Jerusalén - El acuerdo alcanzado entre Israel y el movimiento islamista palestino Hamas, para mantener la calma en Gaza, confirma la máxima de que la debilidad es la mejor receta para el compromiso.
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Los apuros por los que atraviesan las dos partes parecen la clave del alto el fuego que hoy entra en vigor con una duración de seis meses y que supone por ambas un reconocimiento implícito de sus dificultades.
La tregua coincide con un asunto de corrupción que ha situado al ministro israelí, Ehud Olmert, en sus horas más bajas y podría obligarlo a dimitir, una amenaza que combate con un inusitado celo negociador.
El entendimiento es el primer fruto de una serie de conversaciones directas e indirectas que Olmert ha acelerado con los vecinos árabes de Israel, conforme ese escándalo ha estrechado el cerco en torno a su persona.
Además de con Hamas a través de Egipto, Olmert ha impulsado en las últimas semanas los canales de diálogo con la milicia chiita libanesa Hizbollah y Siria por medio de Alemania y Turquía, respectivamente. Y ha retomado su negociación directa con el presidente de la Autoridad Palestina (AP), Mahmud Abbas, para crear a fines de año un Estado palestino.
Aunque su resultado es incierto y suscita en general la incredulidad, ese despliegue diplomático no tiene precedentes en los sesenta años de existencia del Estado judío por la multiplicidad de frentes negociadores abiertos. La última muestra fue el anuncio, ayer mismo, por el portavoz de Olmert, Mark Regev, de que Israel también está dispuesto a entablar contactos directos con El Líbano, país del que ocupa las conocidas como Granjas de Cheba (ver nota aparte). Si Olmert necesita recuperar popularidad con «el espejismo de la paz» en la misma coyuntura se encuentra Hamas. Según encuestas de organizaciones independientes, el índice de apoyo al movimiento islamista palestino ha descendido en Gaza debido al sufrimiento e incertidumbre popular que han conllevado los doce meses de asedio económico y militar israelí. Porque a la penuria de suministros que sufre el millón y medio de habitantes de la Franja, se suma la Espada de Damocles que pende sobre todos y cada uno de ellos cada vez que el Ejército judío lanza operaciones en respuesta a los ataques de las milicias palestinas. Y cuyo carácter en ocasiones indiscriminado ha costado la vida a civiles palestinos sin vinculación con los grupos armados.
El cese de las hostilidades podría poner fin a esa situación. Y la incógnita se centra en cuál de las dos partes obtendría en ese caso más dividendos políticos; seguramente, la que respete con mayor fidelidad una tregua sobre cuyas condiciones ya han comenzado a discrepar antes de que entre en vigor. Por lo que ambas se aseguran de antemano la posibilidad de acusar a la otra de incumplimiento.
Según Hamas, el cese del lanzamiento de cohetes contra Israel debe ser correspondido con la ausencia de ataques israelíes y el levantamiento gradual de las sanciones a Gaza con la reapertura de los pasos fronterizos entre los dos territorios.
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