Ruiz Gallardón bajo fuego.
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