9 de agosto 2007 - 00:00

Caída, torturas y confesión del número tres de Al-Qaeda

Washington - ¿Qué ha hecho Estados Unidos con Jalid Sheij Mo-hamad-, el cerebro de los atentados del 11-S, desde que lo capturó hace cuatro años y cinco meses? La respuesta es simple: torturarlo por medio de una combinación de brutalidades al estilo del KGB soviético y de las dictaduras latinoamericanas con perversiones psicológicas que parecen surgidas de la novela «1984», de George Orwell.

Así es como el presunto número tres de Al-Qaeda ha terminado derrumbándose psicológicamente y convirtiéndose en un ser totalmente dependiente de sus captores. La CIA -o, como la llaman sus funcionarios, «la Agencia»- ha sido la encargada de administrar las torturas.

Esa es la tesis del artículo de la periodista Jane Meyer, publicado esta semana por la revista «The New Yorker», y que se basa en conversaciones con funcionarios de la CIA y en filtraciones de un informe secreto de la Cruz Roja, que ha tenido acceso al terrorista.

  • Reciclaje

  • La CIA rechaza de plano esas acusaciones. El portavoz de esa agencia de espionaje, George Little, declaró que el artículo de Meyer «recicla numerosas viejas alegaciones, muchas de ellas procedentes de fuentes sin confirmar, sesgadas y desinformadas». Para Little, «EE.UU. no lleva a cabo ni justifica la tortura», y «la realidad es que el programa de detención e interrogatorios de la Agencia ha sido puesto en práctica de acuerdo con la legalidad, con gran cuidado e inspecciones detalladas».

    Sin embargo, según han confirmado ex candidatos a la CIA a este periódico, si alguien entra en la Agencia debe ser consciente de que en cualquier momento puede tener que torturar a alguien -o, como se dice en el argot, «prepararlo para los interrogatorios»- o enviarlo a un país en el que se tortura.

    Ese es el eje del artículo de Meyer, que también refleja los problemas no ya éticos, sino simplemente prácticos, de los malos tratos. Porque, tras cuatro años de incomunicación, humillaciones y barbaridades que incluyen no darle comida ni dejarlo dormir, el cerebro del 11-S se ha proclamado autor de 31 atentados, es decir, muchos más de los que pudo cometer. Según declara a Meyer un ex alto funcionario de la CIA, «el 90% de la información (dada por Sheij Mohamad) no es fiable».

    En su declaración -difundida el 15 de marzo y accesible en la Web del Departamento de Defensa de Estados Unidos-, Sheij Mohamad declaraba que él había «decapitado al judío americano Daniel Pearl con mi bendita mano derecha», en referencia al periodista del diario «The Wall Street Journal» asesinado por Al-Qaeda en febrero de 2002. Sin embargo, desde hace cinco años Pakistán tiene prisionero, esperando ser ejecutado, a Ahmed Omar Sabed Sheij, que se declaró culpable del mismo asesinato. Todo indica que la confesión de Sheik Mohamad -cuya veracidad ha sido cuestionada incluso por personas próximas a Pearl-se ha logrado gracias a la tortura.

    Sheij Mohamad fue arrestado el 1 de marzo de 2003 en la ciudad paquistaní de Karachi. Los dos primeros días de detención los pasó sin decir una palabra, recitando versículos del Corán, una práctica común entre los terroristas islámicos. El 4 de marzo, cuando la CIA se hizo cargo de él, un miembro de la Agencia le dijo lo que le iba a pasar: «No vamos a matarte. Pero vamos a llevarte hasta el límite de la muerte y traerte de vuelta». Poco después, un grupo de guardias con pasamontañas lo desnudaban, tomaban fotos y hacían dibujos de su cuerpo, le ponían un sedan-te en supositorios -para simular una sodomización-, lo ataban y encapuchaban, le ponían pañales y lo metían en un avión.

  • Palizas

    En su ingenuidad, Sheij Mohamad advirtió a sus captores que no hablaría hasta que no estuviera en presencia de su abogado. Pero no hay letrados en la cárcel secreta de Afganistán a la que fue a parar, probablemente una instalación subterránea cerca del aeropuerto de Kabul conocida como «El sitio oscuro» (The Dark Place).

    En Afganistán llegaron las torturas. Sheij Mohamad estuvo atado a la pared con una correa de perro mientras recibía palizas, y con una argolla al suelo de la celda. Se le mantuvo suspendido por las muñecas durante días, lo que impide dormir y provoca inflamaciones y problemas de riego sanguíneo en las piernas. Y el 17 de abril de 2003, un mes y 16 días después de su detención, empezó a hablar.

    Eso no frenó las torturas. El terrorista fue puesto en celdas con calor abrasador, de las que sólo salía para recibir chorros de agua helada, lo que puede provocar la muerte por hipotermia. Le sumergieron la cabeza en agua para hacerle creer que iban a ahogarlo. Pero, al contrario que otros cómplices suyos de Al-Qaeda, a él no lo metieron durante días en una jaula para perros.

    Después llegaron las torturas psicológicas, administradas en una cárcel secreta en Polonia, donde los presos estaban durante cuatro meses en aislamiento total, sin ver la luz del sol, en celdas incomunicadas en las que los carceleros entraban con las caras tapadas. Durante 24 horas al día sólo escuchaban ruido blanco, como el que emiten los aparatos de televisión cuando se ve nieve. Su rutina se rompía constantemente. Por ejemplo, le servían la comida a intervalos irregulares, lo que, combinado con la falta de luz natural, rompía los biorritmos y hacía que los detenidos cayeran en una situación de dependencia total de sus captores. Los detenidos sólo recibían la comida mínima para asegurar su supervivencia. Debido a ese régimen, Mohamad, que cuando fue detenido tenía evidente sobrepeso, está ahora muy delgado.

    Así es como Jalid Sheij Mohamad -que desde setiembre está en Guantánamo-se ha declarado culpable de todos los crímenes que se le han imputado. En realidad, con sus 3.000 asesinatos del 11-S, ya tenía suficientes cargos en contra para ser condenado a muerte en Estados Unidos. Pero las torturas a las que ha sido sometido dificultan su condena.

    No obstante, según las pintorescas normas judiciales establecidas por Washington para juzgar a los miembros de Al-Qaeda, eso no es un problema. Como explica a Meyer el fiscal jefe de las comisiones militares de Guantánamo, el tratamiento recibido por el supuesto cerebro del 11-S «no es un obstáculo insalvable para condenarlo». Pero Little insiste en que los interrogatorios de Sheij Mohamad «han producido información vital que ha ayudado a desarticular planes terroristas y salvar vidas».
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