La Paz - Santisa Flores duerme en el suelo de la Universidad Mayor de La Paz, sobre dos sacos de arpillera rellenos de paja. Salió hace días de su aldea campesina del altiplano boliviano, para unirse a los miles de indígenas que caminaron 200 kilómetros desde la ciudad de Caracollo hasta La Paz, en protesta contra la nueva Ley de Hidrocarburos que el Congreso aprobó, tras negarse el presidente, Carlos Mesa, a firmarla.
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Santisa tiene 60 años y no sabe leer. No entiende de términos fiscales y es incapaz de explicarel concepto de «impuesto sobre las regalías de 50%» que es, precisamente, lo que ella ha venido a pedir, siguiendo las directrices del MAS (Movimiento al Socialismo), conducido por Evo Morales.
Pero Santisa sabe resumir sus problemas en una frase: «Las mujeres siempre estamos cocinando con leñita o las bostas ( excrementos) secas de las vacas, y lo que queremos es que a nuestra comunidad le llegue el gas. Calculo yo que más que ese 50%, es mejor 100%, nacionalizar todo el gas nuestro que nos quitaron, para que las empresas imperialistas nos dejen de robar y nos tengan más respeto a los indígenas y yo pueda cocinar moderno».
• Símbolo
Por tercer día, Santisa enarbolóayer la «wipala», bandera símbolo del «collasuyu», una de las cuatro regiones que formaron el imperio inca. Como la mayoría de los manifestantes que estos días colapsan el centro de La Paz, invocó a gritos el nombre de Tupac Katari, caudillo indígena colla, «mártir y ejemplo de la explotación que hemos vivido durante siglos». Las sandalias rotas de la campesina y su colorida ropa tradicional se perdieron entre la multitud que diversificaba sus peticiones: «¡Gobierno quechua, aymara, guaraní al poder!», «¡Con sangre recuperaremos nuestros hidrocarburos!», «¡Mesa es extranjero y tiene raíces europeas, que se vaya a su país!», «¡Fuera los separatistas que quieren las autonomías!», «¡Por una Asamblea Constituyenteque refunde Bolivia!». Lo que estos días se vive en La Paz se resume en un comunicado sindical que expone la Facultad de Derecho: «Es la lucha de clases entre explotadores y explotados. Se trata de conseguir la revolución social que desplace del poder a la burguesía sirviente de las empresas internacionales y rompa con las cadenas de opresión imperialistas. Sólo entonces tendrá sentido redactar una Constitución nueva que consagre la nueva relación de producción -propiedad social-impuesta por la revolución popular». Estas teorías son difíciles de explicar por los propios marchistas. En un país donde el analfabetismo llega a 40%, los dirigentes campesinos, mineros y de las juntas vecinales aleccionan a sus seguidores con consignas que la gente, en su mayoría, repite sin poder asimilar. Don Roberto Mamani, minero, dice: «¡Queremos que cambie la Asamblea Constituyente!». Un compañero le da un codazo y le susurra: «¡Cómo va a cambiar si no se ha celebrado, sonso! Lo que queremos es que se celebre y se vayan las autonomías del país».
En la conflictiva ciudad dormitorio de El Alto, a 15 kilómetros de La Paz, el sistema de reclutamiento de los integrantes de los bloqueos y las protestas es un secreto a voces.
«Las juntas vecinales llaman puerta por puerta pidiendo un miembro de la familia para manifestarse. Si nadie quiere ir, tiene que pagar una multa de 50 bolivianos (unos 18 pesos) y te amenazan con destrozarte la casa, o con que a tu vivienda no le va a llegar el gas a domicilio ni ninguna mejora del barrio», reconoce una vecina que no quiere dar su nombre.
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