29 de junio 2005 - 00:00

Cómo es el único casino del mundo que pierde dinero

Beirut - Dominando la hermosa bahía de Junie a veinte kilómetros al norte de Beirut, el casino del Líbano, símbolo de la vida alegre y confiada de los años anteriores a las guerras, reabrió sus puertas hace casi diez años.

Desde 1959 y durante dos décadas, este casino, el mayor de todos los que hay en los países de Medio Oriente, fue reputado como el mejor centro internacional de juego después del de Montecarlo. El casino fue un lujoso centro turístico que atrajo a viajeros de todo el mundo, pero no pudo zafar de las peripecias económicas y políticas locales, y en 1969 sufrió una grave crisis con el crack del famoso Intrabank propietario, entonces, de la mayoría de sus acciones.

Las guerras interminables desde 1975 a 1990 lo forzaron a cerrar. Fueron necesarios 50 millones de dólares para comenzar a ponerlo en funcionamiento.

Al comienzo, su acceso estaba prohibido a funcionarios públicos, militares o altos empleados locales de la banca. Los libaneses tenían que acreditar que contaban con elevados ingresos mensuales para penetrar en este sancta sanctórum de los juegos de azar.

El casino del Líbano ganó, además, fama por las espectaculares representaciones que se celebraron en su Sala de Embajadores, tan grande como la del Olympia de París, o en su teatro de un aforo de mil quinientas personas.

La famosa chusma internacional Elsa Maxwell escribió en sus crónicas de «The New York Times» cuando Heley Hayes vino de Broadway a Beirut, que era como el Balbek moderno.

El renovado casino
cuenta con sesenta mesas de juego y cuatrocientas máquinas recreativas. Ahora la explotación de estas máquinas tragamonedas provocó un gran escándalo. Se descubrió que agentes de los servicios secretos (mojabarat), hombres de las mafias siriolibanesas, que actúan a sus anchas desde hace décadas en este país frágil y fragmentado, llegan por la noche e, impunemente, vacían sus cajas repletas de monedas. La estimación aproximada de este expolio es de 50 millones de dólares anuales.

La dirección general del Casino, bajo el pretexto de que la sociedad administradora no depende completamente del Estado -es un ente público gestionado con una licencia a dos compañías privadas- rehúsa comunicar todos sus ingresos al Ministerio de Finanzas.

Otra revelación acerca de que un conocido político local que había perdido en la ruleta un millón de dólares fue reembolsado por la dirección del establecimiento gracias a las presiones sirias engordó el escándalo.

• Estimación

La prensa de Beirut calculó que este colosal desfalco alcanza la mitad de sus beneficios. Las elegantes salas de juego con sus flamantes moquetas, situadas junto al ancho vestíbulo, están, en cambio, bajo supervisión oficial. La sociedad del casino que en 1994 obtuvo el monopolio de los juegos de azar en el Líbano por un período de treinta años cuenta con 49% de las acciones, quedando las restantes en 19% para el emirato de Kuwait y el resto, en poder del Estado.

El casino, con su suntuoso vestíbulo, sus escalinatas majestuosas, su Sala de Embajadores, su espléndido emplazamiento sobre la bahía, encarnaba una cierta imagen del Líbano, de un Líbano de espejismos deslumbradores, donde todo era posible. Eran los tiempos en que en sus salas de juego hacían sus apuestas monarcas como el Sha de Irán o el rey Hussein de Jordania, príncipes del petróleo, dirigentes del entonces pujante Irak, famosos artistas de todo el mundo, como
Omar Sharif. Hubo, incluso, quien, durante la guerra, pretendió convertir Junie en una suerte de Principado de Mónaco, en un cantón cristiano libanés independiente.

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