Blair quiere darle un ultimátum a Irán para desarme nuclear
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«Nosotros creemos que el aislamiento no funcionará», indica la citada carta, enviada la pasada semana a diplomáticos y a varios ministerios del gobierno británico, tras lo cual, al igual que en el tema Irak, Blair vuelve a poner a Europa en la obligación de decidir «por una de las partes».
El director de los servicios franceses de contraespionaje (DST), Pierre de Bousquet de Florian, indicó que los Mujahidines del Pueblo habían planeado atentados contra representaciones diplomáticas fuera de Irán, «incluso en Europa».
Mientras tres personas más se prendieron fuego frente a la sede de la DST, cerca de la Torre-Eiffel, para protestar contra los arrestos, entre ellas una mujer de 40 años, Marzieh Babbkhani, refugiada política que falleció. El martes, otros dos hombres habían intentado suicidios a los bonzo en Londres y Berna.
El gobierno de Irán aplaudió la redada contra los Mujahidines del Pueblo, y el presidente iraní, Mohammed Khatami, pidió la extradición de los arrestados.
En tanto, en Teherán se sucedieron las protestas de los estudiantes, y Khatami reconoció el derecho a protestar. El presidente Khatami es considerado un moderado frente a la barbarie del régimen teocrático que comanda Ali Khamanei. París (ANSA) - Arder «a lo bonzo», como intentaron cinco personas entre el martes y ayer en Europa -dos en París, una en Berna y otra en Londres-es un sacrificio extremo intentado muchas veces a lo largo del último siglo para defender una causa, la patria oprimida o una religión negada.
Entre 1954 y 1963, en Vietnam, el corrupto régimen del general Diem suscitó la inmediata oposición de la comunidad budista tras la introducción de medidas restrictivas a la libertad de culto. Diem, católico, elegía gran parte de sus colaboradores entre la minoría de su misma fe (10 por ciento de la población).
Para protestar, numerosos bonzos (sacerdotes) se inmolaron rociándose con combustible e incendiándose sobre las plazas públicas de la vieja Saigón (hoy Ho Chi Minh).
En enero de 1969, pocos meses después de la invasión soviética a Checoslovaquia, un estudiante de filosofía checo de 19 años, Ian Palach, se inmoló en la central plaza de San Venceslao, en Praga. Luego otros jóvenes checos siguieron su ejemplo.




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