16 de abril 2013 - 12:52

Dos mitades débiles y ninguna mayoría

La elección del domingo reflejó a una Venezuela partida en dos. De acuerdo a cifras oficiales, 7.563.747 (50.75%) votaron por Nicolás Maduro, 7.298.491 (48.97%) por el opositor Henrique Capriles. Si se tratase del caso de un país europeo, entrenado en décadas de democracia y respeto, esa división en porciones prácticamente iguales sería interpretada como la muestra de la democracia más saludable. En una Latinoamérica acostumbrada a caudillismos, personalismos, populismos y autocracias, este resultado venezolano de cuasi-empate, donde el ganador -Nicolás Maduro- no puede montar el caballo de la contundencia, tiene una sola traducción o interpretación: debilidad. 

Débil, además de sorprendido, se habrá sentido el sucesor de Chávez el domingo. Por eso, para contrarrestar esa realidad, a Maduro le quedaban dos opciones: o componer un diálogo con la otra mitad para engendrar una mayoría artificial, o reflejar una imagen agigantada y reforzada desde la amenaza, el grito, la imposición de las fuerzas coercitivas y represoras del Estado (fuerzas armadas y de seguridad, milicias bolivarianas) para impedir la manifestación en la vía pública de la oposición y, finalmente, dar otra muestra más del no reconocimiento de la otra mitad del electorado. Fue la peligrosa e incandescente variable que el sucesor ungido por Hugo Chávez eligió en la madrugada del domingo, cuando se negó a una revisión del recuento de votos pedido por la oposición. 

"No hay una mayoría en el país, sino dos mitades", definió Henrique Capriles en conferencia de prensa transmitida por CNN el martes. "Este es un gobierno profundamente débil, sin liderazgo, y que por eso necesita incidentes" (para validarse), agregó. Contestaba a un largo discurso de Maduro por cadena nacional, concluido minutos antes, donde el presidente ungido y consagrado electo por el CNE hablaba de la "conspiración golpista de la ultraderecha" encabezada por Capriles. (Curiosamente, en la coalición electoral opositora predomina el centro-izquierda y la social-democracia). Ni uno ni otro discurso mostró que hubiera diálogo entre las partes. Tampoco los 7 muertos y 61 heridos, saldo de las primeras confrontaciones callejeras post-electorales. 

Hay otra realidad, que no se le debería escapar a Nicolás Maduro, cuando este viernes asuma -como parece- la presidencia de Venezuela. Esa realidad es que el mapa político que dibujó la elección del domingo 14 difiere en mucho con el de octubre pasado. El primer cambio es que Capriles ganó en la casi totalidad de los centros urbanos, indicando que el voto opositor no es 100% "escuálido" (oligarca) ni 100% burgués neo-liberal, como insiste en consignar el chavismo. Porque es en las grandes ciudades donde se concentra la mayoría de la clases D y E, que habitan, a su vez, los barrios o villas-miseria de Venezuela. 

El oficialismo ganó en 14 estados (provincias), además de Caracas, un bastión histórico del chavismo. La oposición se impuso en nueve. En octubre de 2012, con Chávez candidato, el oficialismo se alzó con 22 estados, dejando para la oposición sólo Táchira y Mérida (en esa presidencial, Capriles perdió hasta en su propio estado: Miranda).

El domingo, además de retener Táchira y Mérida, el caprilismo sumó Zulia, Anzoátegui, Bolívar, Lara, Miranda, Nueva Esparta y Sucre. La región donde Maduro sacó más votos fue en el Distrito Capital, 651.062 (51,32%), seguido por Carabobo con 609.773 (50,48%). Donde Capriles logró el mayor porcentaje fue en Zulia con 959.770 votos (52,13%) - a su vez es el estado con el padrón electoral más abultado-, seguido por Miranda, estado que gobierna actualmente, con 814.547 votos (52,34%). Donde Maduro ganó por margen más amplio fue en Portuguesa, donde obtuvo 30,68% más que Capriles (aunque en 2012 Chavéz había hecho allí una diferencia de 42,56%). 

Analistas como Luis Salamanca señalan que "el Gobierno ha sufrido un progresivo deterioro del proyecto político empezado en 1998", y que la derrota electoral de Capriles "es una victoria política, cuya significación se verá en los próximos meses cuando Venezuela entre en un debilitamiento económico y social por falta de conocimientos de políticas de Gobierno por parte de Nicolás Maduro". 

Otros, como Luis Vicente León, titular de Datanálisis, dijeron que "la configuración de fuerzas cambió", explicando que mientras "el chavismo está sin un líder consolidado", en la oposición "despertó una voz capaz de hacerse sentir y que no está dispuesta a conceder su espacio".

Por su parte, Jesús Seguías, de DatinCorp, indicó que "el PSUV, sin Chávez, sin liderazgo, está a la deriva", algo que se traduce después que en esta elección, "parte del chavismo, desencantado, votase contra Maduro".

Finalmente, a estas conclusiones debería agregarse una observación: durante el acto del lunes en el que el CNE consagró a Nicolás Maduro como presidente electo, no hubo ningún gobernador presente. Si se tiene en cuenta que el de estos funcionarios es un poder fundamental en Venezuela pero que además, de los 23 gobernadores, 11 de ellos provienen de las Fuerzas Armadas, ese faltazo podría estar indicando otra debilidad más en el futuro gobierno de Maduro: la pérdida de apoyo del factor militar, que durante 14 años custodió, y sostuvo, a Hugo Chávez en el poder.

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